domingo, 5 de junio de 2016

EL COLOR DE LAS ROSAS

Había una vez, en una ciudad cualquiera de un lugar cualquiera del mundo, un botánico llamado Frito. No se llamaba así en realidad, como ya habréis supuesto; el sobrenombre le venía por una manía que había ido desarrollando a lo largo de los años, y era la de gritar de rabia cuando sus experimentos vegetales no salían bien. Los vecinos y paseantes que andaban cerca de su invernadero, que estaba situado junto a su casa en las afueras de la ciudad, le oían a menudo vocear dirigiéndose a los rosales: “¡Me tenéis frito! ¡Frito!”. Por eso ya nadie recordaba que su nombre era Franz, quizá muchos ni siquiera llegaron a saberlo nunca, y todos le conocían como Frito.
            Hoy en día, hay que reconocerlo, las rosas son las reinas de las flores. Las orquídeas son muy bonitas, sí, pero delicadas y difíciles de cultivar. Las rosas, sin embargo, crecen en cualquier jardín al que se dedique un poco de tiempo, incluso en una triste maceta pueden prosperar. Pero en aquel tiempo nadie regalaba rosas a la persona amada ni a las madres, ni las ponía en los bordes de los senderos que conducían a las casas ni en los parterres de las urbanizaciones, sencillamente porque esas flores no tenían color. Eran verdes, como pequeñas lechuguillas sobre sus tallos espinosos. No tenían más atractivo visual que una col de Bruselas, ni más aroma que el que puede tener una endivia o una mata de tréboles. Frito creía en su potencial como flores ornamentales y llevaba años tratando de colorearlas, pero no había conseguido nada. Al principio había probado sumergiendo los tallos de las flores cortadas en líquidos teñidos de distintos colores; esperaba que los pétalos, al beber de aquel agua artificialmente colorida, mudasen su verde natural desde dentro. Lo único que consiguió fue que las rosas se quedasen secas en pocas horas. Después lo intentó pintándolas con distintas clases de pigmentos, pero eso marchitaba los pétalos y las flores olían a acrílico que apestaban. Probó injertando los rosales con los bulbos del tulipán y rociando la planta resultante con perfume de violetas dulces, y en lugar de flores de colores nacieron una especie de engendros vegetales parecidos a pequeñas manzanas marrones, pero no eran siquiera comestibles y olían a lilas marchitas y medio podridas. Después de años de investigación, tras un último experimento que consistió en inyectar en las raíces de un rosal mercuro cromo de curar rodillas heridas mezclado con polvo de oro, determinó que las rosas nunca, nunca, jamás de los jamases tendrían color ni aroma. Y, gritando nuevamente aquello de “¡me tenéis frito!”, arrancó todos los rosales del invernadero, los amontonó en el patio y les prendió fuego. Después amontonó las cenizas y los restos de rastrojo quemados, los metió en una gran bolsa de basura y dejó esa parte tan importante de su vida en la calle, junto al contenedor, a la espera de que el camión de los residuos la hiciera desaparecer definitivamente.
            No hacía mucho tiempo que a la casa de al lado se había mudado una pareja muy joven. Pablo y Ana, que así se llamaban los vecinos de Frito, vivían tranquilos allí, sin sobresaltarse ya por los coléricos gritos del botánico y sin meterse con nadie. Fue Pablo quien vio asomarse el brote de rosal por un agujerito que las espinas quemadas habían abierto en la bolsa de basura. Pensó que a Frito no le importaría que se llevara aquel trocito de vida verde: ya que se había salvado de la quema bien merecía una oportunidad. Estaba un poco chamuscado, era pequeño y no tenía muy buen aspecto, pero seguro que Ana, con su corazón agradecido y su sencilla alegría de vivir, lo acogería contenta y trataría de sacarlo adelante. No se equivocó, la conocía bien. Ella premió el regalo con un beso y buscó enseguida un recipiente vacío y un puñado de tierra para tratar de animar al pequeño brote.
