sábado, 21 de marzo de 2015

EL SOUVENIR

            Llevaba tantos años soñando con visitar París que verme allí, paseando por sus calles, me parecía aún mentira. Pero no, era yo, pisando al fin los lugares tantas veces descritos en novelas, poemas y canciones, mostrados en el cine, fotografiados en las revistas. Compré un bolso más grande que el que normalmente llevaba en una de las tiendas de souvenirs que llenan el centro, cerca del quartier latin: lo necesitaría para guardar cuanto fuera recogiendo en mi vagabundear por la ciudad del Sena. Yo soy muy de guardar, desde hojas secas hasta planos, entradas de museo o panfletos promocionales, cualquier cosa siempre que signifique algo para mí, y allí, en la maravillosa París, todo tenía significado. Hasta aquel bolso, una imitación barata hecha seguramente en China, tendría siempre valor para mí por haber sido comprado precisamente allí.
            El libro apareció ante mis ojos sobre la mesita del cafetín de Montmartre en el que me detuve a reponer fuerzas. Me agaché a anudar el cordón suelto de mi zapato, y al levantarme de nuevo, allí estaba, voilà!, posado sobre el mármol pulido. “Cyrano de Bergerac”, claro, cómo no. Miré alrededor, pero nadie me observaba. ¿Quién habría dejado para mí aquel libro no pedido en mi mesa, junto al café au lait y el macaron que sí eran mi comanda? Pregunté al camarero, pero se encogió de hombros. “Je ne sais pas, mademoiselle”. Abrí el volumen, y tenía una dedicatoria. Para mí.
            “Jamás soñé más bello atardecer sobre París que el de verla a usted, recortada contra el cielo de Montmartre, su cabello rojo emitiendo destellos de fuego bajo el sol poniente, la felicidad en su semblante. A partir de hoy, cuando piense en la poesía absoluta, será su imagen la que vea en mi memoria. Gracias por tan hermoso regalo”. Enrojecí violentamente. ¿Cómo? ¿Quién? Una vez más, busqué un rostro entre la gente, pero ninguno parecía el de un poeta. “Esto solo podía pasarme aquí, en París”, pensé, soñadora. Me sentía como en una burbuja, la protagonista de una novela romántica. Poco me duró la ilusión: justo el tiempo que tardó el camarero en traerme la cuenta. Metí la mano en mi bolso nuevo y comprobé que alguien lo había abierto con una cuchilla de afeitar. Mi cartera no estaba. Cyrano de Bergerac, desde la portada multicolor sobre la mesita del café, me miraba burlón.
            “Quédese el libro, señorita”, me dijeron en gendarmería. “Tenemos más de veinte ejemplares aquí, podríamos poner un mercadillo. No sabemos dónde los compra, pero todas ustedes muerden el anzuelo. Siempre extranjeras, siempre solas. Y siempre pelirrojas. No sé qué les da a ustedes París. Tenga, la copia de su denuncia. Y baje de la nube, mademoiselle, o no será la última cartera que le roben”.


            Tiré el bolso mutilado en el contenedor más cercano. Estuve tentada de arrojar también a Cyrano, aunque al fin decidí conservarlo. “Caro me ha salido el piropo”, pensé. Pero aun así, valió la pena. No es el souvenir que yo esperaba traer de París pero, como dicen los franceses... C'est la vie!


