martes, 27 de octubre de 2015

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS (ENÉSIMA ENTREGA)


            Julia era una de las internas de la primera residencia en la que trabajé. Tenía muchos años y una deficiencia psíquica de nacimiento, pero era de las que más “se valía”. Era limpia, se duchaba y se vestía sola, ayudaba en el comedor e incluso se metía en la cocina para fregar los platos en la máquina y echarnos una mano así en el cuidado de sus compañeras de planta. También sacaba la basura, traía el periódico y hacía un sinfín de pequeñas tareas que resultaban útiles a todas. Según contaba a veces con su hablar imperfecto, se había criado en una granja y amaba por igual a todo tipo de animales, porque a su cuidado había tenido gallinas, patos, cerdos, ovejas, caballos, vacas y hasta una familia de erizos. Solía guardar, a escondidas de las monjas, desperdicios y sobras de comida para alimentar a un par de perros callejeros y a un número indeterminado de gatos vagabundos que la esperaban cada noche junto a la valla de la residencia.
            Si por algo me ha gustado siempre este trabajo de cuidadora geriátrica pese a los inconvenientes consabidos que no voy a enumerar para no aburriros (sí, esos que tienen que ver con las funciones corporales básicas y que hacen que la mayoría de la gente rehúya atender abuelitos) es por las impagables lecciones que, a lo largo de los años, he aprendido de los mayores. De acuerdo, muchos no contienen sus esfínteres y hay que limpiarles. Vale, a algunos hay que darles de comer a la boca como si fueran niños. Cierto, a otros se les va la cabeza y son difíciles de llevar. Pero todos ellos me han enseñado algo que luego me ha servido en la vida. Y Julia, cómo no, también puso su ladrillo en la construcción del edificio de mi experiencia vital.
            En el dormitorio de Julia había un pequeño joyero. No era la única interna que poseía algo similar; en esas cajitas suelen guardar bisutería y objetos de escaso valor, las familias no ingresan a las abuelas con sus mejores joyas por si las pierden o alguien se las quita. Julia, en su joyero, no tenía collares, ni una sola sortija. Tampoco tenía los típicos pendientes de perla botón de todas las abuelitas. De hecho, jamás se ponía ningún adorno. Era una mujer de granja, soltera y retrasada, nunca se le había ocurrido ser coqueta, posiblemente porque nadie en su entorno original lo hubiese apreciado. Lo único que tenía en aquella cajita de cristal coloreado eran pequeñas turquesas, todas iguales, talladas en forma ovalada.
            Me picaba la curiosidad sobre aquellos pedacitos de piedra semipreciosa, no era capaz de imaginar por qué una mujer como ella atesoraba algo así. Le pregunté, pero me dijo que era un secreto y que no se lo podía explicar a nadie. No contó con mi experiencia a la hora de soltar lenguas añosas: un par de chupitos de anís, y entre risa y risa, confesó de dónde los había sacado. “Mi madre hacía pendientes antiguos con esas piedrecicas”, me dijo. ¿Antiguos? Las piedras no eran antiguas, las turquesas antiguas tienen una pátina verdosa que las recién talladas no poseen, y las suyas eran de color azul intenso. “Pero Julia, si las piedras eran nuevas y los pendientes los fabricaba tu madre no eran antiguos, eran modernos”. Ella, misteriosa, me contestó: “es que para eso estaban los patos”. Y se echó a reír de tan buena gana que tuvo que salir corriendo al aseo para no mojarse la ropa interior por culpa de las carcajadas unidas a la flojera del anís.
            Una vez de regreso del baño, un poco más tranquila, me terminó de explicar aquella “industria alternativa” que llevaban a cabo en su casa. Por lo visto, para hacer pasar las piedras por antiquísimas, se las daban de comer a los patos. “Esos bichos se lo comen todo”, me dijo. El caso es que solamente había que esperar a que el animal expulsase las piedras después de digerirlas. Los jugos gástricos del ave corroían la superficie de las turquesas, dándoles la pátina del tiempo de una forma tan perfecta que era casi imposible distinguir una verdadera piedra antigua de una recién tallada. Luego, la madre de Julia hacía los pendientes con hilo de plata y oscurecía el metal con una solución de agua y unas gotas de lejía. Et voilà, antigüedades frescas para vender. Un timo, sí, pero a mí me resultó de lo más gracioso. “Ya no hacemos pendientes porque mi madre se murió, y aquí tengo gatos, pero no tengo patos”, repuso algo triste. Aquellas turquesitas eran su nexo de unión con la madre perdida, y por eso las guardaba.
            Os preguntaréis cuál es la lección que aprendí de la anécdota de Julia. Ella misma fue la que, antes de irse a tirar la basura, me dijo esta frase entre carcajadas. “Ya ves, no te puedes fiar. Hay gente que parece única y preciosa, y luego no es más que la cagada de un pato”. El tiempo me ha demostrado que ella tenía razón, y por eso cuando alguien que conozco resulta no ser lo que parecía y me llevo un chasco, me acuerdo de los patos, del anís y de la voz aflautada y gangosa de Julia, y en lugar de disgustarme me entra la risa.

            Gracias, Julia, estés donde estés. Cuántos ratos de mal humor me has evitado con tus turquesas.