jueves, 28 de mayo de 2015

EL HADA DE LOS DESTINOS

            La vida y la muerte son dos misterios inquietantes para el hombre, y lo han sido desde los albores de la inteligencia humana. ¿Por qué somos? ¿Tenemos alma? ¿Qué clase de azar es el que nos hace nacer en un país y no en otro, de una mujer concreta y no de otra cualquiera? Hay infinidad de teorías al respecto, y nuestra curiosidad nos mueve a intentar averiguar cosas como cuándo moriremos o si tendremos más vidas. No sé, de verdad os lo digo, si es bueno o malo que alcancemos una certeza sobre ello. Yo, desde luego, no quiero saber cuándo moriré, porque saberlo condicionaría el resto de mi vida, y prefiero ser libre para vivirla a mi manera, con ilusión.
            No le pregunté a ella sobre eso; no le gusta que nadie lo haga, y por eso viaja por el mundo disfrazada, de incógnito. En realidad todas las hadas lo hacen, para no ser importunadas por los humanos con asuntos propios de seres terrenales. Se camuflan tan bien que casi nadie las reconoce. Confieso que en un principio yo tampoco me di cuenta de lo que era porque parecía una chica de lo más normal. Bohemia, un poco rarita, diferente, pero dentro de la normalidad. Sin embargo, cuando llevaba ya un rato escuchando la melodía de su arpa, algo dentro de mí me dijo que su halo de magia andaba escondido por algún lado. Sentí de pronto una extraña nostalgia por las roscas de anís y la risa de cascabel de mi abuela, y ella era la causante. Aquella mujer era un hada, seguro. ¿Dónde se ha visto un músico callejero que acarree de acá para allá, por caminos, senderos, calles y plazas una enorme arpa? Miré sus  manos delicadas de férreos dedos pulsar las gruesas cuerdas, vi su rostro sumergido en la ensoñación de la música, su pelo lacio recogido con descuido, su falda de azul desteñido de un cielo de verano que terminó en tormenta. Vi su macuto y su caja para los donativos de los transeúntes, el paquete de sobaos a su lado (las hadas son muy golosas). Tocaba de memoria, sin partituras, un popurrí de bandas sonoras de series de televisión. Definitivamente no podía ser humana: nadie se compra un instrumento tan pesado y caro para arrastrarlo por las calles y tocar con él la cabecera de “Juego de Tronos”. Nadie toca la melodía de las películas de Harry Potter con la misma pasión y sentimiento con que el más virtuoso de los pianistas tocaría una pieza de Debussy. Esas cosas tan raras solamente las hacen las hadas.
            Esperé a que todo el mundo, incluido el Sol, se fuera a casa; en ese momento, cuando comenzó a guardar su arpa en la gran funda negra con cremallera, me acerqué a ella para preguntarle. “Soy un hada de los destinos”, me dijo. “Pero no se lo digas a nadie”.
            “La Parca, o la Muerte, como quieras llamarla, corta el hilo de la vida de los seres humanos cuando le parece. Más corta, más larga, depende de su criterio, ella no obedece a nadie ni aconseja ni se deja sobornar. Esos hilos que caen, cercenados por su tijera, quedan sueltos por mi mundo; son los destinos de los hombres, que una vez muertos ya no le sirven de nada a nadie. Yo los colecciono, ¿ves? Para eso construí mi arpa, para emplear esos hilos caídos y olvidados en hacer algo hermoso como la música. Yo los trenzo hasta formar las cuerdas que luego pulsan mis dedos. Así, esos destinos inacabados, perdidos, que yacían en mi mundo esperando solamente al olvido, vuelven a la vida entre mis manos en forma de música. Es un poco como eso que vosotros llamáis reciclaje, ¿no te parece genial?”
            Eso era. No detecté su condición de hada solo por su rareza, sino porque las melodías televisivas que liberaba al aire de Santillana del Mar, que fue donde la encontré, me hicieron sentir una nostalgia extraña por personas queridas que ya no están. Tened cuidado si la veis, puede que las notas de su arpa os hagan añorar tanto a alguien amado que terminéis con los ojos inundados. Aunque eso tampoco es malo, porque significa que tenéis corazón.

            Le hice prometer que, llegado mi momento, trenzaría mi hilo con los de otros músicos, y colocaría esa cuerda en el lugar del Fa sostenido, que es mi nota favorita porque está presente en casi todas las melodías alegres que existen. Espero escribir muchos, muchos cuentos antes de que llegue ese día, pero también podría ser mañana, de modo que no está de más asegurarme de que mi destino interrumpido tenga un buen uso, ¿no? 