domingo, 8 de marzo de 2015

SIMPLEMENTE PERSONAS

            Es algo extraño esto de escribir para que mis historias lleguen a multitud de personas a las que no conozco, a las que posiblemente no llegue nunca a conocer. Hablo de vidas ajenas, de personajes inventados (algunos no tanto), de aventuras y acontecimientos de otros, pero nunca os hablo de mí. Hoy voy a cambiar eso, y lo hago con motivo del día de la mujer, una fecha que, si la sociedad fuese equilibrada y civilizada de verdad, no debería existir. Voy a contaros, por una vez, cómo pienso, quién soy realmente y por qué. Sin bromas, sin cuentos, sin nada más que lo que hay.
            Me llamo Susana, y soy escritora. Soy Susana Rodríguez Cuentahistorias cuando ando con un relato entre manos, Susana R. Miguélez cuando publico una novela, Sú Rodríguez cuando me tomo la actualidad a broma en Facebook, Susaneja en Twitter cuando me quejo de algo y en Instagram cuando comparto imágenes que me salen al paso, a las que suelo añadir, casi sin darme cuenta, algún micro-cuento. También soy Susana de León, la cantaora de albaes, Susana la del laúd en mi grupo de folklore, Sú la del saxo tenor en mi banda, soy “Mami” cuando me llaman mis hijas, Susi en boca de mi otra mitad, Susanita aún para mis padres, “Señorita” para los ancianos de las residencias en las que ocasionalmente he trabajado. Soy todas esas cosas y algunas más, pero no os cuento esto para promocionarme, no soy de las que aprovecha cualquier ocasión para hacerse auto-bombo. No tengo tantas facetas porque sea una super-woman. Las tengo, simplemente, porque soy una MUJER, ni más lista ni más capaz ni más culta que ninguna otra.
            El factor determinante de que yo haga esto y otras mujeres como yo no lo hagan es muy simple, y os lo voy a explicar brevemente: nací, como todos lo hacemos, provista de alas. Mi suerte fue que tanto mis padres desde un principio como la persona que comparte mi vida no se empeñaron en cortármelas, sino que se tomaron el trabajo, y aún lo hacen, de acompañar mi vuelo. Por eso aprendo. Por eso avanzo. Por eso no tengo límites. No elegí en qué familia nacer; simplemente, tuve suerte. Escogí a mi pareja con mi criterio alado, y desde entonces vuela conmigo, no se empeñó en encerrarme en ninguna jaula, ni grande ni pequeña ni dorada ni oscura, para ser el único en poder contemplarme. Me consta que eso les ha pasado, y les pasa, a muchas mujeres. Esa es una de las grandes desigualdades que nos afectan: todas esas hermosas mujeres merecen recuperar las alas con las que nacieron para poder llegar hasta donde ellas quieran, y deben ser protegidas y ayudadas sin reservas.
            Según los científicos, todos los embriones humanos, en sus primeros estadios de formación, son iguales. La diferencia la lleva un solo cromosoma, que es el que dice “soy X” o “soy Y”, y hace que ciertos órganos afloren o se escondan. Nada más. NADA MÁS. El único privilegio que nosotras tenemos y ellos no poseen es la capacidad de gestar, alumbrar y amamantar. En todo lo demás no hay diferencias. Ese magnífico privilegio de ser madres fue casi nuestra única función desde la época de las cavernas, y de paso resultó una excusa perfecta para hacernos esclavas de la maternidad, el hogar y la familia; los tiempos avanzaron, y no resultaba conveniente que nosotras progresáramos al mismo ritmo, podríamos tener deseos, sueños y esperanzas diferentes, qué peligro.
Llegar a las metas todavía nos cuesta mucho más que a los hombres pero, poco a poco, vamos conquistando terreno. Ahora vivimos en el siglo XXI, y aunque aún queden por ahí demasiados neandertales y cromañones sueltos disfrazados de modernos, las mujeres podemos elegir. Podemos equivocarnos, pero tenemos el derecho de rectificar. Ser madres es nuestro derecho, y no nuestra obligación; trabajar es nuestro derecho, casarnos o no hacerlo es nuestro derecho, elegir lo que queremos ser, desarrollarnos, crecer, son nuestros derechos. Ser mujeres no nos hace superiores, pero tampoco nos hace más débiles, y está en nuestras manos pulir las desigualdades que aún existen en la sociedad. Eduquemos a nuestros niños enseñándoles que una plancha, una escoba o una sartén valen para una mano masculina igual que para una femenina, del mismo modo que una caja de herramientas, una batuta o una brocha de pintar muros. Enseñémosles que “hombre” y “mujer” solamente son palabras para definir el sexo con el que hemos nacido, pero que eso no lleva nada más implícito. NADA MÁS. Aún quedan, es cierto, hombres que prefieren levantar los pies en el sofá con una cerveza en la mano mientras nosotras pasamos la aspiradora, pero somos libres de no elegirles, y si nos equivocamos al hacerlo debemos poder rectificar y alejarnos. Ellos también saben, que no os engañen haciéndoos creer lo contrario, que el contenido de los pañales de un bebé no es radiactivo; no hay ningún cromosoma que señale que su salario debe ser mayor que el de una mujer en su mismo puesto. Tampoco es cierto que una mujer sea “un machote” porque no use falda ni tacones, ni que vaya “pidiendo guerra” si se arregla. Una mujer quiere decir “NO” cuando dice “NO”, y quiere decir “SÍ” cuando dice “SÍ”, y la testosterona no es ningún elixir que dé super-poderes a nadie. Aún quedan demasiados hombres que pretenden sirvientas y no compañeras, que ven en el amor un permiso para disponer de la vida de alguien a quien miran como un ser “menor”. Enseñemos a los niños, chicos y chicas, desde la cuna, desde la escuela y en todas las facetas del día a día que no somos “ellos o nosotras”, sino que todos somos igualmente personas. Que el amor es un lazo, no una soga; que un golpe, un insulto y una amenaza no se llaman sentimiento, sino maltrato. Que nuestras necesidades y tareas diarias son las mismas: si comemos, guisamos. Si ensuciamos, limpiamos. Si queremos la ropa impecable, planchamos, y si no, vamos arrugados. Si podemos trabajar en lo que nos gusta, mejor. Si queremos salir, entrar, viajar, estudiar, estamos en nuestro derecho mientras podamos y estemos de acuerdo en hacerlo. Que la esclavitud en este país desapareció hace siglos, y quien se empeña en mantenerla es quien debe ser juzgado. Mujeres: creced. Elegid. No os pongáis límites: abrid las alas. Las jaulas, para la chatarra.

