lunes, 28 de septiembre de 2015

HACIENDO JABONES

            La artesana de los jabones no decía su edad, pero a juzgar por los surcos de su rostro, que eran como los de la piel de los pinos, y por el gris tormenta de su pelo, no debía tener menos de ochenta años cuando yo la conocí. Siempre había sido poco agraciada de rasgos, aunque su rostro estaba lleno de dignidad y sabiduría, pero todos sabemos que los “feos” tienen que demostrar muchas más cosas ante los demás que los guapos, y así le pasó a Encina, pues ese era su nombre. Su madre siempre se negó a revelar la identidad del hombre que la engendró, así que las especulaciones en el pueblo se dispararon durante meses; las casadas miraban a sus maridos con recelo, y los solteros no soltaban prenda. Al nacer ella, su nariz desveló todas las dudas. Solamente había un pico como aquel en todo el contorno: el del señor cura. Curiosamente, dos meses después de que ella llegase al mundo, el obispado, muy avispado, procuró el traslado de su ministro a una lejana parroquia, poniendo en su lugar a un venerable anciano con muchos años de iglesia a sus espaldas.
            No tuvo una vida fácil, desde luego: dado que su madre y ella fueron rechazadas por los aldeanos como corruptora de hombres santos y consecuencia del pecado, fueron arrinconadas, socialmente ignoradas y castigadas, y tuvieron que mudarse a vivir a las afueras del pueblo. Ocuparon un viejo establo para vacas, inútil desde una peste bovina que hizo estragos en la cabaña ganadera de la zona e inclinó a los paisanos a criar ovejas y construir apriscos, y allí estuvieron las dos toda su vida; con el tiempo, la madre murió y Encina quedó sola, pero ya no se fue de aquel hogar apartado, en donde tenía libertad y espacio para desarrollar la actividad que le daba de comer: fabricar jabones.
            Ya su madre lo había visto hacer a su abuela, y de ella lo había aprendido nuestra protagonista. Los elaboraba con las recetas antiguas de las sabias mujeres del campo y otras muchas que ella inventó, mezclando y cociendo aceites, grasa de la leche de su cabra y sebo de cordero, sosa cáustica y las hierbas más convenientes. Para obtener los ingredientes de su pequeña industria no solo salía a buscar plantas al monte, sino que fue llenando de grandes macetones los alrededores de su casa, el patio y el sendero. Plantó albahacas, adormideras y diente de león, chumberas y hierbabuena, y también algún clavel para alegrarse la vida. Instaló además colmenas en los prados cercanos para asegurarse miel y cera vírgenes, para su labor artesanal y para endulzarse los días y las infusiones que solía tomar. La fealdad de su rostro con la nariz clerical, su melena suelta y el gran caldero en que hervía las mezclas con las que elaboraba los jabones, sumado al uso de plantas y raíces para distintos fines, le granjeó, cómo no, fama de bruja. A Encina le daba igual, no quería ser molestada y, de algún modo, esa presunción de hechicería ahuyentaba a los merodeadores. A los masculinos al menos, porque no estaba en su pensamiento ni en su naturaleza el ser esposa ni madre, y uno no debe luchar contra lo que siente y lo que es. Sabía, aunque el resto del mundo pensase lo contrario, que tenía valor como persona por sí misma, porque las mujeres pueden hacer mucho más que bordar mantelerías y ser creadoras de vida, como se creía en su época. La maternidad era un gran valor, desde luego, pero ella quería explorar otro valor no menos grande: el de su inteligencia.
            Las mujeres del pueblo pensaban que estaba loca por elegir la soltería, y el rumor de su naturaleza nigromántica les causaba recelo, pero vencían cada vez con más frecuencia sus reticencias hacia ella para visitarla buscando remedio a muchas de sus dolencias. Encina escuchaba sus problemas, y después les vendía los jabones que creía que mejor iban a ayudarlas. Evidentemente, lo suyo no era magia ni hechicería, sino años de ciencia y experimentación, herencia de sabidurías de sus antepasadas y muchas horas de probar, anotar, observar, mezclar, pensar. Así, a la que dormía mal le daba una pastilla con extracto de lavanda, y le indicaba que se bañase con agua tibia antes de dormir y se frotase con ella. A la que tenía dolor le daba jabón al aceite de manzanilla y milenrama, que aliviaba la hinchazón y las molestias de los procesos inflamatorios. A aquella cuya piel se llagaba con cualquier roce le daba una pastilla especial con aloe vera, a la que se quemaba le suministraba un preparado especial con corteza de chumbera y menta, y a la que tenía problemas en sus partes íntimas le vendía el jabón que hacía mezclando la violeta de genciana con el aceite de oliva más puro y la esencia de la malva silvestre.