lunes, 11 de mayo de 2015

EL ASESINATO

            Nadie le tuvo nunca por un tipo violento. Desordenado, sí. Caótico, puede. Un raro, un individuo no excesivamente correcto en cuanto al seguimiento de las modas, alguien que no se planchaba las camisas y las seguía utilizando aunque el cuello se viera rozado y maltrecho. La sombra de barba de cuatro o cinco días le afeaba el rostro, pero afeitarse a diario no era, para Luis, una prioridad. Tampoco llevar el cabello bien arreglado y peinado, se lo cortaba él mismo cuando ya las greñas le molestaban sobre los ojos y hacían que la nuca le sudase demasiado, y le daba lo mismo lucir algún trasquilón.
            Definitivamente, hay personas que nacieron para vivir solas, y todo lo que hagan distinto de eso termina siendo un error. Un grave, catastrófico, un lamentable error. Quizá por eso su compañera de piso le molestaba tanto. La veía entrar y salir de la habitación del fondo, y su presencia no le inspiraba más que hastío. Con el tiempo, con el implacable paso de los días conviviendo con ella en un espacio tan reducido, había comenzado a sentir asco, un asco tan profundo que el solo pensamiento de que ella pudiese rozarle mientras dormía, o cuando se cruzaban por el pasillo (ella siempre presurosa, con algún quehacer urgente en algún lugar, mejor cuanto más alejada de él) le ponía el vello de punta. Se evitaban. En la mirada de ella vivía algo oscuro, tal vez temor, tal vez maldad.
            Luis repasaba en silencio, rebuscando en su memoria, los días de su vida más reciente, y no era capaz de recordar desde cuándo ella estaba allí. Tal vez siempre estuvo, quizá se coló por alguna ventana sin que él lo advirtiera… ¿cómo era eso posible? ¿Se estaría volviendo loco? Quizás el alcohol tenía la culpa. A veces creaba lagunas en su memoria, hacía cosas que luego no recordaba. Pero no, eso no podía ser. ¿O sí? Tal vez en una película de terror, pero no en la vida real, desde luego. Aunque bueno, hay ladrones que entran en las casas cuando sus moradores duermen, lo desvalijan todo y se van sin despertar, inexplicablemente, a sus indefensas víctimas. Quizá ella era como esos ladrones, solo que en lugar de irse con el botín se había quedado a vivir. Así, simplemente. Luis miró el tubo de pastillas para dormir que le había dado el psiquiatra, fue a la cocina a buscar un vaso limpio para tomar una de aquellas píldoras y no encontró ninguno: no había fregado la vajilla en toda la semana, y el fregadero hedía de agua sucia y restos de comida. La vio allí, mirándole desde un rincón, sorprendida por su presencia, y le gritó: “ya que vives aquí podrías colaborar en algo, ¿no?” Ella, por toda respuesta, salió corriendo hacia el pasillo, lo más alejada posible de él, para ir a refugiarse al cuarto del fondo.
            Luis no se encontraba bien. Adivinaba en ella el miedo, y eso le hacía sentir poderoso, pero también perverso. En ocasiones, era verdad, la había insultado a gritos. La maldecía, e incluso le arrojaba cosas. Se estaba convirtiendo en un monstruo violento, pero ella tenía la culpa. Le pidió que se marchara de una vez, pero ella no escuchó. Salía poco de la habitación cuando estaba él, pero Luis sospechaba que, cuando se iba a trabajar, no solo abandonaba su cuarto para atracarse de comida, sino que organizaba fiestas, que se veía con algún desgraciado, tan desgraciado como ella. Solo de pensarlo se ponía enfermo. Dios, cuánto la odiaba.
            Una mañana, cuando la nebulosa de los somníferos se despejó, la vio pasear por su habitación, ignorante de su despertar. La observó durante un rato curiosear sus cosas. No podía vivir más así. Tenía que matarla, recuperar su intimidad, su espacio. Repasó en su memoria, y se dio cuenta de que ni siquiera recordaba su nombre, si es que alguna vez lo había sabido. Mejor, así los remordimientos por asesinarla serían anónimos. Quizá con un poco más de alcohol y pastillas lo hiciera sin siquiera mirarla a la cara, y no tendría ni el recuerdo de lo perpetrado.
            Se tomó el día libre en el trabajo para planear cuidadosamente el crimen. Descartó el veneno, nunca comían juntos, de modo que no le sería posible deslizar ningún tóxico en la copa, ni en la sopa. Tal vez matarla por asfixia fuera la solución, pero se le antojó una muerte excesivamente lenta. Posiblemente ella lo advertiría y huiría en el último momento, recuperando la respiración con un jadeo agónico y esquivando a la muerte. No, quería hacerlo con sus propias manos. Deseaba verla romperse bajo sus golpes, deseaba ser brutal, ciego, primitivo, furioso. Eso haría: sorprenderla y acabar con ella de una vez para seguir luego con su vida tranquila y descuidada, como si nada hubiese pasado.
            Se sentó en el sofá y cerró los ojos, haciéndose el dormido. De vez en cuando abría el párpado izquierdo mínimamente, lo justo para vigilar si ella aparecía. La vio entrar, burlona, parsimoniosa, engañada por su fingido sueño. Estaba desnuda. “¡La muy cerda!”, pensó Luis. Era su oportunidad, y no lo dudó. Esperó a que se diera la vuelta, se levantó sigiloso y cayó sobre ella zapatilla en mano. “¡Muere, maldita cucaracha asquerosa!” Después, barrió el cadáver, sacó la basura, se puso las deportivas y salió, tranquilo, a comprar una botella de buen bourbon para celebrar su recobrada libertad.