            Así pienso, así soy. Quiero creer que si hubiese nacido hombre habría escrito este discurso en idénticos términos, pero eso nunca lo sabré. Quizá en mi próxima vida pueda comprobarlo, si es que me toca un cromosoma inicial diferente; en caso de que ocurra, prometo contároslo. Feliz día para todos, tengáis el sexo que tengáis.


domingo, 1 de marzo de 2015

JAQUE AL PENTAGRAMA


            Llegó un señor a la escuela un lunes por la mañana. Jacoba, la maestra, lo esperaba; no le hacía excesiva gracia lo que venía a anunciar, pero nada podía hacer contra ello. Según les explicó a los niños, era un inspector de educación. Llevaba un traje gris y corbata, no parecía un maestro, sino más bien un ejecutivo de esos que manejan los números de la Bolsa en la televisión. Los niños le saludaron con un “buenos días” general, como Jacoba les había enseñado que debían hacerlo.
            “El señor inspector está aquí para explicaros algo importante que ocurrirá el curso que viene: la clase de música va a quedarse nada más que en tres cuartos de hora a la semana, pero a cambio os van a dar una nueva asignatura: ajedrez”. Los niños, desde sus ocho años, se miraron unos a otros sin entender nada. A casi todos ellos les gustaba la música: tocar la flauta juntos, aprender ritmos, bailar, reproducir melodías que escuchaban en la radio, cantar… ¡era divertido! ¿Por qué había que cambiarlo?
            El inspector del traje gris comenzó con su charla. “Niños, el ajedrez es el noble juego de los Reyes. De su mano aprenderéis estrategia, cómo adivinar cuáles serán los movimientos del contrario para así poder anticiparos a él y vencerle. Os enseñará también a forzar los errores del otro para aprovecharlos, a mover vuestras piezas de manera que le podáis hacer más daño a su ejército con el mínimo de movimientos y de sacrificio de piezas posible. Aprenderéis a conocer las debilidades de quien tenéis enfrente para usarlas en vuestro propio beneficio. El objetivo es ganar, derrotar a quien juega contra vosotros. El ajedrez os hará más inteligentes y competitivos, es necesario que aprendáis ese tipo de cosas porque luego, en la vida real, os servirán para ser triunfadores. Desarrolla la memoria, ayuda con las matemáticas, enseña a concentrarse. Todo son ventajas. El próximo curso, en lugar de música, os daremos clase de ajedrez. ¿Lo entendéis?”
            Fernando levantó la mano para pedir la palabra. Tenía una pregunta que hacerle al hombre de gris. Él sabía jugar un poco a ajedrez, le había enseñado su abuelo los fundamentos del tema: movimientos de las fichas, objetivos… Recordaba haberse sentido mal jugando. Primero se enfrentó a su padre, y fue vencido. Y no le gustó, francamente, el hecho de perder. Después, jugó contra su hermano Carlos, un año menor. La diferencia de edad le dio cierta ventaja, y ganó. Se sintió bien, fuerte, pero le duró poco la euforia: Carlitos, al verse derrotado, se había echado a llorar. “No me mates al Rey, por favor”, le había rogado. Pero él no había tenido compasión. Al final, las lágrimas de su hermano le hicieron empatizar con él, y de nuevo se sintió mal. “Señor, yo tengo una duda. Si en clase de ajedrez me mandan jugar contra Blanca, ¿puedo dejarme ganar? Es que prefiero que ella me mate el rey que hacerla llorar por matarle el suyo”. Blanca, su amiga, le miró. Le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
            Carla también había jugado a ajedrez alguna vez. Y, francamente, prefería la música. No entendía por qué tenía que ganar o perder, derrotar o ser derrotada. Levantó la mano. “Señor inspector, cuando en gimnasia jugamos al fútbol o al balón prisionero ya competimos. ¿Por qué tenemos que hacerlo también con el ajedrez?”
            El inspector estaba comenzando a perder la paciencia. Los niños percibieron enseguida su gesto de fastidio, tan de hombre ocupado y sin tiempo para preguntas infantiles de respuesta obvia. Obvia para un adulto, por supuesto, pero no para un chiquillo. Jacoba lo sabía bien, porque estaba acostumbrada a ponerse en el lugar de sus alumnos para explicarles mejor los conceptos de las distintas asignaturas. Pero el hombre de gris ya no se acordaba de lo que siente un niño. Quizá nunca le permitieron serlo.
