martes, 28 de julio de 2015

MIGUELÓN

            Hacía muchos años que no me pasaba esto, y casi había olvidado lo que se siente. Casi.
            No sé cómo describir a Miguelón. Flaco, poquilla cosa. Quizá por eso suplementábamos lo que no era su físico poniéndole un aumentativo a su nombre. Se movía con dificultades: el gran triunvirato que gobernaba su día a día (edad, discapacidad psíquica y, para rematar, Párkinson) no era, lo que se dice, una gran ayuda para él a la hora de desenvolverse. Sin embargo, su carácter, excepto algunos ratos en que se veía sobrepasado o impotente para mantener el equilibrio, era dulce. Hasta pícaro en ocasiones. Cuando sonreía toda su cara se curvaba en pliegues, como si fuera de plastilina modelada, tanto que el belfo y la nariz se juntaban y el labio superior desaparecía de su rostro. Tan contento se ponía cuando una de nosotras le daba su ducha diaria que afeitar ese bigote llegaba a constituir un acto heroico, porque resultaba imposible que su labio se relajase de tanto que sonreía.
Es complicado explicar lo que había en sus ojos. No vi en ellos nunca tristeza, ni tampoco resignación. Cuando no dormía (lo hacía muchos ratos) le gustaba ir a la puerta de entrada de la residencia, a ver quién pasaba, quién venía, quién iba a la máquina a sacarse un café. Levantaba la mano para saludar, a menudo sentado en su silla de ruedas, las menos veces de pie, pero eso sí, con su gorra de visera bien calada y el bastón en la mano. Nadie podía pasar por su lado sin decirle algo. “Miguelón, buenas tardes”. “Miguel, ¿qué tal estás, rey?”. “Miguelón, vete a la sala, que aquí hace mucho calor”. Él no hacía caso, en la sala solamente había televisión, un aparato chillón que ningún significado tenía para él. Prefería un pellizco en la mejilla propinado por la técnico, un beso de Maite, un mimo de Chuli o simplemente un “Hola, Miguel”. Lo demás era todo morralla.
Hay seres que tienen razones más que de sobra para vivir enfadados con el destino, y sin embargo canalizan toda su energía (mucha o poca, eso da igual, pero toda) en agradecer lo que tienen, en pagar con la moneda del cariño lo que se les da cada día. Miguelón recibía atenciones, cuidados, mimos, y todo procedía de manos mercenarias, cuidadores pagados en una residencia, la enfermera de guardia, el fisio, las limpiadoras. Asalariados. Pero eso, para él, era tener una familia, y a la familia se la quiere. Se dedicó a ser tan bonito para nosotros, pese a no hablar casi, que cuando hace tres días se puso malo se nos ensombreció el cielo a mucha gente.
Parecía que remontaba. Ayer, antes de irme a casa después de comer, aún fui a preguntarle cómo se encontraba, y asentía con la cabeza con un gesto de “mejor, mejor”. Le acaricié el pelo recién cortado con un “hasta mañana, guapote”. Luego, durante la noche, sin hacer ruido (él no se podía ir de otra manera), dejó el envoltorio humano en la cama y se marchó, de la mano de la muerte, a vivir otra vida distinta.
Miguelón, te has dejado algunas cosas aquí. Tu gorra roja, tu bastón. Tus sandalias marrones, esas que te poníamos con calcetines deportivos. A cambio de esas ofrendas te has llevado un pellizco del corazón de cada uno de los cuidadores de la residencia, hasta de los más nuevos, como yo. A escondidas unos de otros, todos nos hemos escapado un minuto a tu habitación para despedirnos, casi es una suerte que los de la funeraria se lo hayan tomado con tanta calma para venir. Sé que no soy la única que ha aguantado el tipo durante la mañana y se ha echado a llorar en cuanto ha salido por la puerta sin decir el acostumbrado “hasta mañana, Miguelón. Vete a la sala, que aquí hace mucho calor”.
He estado muchos años sin trabajar en residencia. Casi había olvidado lo que se siente cuando pierdes a uno de los internos. Casi.


Te echaré de menos, Miguelón. Adiós, dulce guardián de la puerta.


