jueves, 17 de septiembre de 2015

ESCALERA A NINGUNA PARTE

            Todo tiene una explicación. Hasta las cosas que a priori nos parecen más inverosímiles tienen, al final, su porqué, su razón de ser lo que son. Hoy os voy a contar la historia de una escalera que no lleva a ninguna parte, pero que en su día sí que conducía a algún lado.
            La vi en la fachada de aquella casa, y me quité las gafas de sol pensando que mi vista me estaba engañando. Una escalera de forja en forma de media espiral, con sus peldaños, su pasamanos y unos sencillos adornos de acabado casi circular colocados a modo de quitamiedos, para que al ascender no diera la impresión de que uno se podía escurrir entre los barrotes. Lo curioso de aquella escalera es que no conducía a ninguna parte; ascendía hasta el piso superior de la casa por el exterior, justo al lado de la enredadera que cubría parcialmente el muro, pero terminaba… en la pared. ¿Qué sentido podía tener aquello? Perpleja, di un par de vueltas al edificio, pero no vi ninguna cosa que me llamase la atención. Bueno, sí, vi una hermosa parra, una puerta antigua y sillas para tomar el fresco, pero nada más.
            Volví al punto de partida para fijarme bien. Claro, cómo no me había dado cuenta antes. Allí había una puerta; estaba tapiada, pero el revoco que recubría el otrora vano difería en color, por ser más reciente, del resto del blanco pulcro de la fachada. Además, se conservaba el palo de refuerzo del dintel. Pero, ¿qué podía motivar tapar aquel acceso y no retirar la escalera? ¿Pensarían abrirlo de nuevo en el futuro? Dicen que los nativos del signo de Acuario, al que pertenezco, somos curiosos por naturaleza (por naturaleza astral, supongo), de manera que no podía quedarme con la duda, porque de otro modo tendría que imaginarme una historia que explicase aquello. Tal vez, supuse, ahí estaba el dormitorio de alguna joven, y al descubrir que el mozo que por las noches subía la escalera hasta su balcón no era rico ni traía buenas y honestas intenciones el padre tapió la entrada. O quizá ahí vivía un poeta melancólico que gustaba de bajar al jardín sin pasar por dentro de la casa, para darse baños de luna llena y contar flores y estrellas y reflejar luego en sus poemas esos paseos nocturnos. O podía ser que, simplemente, necesitaban que hubiese una entrada independiente a la planta superior para que la ocupase alguien ajeno a la familia. Fuera como fuera, yo me tenía que enterar, de modo que determiné sentarme en el primer peldaño a esperar a que apareciese alguien.
            En torno a media tarde, cuando ya había perdido la esperanza de que nadie viniese a saciar mi curiosidad, vi llegar a un anciano. Empujaba la silla de ruedas que ocupaba otro hombre de edad parecida, pero con más quebrantos de salud. Los saludé con amabilidad, pero como no quería pasar por cotilla me inventé que era una agente inmobiliaria interesada en abrir mercado por la zona. Se miraron y se echaron a reír. “¿Por aquí? Aquí ya solo quedan viejos, señorita. Como no quiera montar un geriátrico… ¿Te imaginas, Gerardo? Terruño D’Or, ciudad de vacaciones del Imserso. Mire, señorita, mire cuanto guste, que eso es gratis. Pero si nos disculpa, Gerardo tiene que descansar”. Todavía riéndose con unas carcajadas breves y huecas que estremecían sus añosas costillas amenazando con descolocarlas, el hombre empujó la silla de ruedas hacia el interior de la casa y cerró la puerta tras él. Gerardo, el que iba sentado, no habló en ningún momento. Únicamente había esbozado una sonrisa cuando el anciano ambulante se había dirigido a él. De ellos no iba a sacar nada más, al menos en aquel momento.
