lunes, 11 de mayo de 2015

EL ASESINATO

            Nadie le tuvo nunca por un tipo violento. Desordenado, sí. Caótico, puede. Un raro, un individuo no excesivamente correcto en cuanto al seguimiento de las modas, alguien que no se planchaba las camisas y las seguía utilizando aunque el cuello se viera rozado y maltrecho. La sombra de barba de cuatro o cinco días le afeaba el rostro, pero afeitarse a diario no era, para Luis, una prioridad. Tampoco llevar el cabello bien arreglado y peinado, se lo cortaba él mismo cuando ya las greñas le molestaban sobre los ojos y hacían que la nuca le sudase demasiado, y le daba lo mismo lucir algún trasquilón.
            Definitivamente, hay personas que nacieron para vivir solas, y todo lo que hagan distinto de eso termina siendo un error. Un grave, catastrófico, un lamentable error. Quizá por eso su compañera de piso le molestaba tanto. La veía entrar y salir de la habitación del fondo, y su presencia no le inspiraba más que hastío. Con el tiempo, con el implacable paso de los días conviviendo con ella en un espacio tan reducido, había comenzado a sentir asco, un asco tan profundo que el solo pensamiento de que ella pudiese rozarle mientras dormía, o cuando se cruzaban por el pasillo (ella siempre presurosa, con algún quehacer urgente en algún lugar, mejor cuanto más alejada de él) le ponía el vello de punta. Se evitaban. En la mirada de ella vivía algo oscuro, tal vez temor, tal vez maldad.
            Luis repasaba en silencio, rebuscando en su memoria, los días de su vida más reciente, y no era capaz de recordar desde cuándo ella estaba allí. Tal vez siempre estuvo, quizá se coló por alguna ventana sin que él lo advirtiera… ¿cómo era eso posible? ¿Se estaría volviendo loco? Quizás el alcohol tenía la culpa. A veces creaba lagunas en su memoria, hacía cosas que luego no recordaba. Pero no, eso no podía ser. ¿O sí? Tal vez en una película de terror, pero no en la vida real, desde luego. Aunque bueno, hay ladrones que entran en las casas cuando sus moradores duermen, lo desvalijan todo y se van sin despertar, inexplicablemente, a sus indefensas víctimas. Quizá ella era como esos ladrones, solo que en lugar de irse con el botín se había quedado a vivir. Así, simplemente. Luis miró el tubo de pastillas para dormir que le había dado el psiquiatra, fue a la cocina a buscar un vaso limpio para tomar una de aquellas píldoras y no encontró ninguno: no había fregado la vajilla en toda la semana, y el fregadero hedía de agua sucia y restos de comida. La vio allí, mirándole desde un rincón, sorprendida por su presencia, y le gritó: “ya que vives aquí podrías colaborar en algo, ¿no?” Ella, por toda respuesta, salió corriendo hacia el pasillo, lo más alejada posible de él, para ir a refugiarse al cuarto del fondo.
            Luis no se encontraba bien. Adivinaba en ella el miedo, y eso le hacía sentir poderoso, pero también perverso. En ocasiones, era verdad, la había insultado a gritos. La maldecía, e incluso le arrojaba cosas. Se estaba convirtiendo en un monstruo violento, pero ella tenía la culpa. Le pidió que se marchara de una vez, pero ella no escuchó. Salía poco de la habitación cuando estaba él, pero Luis sospechaba que, cuando se iba a trabajar, no solo abandonaba su cuarto para atracarse de comida, sino que organizaba fiestas, que se veía con algún desgraciado, tan desgraciado como ella. Solo de pensarlo se ponía enfermo. Dios, cuánto la odiaba.
            Una mañana, cuando la nebulosa de los somníferos se despejó, la vio pasear por su habitación, ignorante de su despertar. La observó durante un rato curiosear sus cosas. No podía vivir más así. Tenía que matarla, recuperar su intimidad, su espacio. Repasó en su memoria, y se dio cuenta de que ni siquiera recordaba su nombre, si es que alguna vez lo había sabido. Mejor, así los remordimientos por asesinarla serían anónimos. Quizá con un poco más de alcohol y pastillas lo hiciera sin siquiera mirarla a la cara, y no tendría ni el recuerdo de lo perpetrado.
            Se tomó el día libre en el trabajo para planear cuidadosamente el crimen. Descartó el veneno, nunca comían juntos, de modo que no le sería posible deslizar ningún tóxico en la copa, ni en la sopa. Tal vez matarla por asfixia fuera la solución, pero se le antojó una muerte excesivamente lenta. Posiblemente ella lo advertiría y huiría en el último momento, recuperando la respiración con un jadeo agónico y esquivando a la muerte. No, quería hacerlo con sus propias manos. Deseaba verla romperse bajo sus golpes, deseaba ser brutal, ciego, primitivo, furioso. Eso haría: sorprenderla y acabar con ella de una vez para seguir luego con su vida tranquila y descuidada, como si nada hubiese pasado.
            Se sentó en el sofá y cerró los ojos, haciéndose el dormido. De vez en cuando abría el párpado izquierdo mínimamente, lo justo para vigilar si ella aparecía. La vio entrar, burlona, parsimoniosa, engañada por su fingido sueño. Estaba desnuda. “¡La muy cerda!”, pensó Luis. Era su oportunidad, y no lo dudó. Esperó a que se diera la vuelta, se levantó sigiloso y cayó sobre ella zapatilla en mano. “¡Muere, maldita cucaracha asquerosa!” Después, barrió el cadáver, sacó la basura, se puso las deportivas y salió, tranquilo, a comprar una botella de buen bourbon para celebrar su recobrada libertad.
        



5 comentarios:

  1. Nena, cuando pienso que no me puedes sorprender, aún lo haces más! ;) Crack y mega crack!!!

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    1. Eso es que me lees con buenos ojos. ¡Un besote, Rubiales, y mucha suerte con los exámenes finales!

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  2. No hace mucho Sú, me hiciste el comentario de que si mis escritos estaban influenciados por un escritor muy bestia en su narrativa. Pues cual es mi sorpresa que, hoy, paso a visitarte y me encuentro sorprendidamente pegado con los ojos en el monitor.

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  3. ... (se cortó el mensaje)
    ... leyendo ávidamente este relato. Me gusta tu estilo porque cada vez consigues sorprenderme sin encasillarte (que es lo más difícil).
    Después de este sartenazo, tengo que reconocer que cada día te reinventas.
    Un abrazote enorme y sigue siendo tú misma.

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    1. Me gusta guiñarle el ojo izquierdo a alguno de mis lectores de tanto en tanto. Un abrazo, solecillo, y nos vemos pronto.

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