            “Chicos, tenéis que saber que cuando seáis mayores nadie va a tener compasión de vosotros. En el mundo adulto hay que derrotar a los competidores para ser mejor que ellos, ganar dinero y llegar lejos. Es como en la selva, o te los comes tú o te comen a ti, y no hay más. Por eso es importante que os enseñemos a jugar al ajedrez. Concentración, silencio, cálculo, toma de decisiones, eficacia y resultados. Esa es la manera de ser triunfadores. Ahora quizá no lo tengáis demasiado claro, pero creedme, lo agradeceréis cuando entréis en el mercado laboral, os lo aseguro”. Y, dicho esto, cogió su cartera y se marchó.
            Jacoba no sabía si enfadarse o ponerse triste. En los más de veinte años que llevaba dando clase a niños de tercero y cuarto de primaria, uno de los aspectos en que más había incidido era el de la solidaridad. Se había empeñado en demostrar que la empatía y el trabajo en equipo eran mucho mejores que el individualismo, que el triunfo de la comunidad era mejor que el de uno solo. Enseñaba a sus niños a ayudar al compañero, no a derrotarle. Los chavales estaban desconcertados, y ella no podía contravenir las normas que le llegaban desde sus jefes directos. ¿Qué podía decirles?
            “Señorita Jacoba, yo no quiero que me quiten la música”, dijo Francisco. “Ni yo”, dijo Blanca, a punto de echarse a llorar. De la mano de la música, aprendiendo a leer las notas y a conocer las escalas, reconociendo los intervalos y los acordes también aprendían matemáticas. Tocando los instrumentos de percusión y bailando al ritmo de las canciones mejoraban su coordinación, la motricidad gruesa y la fina. Interpretando las partituras con sus instrumentos también mejoraban el nivel de concentración y la memoria, y de paso aprendían disciplina, trabajo en equipo, constancia. Afanándose en mejorar y empleando su capacidad de esforzarse y su talento natural lograban ser elegidos para interpretar los solos en las obras que tocaban, y el destacar solamente dependía de cuánto trabajasen, y no de qué estratagemas pudiesen urdir para pasar por encima de los demás. “Yo no quiero ganarle a nadie”, dijo Miguel. “Si hacerse mayor significa estar siempre enfadado y compitiendo, no quiero ser adulto”. Ese mundo que el hombre de gris les había presentado como su futuro no era lo que ellos merecían ni deseaban.
            El inspector de educación recibió, pocos días después, una carta. Iba firmada por los alumnos de la señorita Jacoba. En ella le decían:
            “Señor inspector:
            Puede que ustedes, los que deciden qué es lo que se enseña en las escuelas, piensen que el ajedrez es lo mejor para nuestro futuro. Ustedes desean que crezcamos sabiendo que el pez grande siempre se come al pequeño, pero nosotros hemos visto en el libro de Naturales que hay peces muy grandes que comen krill. Según ustedes, tenemos que aprender que si no ganamos es porque hemos perdido, pero en el libro de Conocimiento del Medio dice que el hombre prehistórico, ese que tenía la cabeza rara y la boca para delante y parecía todavía un mono, cazaba en grupo y toda la tribu comía de lo que entre todos lograban atrapar. Ustedes piensan que todos queremos ser unos triunfadores, pero en Religión y en Ética nos enseñan que la felicidad no está en ser más, sino en ayudar y en compartir. No nos eduquen para enfrentarnos, por favor. Si hacerse mayores significa convertirnos en personas tristes que solo piensan en ganar, no queremos ser adultos. Nosotros elegimos la música. Por favor, déjennos ser niños.
            Atentamente, los alumnos de cuarto de primaria y Jacoba, su maestra”.
            El hombre de gris frunció el ceño. “Futuros perdedores”, pensó. Y no se dio cuenta de que quien realmente estaba perdido era él.



            Dedicado con muchísimo cariño a Blanca, Carla, Francesc, Miquel, y al resto de niños que comenzaron a aprender música conmigo y ahí siguen, esforzándose por ser mejores sin ganarle a nadie.