martes, 8 de noviembre de 2016

ANÉCDOTAS GERIÁTRICAS: LA GUERRA DE JUAN

         Hace unos días cumplió 103 años. Se llama Juan y es un agricultor de un pueblo “del interior”, aunque no sé del interior de qué provincia, si de Teruel, Cuenca, Albacete, Ciudad Real… qué más da. Debió ser un hombre ágil y fibroso; ahora está delgado, casi seco, como si estuviera hecho de sarmientos recubiertos de cuero. Sus ojos se han ido haciendo pequeños, pero aún los anima el brillo de la vida. No sale a la calle sin su gorra y usa, para caminar, un bastón y la ayuda de mi mano. Cuando traspasamos la puerta formamos una especie de matrimonio desigual, él tan bien vestido con sus arrugas, su pantalón de raya y la camisa abotonada y bien planchada, yo con mi uniforme verde loro de cuidadora y mi pelo rebelde y entrecano haciendo su propia vida sobre mi cabeza. El pobre está bastante sordo, creo que por eso aún no ha aprendido mi nombre, pero me sonríe, no sé si porque se siente cómodo conmigo o porque le recuerdo a alguien conocido. A veces pregunta por su padre, su familia le dice que está en el pueblo y anda algo resfriado y que por eso no viene a verle. Sería inútil recordarle las décadas que hará que el hombre pasó a mejor vida. Juan ni siquiera sabe en qué población reside ahora, pero está con su hija, de modo que se siente en casa.
            Su caso no se diferencia, a primera vista, de otros muchos que seguramente tenéis cerca. Yo, de hecho, he atendido a decenas de abuelos así, aunque ninguno tan mayor como él, desde luego. Pero hoy Juan me ha dicho algo, algo que nadie me había dicho antes, y mira que mis pacientes, ancianos, seniles y no tanto, con demencias, Alzheimer, con cariño o con mucha mala leche, me habían dicho ya cosas de todos los colores. Sus palabras han tenido el poder de dejarme de piedra, y no he parado de darles vueltas en todo el día. Y las pronunció justo, justo después de que le diera el primer beso.
            Soy una enfermera cariñosa con mis pacientes, cuando les cojo confianza soy muy de abrazarlos y besarlos porque sé que, tanto ancianos como discapacitados, a menudo entienden antes el lenguaje de la ternura que el de las palabras, pero mis besos no son gratuitos. A algunos no llego a besarlos nunca porque no son receptivos al cariño; a otros les premio así su actitud, la sonrisa, la docilidad a la hora de ser atendidos, una mirada de esas que hablan de agradecimiento o un piropo inocente. A Juan lo he besado en la mejilla por su expresión risueña cuando le he puesto la gorra, una cara de “ahora ya estoy listo para ir al cole, mamá” que se me ha hecho irresistible. Ha saludado con la mano al chófer del centro de día con el que se va de lunes a viernes; después, cuando iba a subir al furgón, se ha dado la vuelta y nos ha mirado con tristeza, como si esa fuera la última vez que sus ojos y los nuestros fueran a encontrarse. Fue como si un negro nubarrón hubiese apagado el sol de su sonrisa desdentada. Creo que no sabía si hablar o no, pero al fin se ha decidido. “Lo único que siento es que sus van a fusilar. Esta noche, ay, tan jóvenes, tan trabajadores, tan honraos, vendrán a buscaros. Y mañana por la mañana… ay, qué pena”. Me puso la mano en el hombro con resignación, como dándome el pésame por algo que sabía cierto e inevitable y, sacudiendo la cabeza con pesar y con los ojos llenos de lágrimas, se ha metido en el automóvil. El conductor y yo nos hemos mirado y hemos sonreído, incómodos. Él, un hombre latinoamericano, no lo ha entendido. No ha sabido ver más allá del desvarío de un anciano de 103 años. Pero yo sí. Yo no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que vio, qué fue lo que vivió Juan para que, más de setenta años después, aún sueñe con ello, aún lo perciba y lo tema como algo real. Qué manera de amanecer atroz y durante cuántas madrugadas habrá sido capaz de dejar en él una huella tan profunda, un recuerdo tan vívido que le hace temer continuamente por las personas a las que tiene cerca. No he podido evitar sentirme triste por él.

            La guerra, como decía la canción, “es un monstruo grande, y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”. Lo que pasó no solamente está enterrado en las cunetas. Lo que pasó todavía está vivo, lo estaba ayer y lo estará mañana, yo lo he visto en los ojos de Juan. El olvido no es posible. La reparación aún está pendiente, no solamente la de las vidas tiroteadas y arrojadas al mar o a las fosas comunes, sino la de vidas largas llenas de pesadillas y miedo como la de mi amigo centenario. Díganme quién le va a devolver a él las auroras de sueños plácidos y tranquilos que nunca pudo volver a disfrutar. Sus amaneceres murieron asesinados entonces, aunque él siga respirando. Díganle a Juan que lo olvide, como nos lo dicen a todos los demás. Ya verán lo que les contesta. 

4 comentarios:

  1. Que añadir a esto...pues que hay cosas imposibles de olvidar, y una guerra, una guerra como ha de olvidarse.
    Que suerte tienen tus pacientes, que suerte de enfermera.
    Besos enormes

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    1. Si supieras que ellos me aportan más a mí de lo que yo les doy a ellos... Un beso, Rubiales.

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  2. Hermosa historia, nunca debemos olvidar.

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    1. Así es, Jesús. No olvidar para no repetir. Un abrazo grande y gracias por leerme.

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