jueves, 7 de julio de 2016

BRÓCOLI Y FLORES


            La primera vez que vi a Mario se me puso el estómago del revés. Me pregunté cómo era posible sobrevivir a semejante golpe, qué clase de milagro había conseguido que aquel cráneo deshecho aún pudiera albergar actividad. Lo suyo pasó hace ya muchos años, cuando la sensación de inmortalidad que da la adolescencia le deshizo el porvenir a un muchacho como otros muchos que todos podemos conocer. “Era tan guapo”, me decía su madre. Claro que lo era. Era guapo porque era un chico sano y normal. Se subió a una moto ajena una mala tarde, ni pensó en ponerse casco ni en ir andando. Tampoco pensó en lo frágil que es una cabeza humana si la comparamos con el asfalto o el bordillo de una acera. No pensó, y eso hizo que ya nunca más pudiera pensar. Crash. Y durante meses, nada más.
            Ahora Mario, ojos abiertos y sonrisa cambiante, es un niño pequeño. Alto, pero siempre sentado. Un niño cincuentón vestido con ropa cómoda al que todo el mundo saluda cuando lo pasean por la calle. Un chiquillo cuya voz cavernosa sorprende, los días en que puede articular alguna palabra, por lo profunda y anciana que es. No pega con el resto, aunque en él nada hace juego, ni el cuerpo con la edad, ni la mente con el cuerpo, ni la voz con lo demás. Él no volará del nido, no trabajará ni le despedirán ni se casará ni se divorciará ni tendrá hijos. Su vida se detuvo a la vez que aquella moto lo tiró al suelo, caballo desbocado y desconsiderado, para convertirlo en lo que es.
            Su madre sonríe. Le habla como a un niño. Le alimenta, le cambia, le viste, le desviste como a un niño. Está cansada, pero no lo dice con la boca. Lo dice con la espalda encorvada y las rodillas hinchadas, lo dice con los calmantes para el dolor y con el dolor sin calma que se asoma a sus ojos. “Yo puedo sola, es mi hijo”, dice. Le ha costado mucho dejarse ayudar, como si pensara que le estaba fallando a su niño. Pero no, no fue ella quien le falló al chaval. Fue aquella maldita, la mil veces maldita motocicleta. Una máquina que ha salido inmensamente cara, y no solo en dinero. También en emociones.
            A veces afeito la barba de hombre del niño Mario y pienso que la vida no es justa con algunas personas. Nada, nada justa. Pero en ningún reglamento ni constitución dice que deba serlo, quienes debemos ser justos somos los humanos. Nosotros podemos y muchas veces no lo somos. La vida no tiene alma, no elige por nadie ni sabe lo que está bien o lo que es conveniente. Es ciega, sorda, muda y no tiene conciencia ni memoria. La vida, simplemente, empuja las cosas sobre las ruedas de nuestras decisiones, y deja que lleguen hasta donde quieran llegar. Le da igual el resultado. Ella no tiene la culpa. Nosotros sí. Mario decidió mal y perdió, perdió por él y por todos los que le quieren, porque su condena, desgraciadamente, es para toda su familia. Mientras viva, por lo que es su vida. Cuando muera, porque habrá muerto.
            Mario y yo hemos llegado a querernos mucho. Ser cuidadora de discapacitados severos te puede llevar a cosas así, a entenderte con algunos pacientes de tal manera que se conviertan para ti en seres queridos. No te pasa con todos, solamente con algunos, pero te pasa: el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Otras familias, a veces, me han regalado flores. Ellos no pueden permitirse gastos así, de modo que un día comenzaron a traerme brócoli de su pequeño huerto. No tenían por qué, pero ellos entendían que sí. Hermosos y redondos brócolis. Y calabacines. De vez en cuando, algún tomate, grande y maduro. Esas verduras no saben como las de las tiendas, son un lujo diferente e infinitamente más sabroso. Son más tiernas, más ricas porque no solamente nutren mi cuerpo, alimentan mi sentido de la humanidad. Son mucho mejores que flores, como delicadas orquídeas de cariño que florecen desde las torpes manos de Mario y vienen a mí a través del agradecimiento de sus padres, y las tomo con un sentimiento que no puedo explicar. Regalos que valen más que el oro. Para mí lo valen.
            Ya no trabajo con Mario, mi contrato con la empresa que llevaba ese servicio ya terminó. Pero formará siempre parte de mí; cada vez que cocine brócoli veré su sonrisa desigual, su cabeza singular y la gratitud, tan sencilla como inmensa, de esa familia. No puedo decir que no haya sido bien pagada.
Vuelvo a casa, vuelvo a escribir. Gracias por seguir leyéndome.  

3 comentarios:

  1. La vida puede llegar a ser muy cruel, pero de eso sólo te das cuenta si te paras a mirar a tu alrededor y por desgracia, cada vez nos paramos menos.
    Besos y nunca dejes de contarnos estas cosas que nos hacen abrir los ojos y el corazón

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    1. Poner los pies en la tierra es necesario para no perder el norte. No se puede vivir en las nubes, la empatía nace del contacto con la realidad. En parte soy como soy gracias a eso, soy afortunada por haber nacido con esa vocación sanitaria que me lleva a conocer a personas que me enseñan valiosas lecciones. Poder transmitirlas es un privilegio, y conseguir que podáis verlas a través de mis ojos me hace feliz. Gracias por comprenderme tan bien. Un beso grande, Ana.

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  2. Mario, mi Pirata sin malicia, ha muerto. Lo escribo aquí para no olvidar la fecha de hoy como el día en que el cielo ganó un nuevo habitante y yo perdí un trocito de corazón. Odio decir que esto forma parte de mi trabajo; es la peor parte, de hecho. Pero así es la vida.

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