sábado, 24 de enero de 2015

LAS FOTOS DE PETRA

            Siempre fue una niña muy lista. Listísima. Tanto, que a la edad en que los demás mocosos andan aún tratando de aprender a pronunciar bien su propio nombre, Petra preguntaba a su madre si el sol lo enciende algún gigante cada día o si el caudal del río lo regulan con grandes grifos ocultos en las grietas de la montaña. A la autora de sus días le preocupaba tan despierta inteligencia, no le parecía apropiada para una criatura tan pequeña. Por eso, para tratar de protegerla del mundo y del maltrato que la vida procura a los seres humanos, solo le contaba las verdades a medias, o directamente se inventaba las respuestas. Azucaraba, almibaraba, suavizaba todo para que Petra no sufriera.
            Hay una edad en que, por curioso que sea un niño, por respuestas que busque o cuestiones que plantee, en el fondo solamente da por buena y cierta una premisa: lo que dice mamá es la verdad absoluta. Y ya está. Por tanto, aquellas explicaciones suaves e inventadas que la madre ofrecía a Petra eran para ella irrefutables, las asumía como válidas y a partir de éstas sacaba sus propias conclusiones. Que eran, como podéis imaginar, erróneas y falsas, pero no lo eran para ella, sino para los demás. Esto le ocasionaba no pocos problemas, problemas que no llegaba a comprender: los adultos se reían a carcajada limpia de sus razonamientos, y el resto de niños de la escuela, conforme fue creciendo, la inflaban a capones.  “Mamá, ¿a dónde se va la luna cuando no está en el cielo?”, preguntaba. Y mamá respondía: “se va a esconder al fondo del mar, a que la cuiden las ballenas, que son las únicas criaturas suficientemente grandes como para limpiarla para que vuelva a iluminar a la noche siguiente”. “Y, ¿por qué a veces es redonda y a veces parece como los trozos de uña que me cortas cuando me crecen?” “Eso es porque la ballena encargada de la limpieza se durmió y no terminó su trabajo a tiempo. Solo ves lo que está limpio, lo otro quedó empañado y por eso no se ve”. Todo ello por no contarle que la tierra es una gran bola, y la luna una bolita sin luz que da vueltas en torno a la esfera terrestre. “Es muy pequeña para entender eso”, pensaba la madre. “Se dará cuenta de que somos tan pequeños como hormigas, y eso le llevará a pensar que quizá un día la luna pierda su órbita y nos aplaste, y sufrirá. No, ya tendrá tiempo cuando sea adulta de afrontar esa sensación de pequeñez y vacío, no dejaré que sienta miedo”. A partir de esa explicación astronómica tan peregrina, la menuda Petra deducía que el mar sube y baja en la costa cuando la luna entra y sale de él, igual que el nivel de la bañera subía cuando ella se sumergía, y que si las ballenas eran encerradas en acuarios nadie sabría limpiar la luna y ya no se vería nunca más, y las noches serían muy tristes. Por eso, cuando la niña fue a visitar el parque oceanográfico con el resto de niños de la escuela y vio, tras un enorme cristal, dos ejemplares de Beluga nadando y jugando en el agua, la emprendió contra el vidrio a patadas con desesperación. “¡Si no las libero jamás volveremos a ver la luna, tenéis que soltarlas, por favor!”, gritaba.
            Ese tipo de reacciones de Petra hacían que el resto de niños se riesen de ella, y que los profesores llegaran a plantearse si la chiquilla era tan lista como parecía, o si por el contrario estaba mal de la cabeza. Intentaron hablar con su madre, pero ésta no cedió en su actitud de disfrazarle la vida a la pequeña para que fuera más feliz. Pero lo que conseguía, sin saberlo, era crear más y más conflictos en el entorno de la pobre Petra. “Mamá, los niños de mi clase se ríen de mí y me insultan. Me llaman loca, tonta, lunática y más cosas. Dicen que no digo más que mentiras, y que me van a encerrar en una loquería”. La madre, para consolarla, le dijo que hiciera fotografías a los niños que la molestaban, y que una vez las tuviera, las metiera en el congelador, debajo de las varitas de merluza y las hamburguesas. “Así se les congelará la maldad, ya no tienes que preocuparte por lo que te digan porque no pueden hacerte daño, están detenidos, helados”. Así, cuando Petra cumplió los nueve años, había tantas fotos en aquel congelador que ya casi no cabía ni una bolsa de guisantes de medio kilo.