            Con aquel diminuto proyecto de rosal, Pablo y Ana ya sentían que casi eran una familia. Cuidaron de él con mimo, lo regaron con la misma agua que ellos bebían y le hicieron partícipe de sus risas por las mañanas, de sus siestas de los sábados y de cuantas cosas les ocurrían. Ana le hablaba a menudo, cantaba coplas y tangos todos los días mientras acariciaba sus hojitas y sus tallos crecientes. A ella no le importaba que fuera un poco feo, que creciera más lento que el resto de rosales ni que las flores que fuera a desarrollar, si es que algún día conseguía florecer, fueran verdes y poco atractivas. Era su rosal y lo aceptaba como era. Cada día lo animaba a hacerse más grande, le contaba cachito a cachito la felicidad que vivía a diario en aquella casa junto a su pareja. Pablo, por su parte, evitaba que las arañas tejiesen la tela entre sus ramitas, abría las cortinas para que tuviera luz del sol y lo alejaba de la ventana por las noches para que no tuviese frío. Cuando preparaba una sorpresa para Ana se la contaba al rosalillo muy bajito, como uno hace cuando le cuenta sus planes a un amigo. Ella también le contaba a la planta sus proyectos de futuro, se sentaba a estudiar junto a la maceta y le recitaba los temas que tenía que aprenderse.
            El rosal estaba un poco confuso. Había nacido en un invernadero lleno de rosales tristes sometidos a tortura, quemados con productos químicos, agredidos con injertos antinaturales, rociados con aceites y pinturas y toda clase de agentes agresivos que los asfixiaban y hacían que sufriesen, y todo porque quien debía cuidarlos únicamente quería cambiarlos y que dejasen de ser lo que eran para convertirse en otra cosa distinta. No había conocido otra vida que esa hasta el día del fuego, y sin embargo después todo había sido tan distinto… La suerte y la naturaleza le habían regalado una segunda oportunidad, y era tan sencilla y bonita la vida que tenía junto a Pablo y Ana que solamente podía sentirse feliz. No tenía miedo, crecía sin presiones, nadie le intentaba obligar a ser lo que no era. Podía existir sin más; eso, agua, luz y algún abono era todo lo que necesitaba para crecer. Y eso iba a hacer: crecer, hacerse grande para que Ana y Pablo estuviesen orgullosos de él.
            El día en que dio su primera flor verde, sus amigos y protectores le hicieron una pequeña fiesta. Contentos, lo regaron con una taza de agua y dos gotas de fertilizante y le regalaron una maceta nueva, más grande y decorada con lunares, como los trajes de flamenca. Dos días después nacía la segunda flor. Era de color rosado, producto del agradecimiento. La tercera fue amarilla, contagiada por la alegría que sintieron todos al ver que los milagros existen. La cuarta, roja, fue producto del beso que Ana dio a las hojas más antiguas del rosal. Tan feliz era la planta y tantas ganas tenía de decirles a sus protectores lo mucho que les quería que, con mucho esfuerzo y un inmenso cariño, desarrolló una fragancia especial y desconocida, un aroma que era, en su idioma vegetal, la manera de decir: “gracias”. Desde aquel día el arbusto espinoso nunca más dio flores verdes. Fue trasplantado al jardín, de sus tallos salieron esquejes que produjeron capullos multicolores de intensa fragancia agradecida, y ese fue el origen de las rosas que conocemos hoy en día: todas provienen de aquel rosal original.
Frito, el botánico, incapaz de soportar la idea de que sus vecinos hubieran conseguido sin esfuerzo lo que él no había logrado pese al mucho empeño que había puesto, cambió de oficio y se dedicó a la escultura: el barro y el hierro, elementos muertos, sí podían tomar la forma que él quería. Acababa de aprender que los seres vivos son lo que son, y si los amamos no debemos tratar de cambiarlos. Intentarlo hará que los perdamos para siempre, y a nosotros nos matará verlos florecer en otro jardín. Solamente respetando su naturaleza lograremos que den los mejores frutos, solamente dejándolos ser podremos disfrutar de ellos en su plenitud. Recordadlo siempre, nunca se sabe cuándo pondrán en vuestras manos un rosal, un amor, un hijo. Recordadlo y lograréis estar más cerca de la felicidad.


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