            Un día, cuando ya era mayor y por tanto más sabia que ninguna otra mujer del pueblo, se presentó ante su puerta una muchacha a la que no conocía. Venía buscando remedio para la falta de apetencia carnal de su marido, un hombre mayor pero de buena posición social con el que la habían casado, y que apenas la había tocado desde la noche de bodas. A Encina le dio pena aquella pobre chica, con tan pocos años y ya desvelada y enferma de preocupación por culpa de un matrimonio tan conveniente a su estatus como poco deseado por ella. Le entregó un jabón al que no había añadido nada, le dio la recomendación de que solamente usara esa pastilla para todo el cuerpo, y que no se pusiera ninguna clase de perfume, ni nada que camuflase el olor natural de su piel joven. “Si esto no funciona, nada lo hará”, le dijo.
            Un par de semanas más tarde, la joven volvió al viejo establo. Lloraba. El remedio no había surtido efecto. La avispada Encina, a esas alturas, ya se había hecho una idea clara de dónde estaba el fallo. “Solo hay dos motivos por los que un hombre no atiende a su esposa: o atiende a otras y no le quedan fuerzas para satisfacer a su legítima o su cuerpo no le hace caso, cosa, por otra parte, bastante probable dada la diferencia de edad que hay entre vosotros. Averigua cuál de los dos problemas es el de tu marido. Te voy a dar dos saquitos, uno azul y otro verde. Si él deja en otra cama lo que debería dejar en la tuya, usa el azul. Si la cuestión obedece a que ya no hay vigor en él, abre el verde. En ambos hay jabones indicados para cada caso, con las instrucciones concretas de lo que debes hacer. Pase lo que pase, no puedo ayudarte más, así que no es necesario que vuelvas a buscarme. Que tengas suerte”.
            La muchacha le dio las gracias, además de las monedas correspondientes a la mercancía que había adquirido. No la volvió a ver, pero supo por otras paisanas que fue feliz y tuvo varios hijos. Encina no le contó a nadie que en ambos saquitos, el verde y el azul, había puesto dos pastillas de jabón corriente con un leve toque de romero silvestre, y en las dos notas había escrito la misma receta: “date un baño con este jabón y busca un amante de tu edad, sé discreta en ese asunto y no te preocupes. Tu marido jamás se lo dirá a nadie si tú tampoco lo haces, porque para un hombre de su clase es preferible llevar secretamente unos cuernos que la evidencia pública de ser impotente o aficionado a mudar de mujer como quien muda de calzones”.
            Por fortuna, la anciana Encina, sabia como los viejos olivos milenarios, tuvo a bien acogerme a su lado para enseñarme toda su ciencia. Quizá me vio independiente y fuerte, como ella, y por eso me eligió depositaria de su trabajo. De no ser así, difícilmente habría podido yo conocer esta historia, y jamás os la habría podido contar.
            Antaño solo tenían jabón, hierbas, saber y sentido práctico. Hoy en día esas cosas las combatimos con medicamentos, terapeutas o abogados especialistas en divorcios, y casi siempre salimos perdiendo. Nos hacen falta muchas Encinas a las que consultar, y menos “modernidades”. Ellas tienen la experiencia, la intuición, las respuestas que no nos dan los libros ni los ordenadores. Ellas lo han visto casi todo. Escuchemos su saber para conocer mejor la vida.

2 comentarios:

  1. Siempre sabía en tus palabras y por supuesto en el mensaje. Es verdad, antes echaba de menos a alguna persona como Encina para que el andar en la vida me reconfortara, pero en mis tiempos de cambios, de dura transición, de asimilación, de renacer de unas exiguas cenizas, se fue abriendo cositas bonitas, brotes de luz, nuevas ilusiones, nuevas personas que hacían cerrar un capítulo de mi pasado para abrir un futuro esperanzador... y lo digo sin tapujos ni esconderme, tú entraste en este nuevo periodo de mi vida y Encina también apareció bajo tu mismo nombre. Al final el nombre de Susana (Sú) tiene y repercute en mi vida con positividad. Un abrazo, sigues manteniendo esa chispa en tus escritos que me hacen soñar...

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  2. Bienhallado, Alejandro. Echaba de menos tus comentarios. Todos pasamos por épocas en las que parece que nada funciona, pero al final siempre vemos una lucecita que nos indica que estamos llegando a la salida del túnel. Da igual que esa chispita la ponga una persona, un cuento, un amigo, un desconocido, una canción. Da igual. Lo importante es verla y volver a tener esperanza. Gracias por seguir ahí. Un abrazo.

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