jueves, 7 de enero de 2016

DE ESTAR POR CASA


            ¿Cuándo empezamos a sentir que una casa es nuestra casa? No es cuando la compramos, ni cuando pagamos el primer alquiler. Tampoco cuando llenamos una vivienda de muebles escogidos por nosotros o arrancados de los rincones de una morada anterior. Es algo mucho más profundo, algo que tiene que ver con el momento en que realmente nos sentimos a salvo, cómodos y amparados bajo ese techo, entre esos muros y con las otras personas que los habitan. Hasta que alcanzamos ese estado puede pasar un lapso indeterminado de tiempo. Serán horas si el flechazo hogareño nos alcanza pronto, pero pueden ser días, semanas e incluso meses los que tardemos en hacer auténtica comunión con ese espacio que nos ve dormir, comer y retirarnos a meditar sentados en el trono. Pero, ¿cómo se sabe que ese momento ha llegado? Pues yo os lo diré: después de muchas mudanzas y traslados he averiguado que solo nos sentimos en casa cuando empezamos a usar en ella uno de nuestros objetos más íntimos. No, no es el cepillo de dientes. Son las zapatillas de estar por casa.
            Javier era un maniático de las zapatillas de estar por casa. Bueno, era un poco maniático para muchas cosas, pero esa era una de sus manías favoritas. Él podía enamorarse de una chica, pasar mil noches en su casa, dejar la maquinilla de afeitar y la espuma en su baño, pero solamente se iba a vivir con ella cuando sentía deseos de ponerse, nada más traspasar la puerta para echar la tarde o la noche, las zapatillas de andar por casa. Entonces es cuando sabía que realmente quería vivir allí y con ella. Desde ese momento, ya no daba sobre aquel suelo calzado con zapatos más que los pasos justos para llegar al lugar en el que guardaba sus zapatillas. Para él, aquellos trozos de felpa de cuadros con suela de goma y forro de borreguito eran un símbolo de hogar y de amor. Paradójicamente, las chicas con las que Javier había intentado una enamorada convivencia no veían aquello desde la misma perspectiva. Alicia, la primera mujer en cuyo piso entraron las zapatillas de Javier, se las puso en el felpudo (junto con la maquinilla de afeitar y otros enseres) al mes de comenzar a calzarlas. Javier no volvió a ponerse aquellas babuchas en concreto, las guardó como trofeo de su fracaso. Para su siguiente intento de convivir compró unas iguales. Iguales, pero nuevas, no fuera a resultar que la culpa del fracaso la tuviera aquel par. Dámaris, la segunda, se las tiró por la ventana cuando se hartó de verlas junto a su cama.
            Parecido destino sufrió el par que compró para irse a vivir con Reme, las de mudarse al piso de Ana y al de Colette. Las que salieron del loft de Julia las tuvo que rescatar del contenedor de la basura y lavarlas a conciencia para quitarles el olor a tripas de pescado. ¿Qué era lo que ocurría? ¿Por qué no conseguía encajar del todo con ninguna mujer? En cuanto comenzaba a sentirse realmente a gusto todo se rompía. ¿Tal vez aquellas zapatillas de cuadros grises eran el elemento que mataba la magia y se cargaba el amor? Aquellos pares de caricias de felpa del número 43 eran el símbolo del hogar que no lograba formar, ya tenía un armario lleno, pero seguía solo. Definitivamente, no compraría zapatillas de estar en casa nunca más; para su soltería, con los pares que guardaba en el armario tenía arsenal suficiente hasta la jubilación. Y si volvía a vivir con alguna mujer, nunca, nunca más metería aquellos “espantanovias” en su casa. Así evitaría ser abandonado de nuevo.
            Con el paso del tiempo, Javier conoció a Carola y se enamoró por decimosexta vez en su vida. La relación fue avanzando, durmió en su apartamento muchas noches, cada día que pasaba estaba más a gusto a su lado en aquel espacio. Pero, a pesar del frío terrazo que vestía el suelo, caminaba descalzo o con los calcetines puestos cuando se levantaba de la cama. Prefería tener los pies helados que el cuerpo entero en su lecho de soltero. Ella, mirando hacia la pared en su lado de la cama, comenzó a pensar que él no la amaba lo suficiente: ¿cómo era posible, si tanto la quería y tan cómodo se sentía a su lado, si la confianza era tanta que ya no cerraban siquiera la puerta del cuarto de baño, si habían compartido los recovecos de sus cuerpos con y sin luz tantas veces y la alegría al hacerlo seguía intacta, que no se decidiese a trasladar sus cosas, incluidas, por supuesto, las zapatillas de estar por casa? Parecía que su estancia allí era eternamente provisional, que no quería hacer de aquello su hogar. Y él, maniático y reservado, seguía descalzo y con miedo.

            Al final ella fue valiente y le regaló unas babuchas horrorosas con forma de garras de oso de peluche. Eran tan grandes que le obligaban a caminar como un payaso, pero le ayudaron a entender que el problema no era lo que llevara o no en los pies: la mujer adecuada es capaz de amar hasta tus zapatillas de estar por casa. Por eso, en honor a Carola compró unas nuevas, grises y de cuadros, con la suela de goma y el forro de borreguito. Donó a la parroquia los otros quince pares y ya solo va descalzo en la ducha o cuando le hace el amor a esa espléndida hembra con la que vive. Porque sí, ella puede quererle a pesar de esas horrorosas zapatillas, pero no hay amor que resista que no se las quite a la hora de compartir piel.

2 comentarios:

  1. Me encanta! Podría tranquilamente, ser una historia para el día de San Valentín. Que arte

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    1. Para San Valentín te prometo algo romántico, que sé que te gusta. ¡Un besote, Rubiales!

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