lunes, 13 de julio de 2015

EL TANATORIO

            Cuando uno se mete a emprendedor, con lo fastidiadas que están las cosas hoy día y conociendo los flagrantes castigos impositivos que se aplican a los valientes que se atreven a montar su propio negocio, la posibilidad de que las cosas salgan bien son francamente escasas. Eso lo sabemos todos, y Lucho no es una excepción. Pero la idea de su negocio era tan innovadora que no podía fallar. Por eso juntó todos los ahorros de su familia y montó un tanatorio.
            En este instante sé que tú, querido lector, estarás pensando eso de “mira qué graciosa, pues claro, todo el mundo sabe que los funerarios siempre tienen trabajo, se muere gente todos los días”. Así es, pero también hay que tener en cuenta que tanatorios hay varios en todas las ciudades, y raro es el pueblo que no cuenta con uno. Los hay para ricos y para pobres, privados y públicos, con crematorio o sin él, con capilla, con sinagoga, con mezquita… Las razones del triunfo del negocio de Lucho, que tenía el local lleno a diario e incluso lista de espera (hubo cuerpos durante una semana en la nevera de la morgue esperando su turno para ser velados precisamente allí), no eran ni el lujo en las instalaciones, ni la solemnidad de sus decorados, ni nada de lo que imagináis. El tanatorio de Lucho tenía cuatro salas: dos con bar (taberna estilo irlandés y tascorro castizo de los de toda la vida), una sala de conciertos con catafalco en primera fila, y una sala privada. En las dos primeras estancias se podía velar al difunto celebrando una buena fiesta en su honor con él de cuerpo presente. Así, en lugar de albergar solamente llantos, lamentos y pésames (unos dados con sinceridad y otros por puro compromiso, ya todos sabemos cómo funciona esto de morirse), en la tasca y la taberna se celebraban juergas memorables, a veces hasta tres diarias. En ellas, los deudos brindaban por el viaje emprendido, por la amistad compartida, el amor disfrutado, por todo lo recibido y todo lo vivido. No había hora de cierre, el velatorio incluía dos camareros, pinchadiscos, barra libre y la opción de una pantalla gigante para poner partidos de fútbol. Se lloraba, sí, pero también se reía, se recordaba, se cantaba. No solo se lamentaba la muerte, sino que se honraba al muerto festejando la vida. Raro era el día que no se oía cantar alguna de Celtas Cortos, o de Los Secretos, incluso de Mecano, docenas de personas bailando y brindando con lágrimas en los ojos y amor a raudales dentro del pecho (y litros de alcohol corriendo por las venas, mujer). Se ponía la final del mundial que ganó España un par de veces por semana (por expreso deseo de las familias), y el España-Malta de los doce goles también se vio alguna vez. Allí dentro se vivían momentos únicos, instantes que jamás podrían darse en ningún otro tanatorio de los “tradicionales”.
            La sala de conciertos era un lugar distinto. Allí uno podía llevar al difunto para ofrecerle una actuación de lo que más le habría gustado escuchar. Lucho se encargaba de traer quintetos de cámara, cantantes de ópera, compañías especializadas en musicales o lo que hiciese falta. Cabían casi cien personas, y en ocasiones se rebasó el aforo, como una vez que actuó una banda de heavy metal muy famosa, teníais que haber visto al muerto, con su camiseta negra sin mangas de Helloween, su chupa de cuero favorita y unas botas que obligaron al fabricante de ataúdes a hacer uno casi tan ancho por abajo como por arriba.  Incluso llegó a llevar allí a actuar a un famoso dúo de hermanos que cantaban canciones escenificando peleas románticas (olvídame y pega la vuelta) para un concierto privado al que asistió solo el viudo, cogido de la mano de su difunta Manuela, que era superfán y se pasaba el día cantando aquellas canciones. Le había prometido llevarla a una de sus actuaciones,  pero la cosa se fue aplazando… hasta que fue tarde; nadie espera que al ser amado se le acabe el tiempo. Aquel asunto se habría quedado pendiente para siempre de no ser por aquel lugar y su particular dueño.
            Imagino que con todo esto os habréis hecho una idea de que el tanatorio de Lucho era un sitio especial, pero aún no sabéis hasta qué punto. Las tres salas que ya os he descrito se usaban de lunes a domingo, pero la que más demanda tenía era la cuarta estancia, la sala privada. Esa era la que de verdad marcaba la diferencia.
            La sala privada era la más pequeña de todas. Estaba refrigerada, y no faltaban flores frescas. Su único mobiliario era una silla cómoda junto al túmulo, y solo se podía acceder a ella de uno en uno, es decir, que solo podía haber en aquel lugar dos almas a la vez: la del muerto y la de un vivo. Así, la despedida era más íntima y sentida, se le podía decir al fallecido cualquier cosa por personal que fuese porque no la podía oír nadie, y de paso se evitaban malentendidos, desencuentros y problemas. La esposa no podía coincidir con la amante, el padre con la madre de la que se había separado en malos términos, la amante homosexual con el esposo, y cosas así; además, se evitaba que nadie se quedase con la pena de no haber visto una última vez al ser querido para evitar el “qué dirán”.


            “Para triunfar hay que ser diferente”. Eso fue lo que le dijeron a Lucho en una conferencia para emprendedores a la que asistió antes de abrir su negocio. Él lo ha cumplido, y por eso le va tan bien. Hasta con la muerte se puede ser original sin perder el respeto. Debería haber un local como el suyo en cada ciudad, todo sería mucho menos gris, ¿no creéis?