            Según las explicaciones de la madre de Petra, papá estaba trabajando muy lejos como para venir a verla, la abuelita se fue al cielo para hacerles mantones de ganchillo a las estrellas que tenían frío, al canario no lo mató el gato, sino que el felino lo encontró herido y lo trajo delicadamente hasta los pies de su dueña para que intentase curarlo, y así iba eliminando la realidad, lo feo, lo malo, lo que asusta, de la vida de su hija. No se daba cuenta de que con ello le estaba negando las armas para afrontar la adolescencia y la vida adulta. Petra crecía dentro de un decorado falso que enmascaraba la realidad, una especie de cuento encantado en el que era casi feliz, sí, pero estaba completamente equivocada en todo. En todo menos en una cosa: en el amor que sentía por su madre.
            Ella se fue en dos minutos. Cruzó la calle, el coche llegó demasiado aprisa, el golpe fue tremendo. En unas horas, Petra salió de su mundo para entrar en un centro de acogida después de descubrir, de repente, que la gente muere y ya no vuelve, que papá no estaba en ningún lado porque se largó en cuanto supo que ella venía en camino, que la tierra gira suspendida en su órbita sin que tengamos ningún control sobre ello, que ya lo hacía antes de que hubiera vida sobre ella y que seguiría haciéndolo una vez extinguido el ser humano. Que la sangre que brota de una herida no se repone machacando amapolas del campo, y que mamá le había mentido en todo. Petra, al darse cuenta, la odió y la maldijo, se sintió estafada, burlada de una manera tan brutal que no lo pudo asumir. Llena de ira, se coló en la cocina del centro de acogida por la noche, sacó del bolsillo del pijama la foto de su madre y la metió en el congelador sin parar de llorar y sorber mocos.
Con el paso del tiempo, la vida de Petra se fue normalizando. Entró en la rutina de las clases, aprendió a atender su propia habitación, adquirió responsabilidades que su madre jamás le había dado (ya tendrá tiempo de limpiar y trabajar cuando sea mayor, ahora estoy yo para hacerlo por ella), y se fue fortaleciendo. Allí, en el centro al que la habían llevado, había niños que podían hablarle de abandono, de maltrato, de drogas, de violencias, de desgracias de todos los tamaños. Las suyas tampoco habían sido vidas normales. Demasiado crudas, demasiado crueles para cualquiera, tanto más para un niño. Queriéndola tanto, su madre la había hecho débil, casi incapaz de entender por qué otros niños de su edad habían tenido que pasar por tan durísimas pruebas. A medida que iba conociendo a los demás y sus historias iba encontrándole cada vez más sentido a la suya.
Cuatro meses después de quedar sola y ser internada en el centro, una de las compañeras de habitación de Petra se despertó gritando en mitad de la noche. Era Andrea, la más pequeña. Solamente tenía siete años. En sueños había creído oír los pasos de su padre que venía, de nuevo, a meterse en su cama. Petra la ayudó a calmarse, como tantas otras noches, y se le ocurrió una idea: hizo a su amiga escribir el nombre del padre en un papel, puesto que la chiquilla no tenía ninguna foto (¿quién querría tener una foto de alguien que abusa de sus propios hijos?), y las dos niñas, juntas, se colaron en la cocina. Petra abrió el congelador, rescató la foto de su madre y colocó en su lugar aquel nombre maldito. “Ahora está congelado, Andrea. Ya no puede dañarte, no va a venir, lo tienes detenido, neutralizado. Como hacen los superhéroes en las películas. Cuando sientas miedo, acuérdate de que está en el congelador, igual que las alitas de pollo. No puede moverse ni acercarse a ti”. Después, con ternura, ayudó a Andrea a meterse de nuevo en la cama.