            Cuando intento averiguar algo y no lo consigo siento como una especie de quemazón interior que no me deja estar quieta. Es como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua y no hay manera de que aflore; no me podía quedar así, con aquella duda, de modo que me fui a la plaza del pueblo. En algún banco habría alguna abuela sentada, seguramente. Ellas siempre saben más, y tienen menos reparos a la hora de entablar conversación. Localicé a una que parecía estar esperando un autobús, muy bien peinada con su permanente recién hecha, una bata de lunares de medio luto y el bolso sobre las rodillas redondas. Le pregunté por la casa y por la misteriosa escalera, y al fin pude averiguar el origen de todo, desvelar el misterio. Sabía de primera mano lo que yo anhelaba que me contase porque, por lo visto, Gerardo era primo tercero suyo, o algo así. Lo normal en los pueblos pequeños, donde parece que todo el mundo, por sangre o matrimonio, es primo más o menos cercano de todo el mundo. “El Antonio era el único hijo de los amos de esa casa, que ahora es suya por herencia. Su cuarto tenía un balcón, que es esa puerta de la parte de arriba que ahora está tapiada. La enredadera llegaba casi hasta el tejado. Una noche, los padres oyeron gritos de dolor a las tantas de la madrugada, y encontraron al Gerardo en la calle, tirado en el suelo y con la pierna rota. Se había caído trepando al balcón para verse con el Antonio. Tendrían por entonces como dieciséis años, y el matrimonio pensó que el chico habría quedado con su hijo para preparar alguna travesura, salir a mozas, o a saber. Pero al año siguiente pasó otra vez. En esa ocasión creo que lo que se tronzó fue un brazo, y a los seis meses el tobillo, tan mal partido que quedó ya cojo de por vida. Los padres tardaron en darse cuenta de que lo que pasaba es que el Gerardo y el Antonio andaban liados, y noche sí, noche también, el chico trepaba por la enredadera para colarse en la habitación del otro y arrullarse un rato. El padre del Antonio casi se muere del disgusto, pobre. Qué desgracia, un hijo marica, decía. Prohibió a su hijo ver al Gerardo, y al Gerardo arrimarse a la casa, segó la enredadera y todo, pero ellos no hicieron caso y en cuanto a aquel le soldó el tobillo volvió a intentar subir por el canalón de la fachada. Casi se parte el alma del costalazo que se dio. Al final, la madre del Antonio, que era prima segunda de la madre del Gerardo, mandó poner la escalera por fuera. Decía que no quería devolverle a su pariente al chico con el cuello roto, pero tampoco encontrarlo por dentro de casa como si aquello fuera normal. Les gustara o no, al campo no se le pueden poner puertas, y decidieron mirar para otro lado, pero sin sobresaltos nocturnos. Después, cuando el Antonio heredó la casa, él y el Gerardo se mudaron al dormitorio principal y tapiaron el balcón para que no entraran ladrones. Ya ve, dicen que ahora ser de la otra acera está de moda, pero en este pueblo hemos sido modernos desde siempre”. Satisfecha de su chiste, la anciana remató el relato con una serie de carcajadas que hicieron temblar su bata como si estuviera llena de saltamontes por dentro, y me disparó una recomendación antes de irse: “si va al bar, no coma croquetas. La Gloria, que es la dueña, es bastante gorrina, a saber lo que les mete”. Y espantándose las moscas con gesto digno, se subió al autobús que acababa de parar frente a nosotras.


            No sé si me hizo gracia la historia por la forma en que aquella mujer me la contó, o por la ternura de ver a los dos ancianos aún juntos, cuidando uno del otro, tantos años después. Es verdad que el amor, cuando es de verdad, se fortalece con las dificultades. Hallar el alma gemela bien vale algunos huesos rotos, ¿no?

2 comentarios:

  1. Bonita y curiosa historia. Tienes razón que cuando hay amor verdadero, el destino parece ser que se confabula para que nada se destruya. En la vida, siempre hay un por qué, podemos entenderlo o no en ese momento, pero todo ocurre por razones de peso.
    Ahora entiendo la razón de estar esa escalera... a pesar de la puerta tapiada. Si llego a viejo quiero seguir sintiendo ese amor verdadero con mi pareja, de momento estamos construyendo nuestra propia escalera...
    Un besazo, Sú!

    ResponderEliminar
  2. Ojalá vuestra escalera llegue tan alto que os sintáis siempre como en el cielo. Un besote también para vosotros.

    ResponderEliminar