Petra acarició la foto de su madre antes de guardarla dentro de su diario. Lo del congelador era mentira, lo sabía. Solo iba a servirse de ello para consolar a alguien que sufría, ¿qué tenía de malo? Nunca es demasiado tarde para aprender cualquier cosa, pero para algunas sí puede ser demasiado temprano. Lo que su madre había hecho con ella no era quizá lo más adecuado, aunque era mil veces mejor que lo que habían hecho los padres de sus nuevos amigos. Quizá no se les deba ocultar todo a los niños, pero tampoco tienen por qué conocer toda la crudeza de la vida desde tan temprano. Alcanzar el término medio es una ciencia, y nadie nace aprendido; a buen seguro podía afirmar que había sido mucho más feliz que los niños que la rodeaban. Mentalmente, antes de volverse a dormir, le lanzó un “te quiero” silencioso a su madre y se sintió, por primera vez en mucho tiempo, en paz.

jueves, 8 de enero de 2015

CON BUENAS PALABRAS

            Cuando era niña, mi padre, que me conoce bien y me quiere bien, me hizo un regalo. En su día lo juzgué poco apropiado para una chiquilla de mi edad, no sé si tendría yo por entonces ocho o nueve diciembres, y me gustaban mucho más las Barriguitas y las Nancys (la Barbie aún no se estilaba tanto) que los libros. Pero ahora que ya cumplí los cuarenta y dos y en mi cabeza hay más cabellos blancos que castaños no puedo sino agradecerle aquel regalo por lo útil que me va a resultar hoy. Es viejo, pero aún sirve. Se trata de un diccionario de sinónimos y antónimos.
            Pensaréis que eso de tener diccionarios en casa es un atraso. Todo se puede buscar en Internet, entras en la página de la R.A.E., tecleas, y ya. Listo. Pero hay cosas que solamente un libro te puede ayudar a hacer, para que lo redactado tenga el peso de la palabra escrita, la antigua, la de verdad, sin neologismos, anglicismos ni estupideces. En perfecto y claro castellano. Curiosamente, es la forma también de que muchas personas no entiendan lo que digo, porque la corrección y la cultura no habitan en todas las mentes; todo hijo de vecino tiene un teléfono inteligente con acceso a la Red, pero pocos, muy pocos, emplean el diccionario. Pues hoy lanzo un desafío, un guante de duelo, para que quien lo tiene que recoger se esfuerce un poquito, que presumo que le hace bastante falta.
            Hay muchos estilos a la hora de escribir, tantos como autores. El mío es como yo: correcto, amable, respetuoso, tranquilo. Hasta florido, diría. En general me gusta usar palabras accesibles, huyo de los vocablos malsonantes y de las expresiones groseras, a no ser que el personaje lo demande, pero salen de su boca, no de la mía. Licencias novelescas, amigos míos. Para casos como el que hoy os voy a exponer me gustaría ser como mi admirado Don Arturo Pérez Reverte, en cuyos artículos dominicales he leído todo un catálogo de palabras de esas que yo no suelo usar al escribir (aunque sí al hablar, dependiendo sobre todo del grado de enfado en el que me encuentre), y creedme que lo he intentado, pero no puedo. Las veo escritas, materializadas en mi pantalla, y saltan de ella y me abofetean con su fealdad grosera. Así que he cambiado la estrategia: he anotado en un borrador a lápiz lo que diría, y he echado mano del regalo de mi padre, el diccionario de sinónimos y antónimos. Gracias, papá.
            Os expongo el caso: en el mes de julio llegó una carta certificada a mi casa procedente del Ayuntamiento de Sevilla (omito lo de Excelentísimo porque para mí no tiene esa condición) en la que se me notificaba el impago de una multa por aparcamiento indebido, infracción cometida por mi coche, según ellos, en marzo de 2014. Doscientos euros. Imaginad mi cara de pasmo, ni yo ni mi coche hemos estado en Sevilla, ni siquiera en Andalucía, en todo el año 2014. Jamás me habían puesto una multa en veintiún años de conducción. Evidentemente, tenía que ser un error; todos somos humanos y podemos equivocarnos. O el agente de la policía municipal anotó mal la matrícula, o el administrativo que transcribe las boletas se equivocó. El recurso era sencillo. O eso parecía. Preparamos la alegación, la mandamos por correo certificado (seis euritos del ala) y pedimos la boleta del agente o una fotografía del coche mal aparcado para que, efectivamente, pudieran comprobar que no era el mío. Hasta ahí, todo tolerable, comprensible, solucionable. Hasta ahí. Voy a coger el diccionario, porque empieza la fiesta.
            La semana pasada llegó una nueva carta certificada del consistorio sevillano. Os la resumo evitando los tecnicismos legales: “si nosotros decimos que era su coche, era su coche, y punto. Ni necesitamos aportar pruebas, ni nada parecido. Somos la autoridad, y usted paga los doscientos euros de multa porque si no se los embargamos de la cuenta por vía ejecutiva, eso sí, convenientemente engordados con un sustancioso recargo por el impago”. Así. 

Como ya os habréis imaginado, a partir de aquí el texto continuaba. Era uno de los artículos más ácidos, irónicos y brillantemente escritos (dicho sea de paso y sin caer en falsas modestias) que he publicado en años. Pero sucede que ha comenzado a llegar a nuestra nariz el conocido tufillo a naftalina del uniforme verde caqui del bisabuelo que aún está guardado en algún desván, y después de pensarlo mucho me he visto obligada a amputar mi libertad de expresión, consciente de que los tentáculos de esa ley que no voy a nombrar porque se ha convertido en el Voldemort de internet pueden alcanzarme y arruinarme el año aún más si cabe. De modo que, para evitar males mayores, le practico la ablación a esta historia, y os la dejo aquí con la cicatriz fea y desagradable de las heridas que no cierran porque algo las infecta y va pudriendo sus límites día a día. Ya hace más de un año desde que recibí la notificación de esa sanción inexplicable, la he pagado, está recurrida a través del Defensor del Pueblo Andaluz y sigo esperando a que me devuelvan un dinero que indebidamente me han obligado a entregarles. Me conformo con eso, ya no quiero ni una explicación, ni una disculpa. Sólo mis doscientos euros y que me olviden. 
Por cosas como esta, por no poder siquiera decir las verdades que uno piensa con claridad, con palabras redondas, castellanas y llenas de hermosas letras y certeros significados, es por lo que espero con impaciencia a que llegue el próximo mes de diciembre. A ver si al terminar el recuento de votos puedo llorar de alegría como lo haría un pájaro al recobrar la libertad.