viernes, 26 de febrero de 2016

AL MONTE

            Había una vez… vaya, con semejante principio parece que voy a contar un cuento de verdad, quién lo diría. No me gusta, tengo poco de clásica y además los cuentos de toda la vida ya los hemos leído. Vuelvo a empezar, y en paz.
            A Rosa le gustaban mucho los animales. Mucho. Le daba igual que fueran loros, lagartos, perros, hurones… cualquier bicho era visto por ella como un ser beneficioso, hasta los más feos eran bonitos a sus ojos. Saludaba a todos los animales que veía, siempre tenía una caricia, una sonrisa o un buen gesto para un animal, daba igual si era pequeño o grande, de cuatro patas, dos o ninguna. Rosa sabía que algunos de ellos tenían sus defectos, que un guacamayo sin educar podía picarle, que un tigre podía devorarla o un elefante pisarla y aplastarla, pero cándidamente pensaba que, mientras ella los tratase bien, los animales no le harían daño nunca. A cambio, a sus ojos siempre pesaban más las razones positivas por las que esos seres existían: los pájaros se comen a los insectos, qué buenos son. Los perros nos ayudan a protegernos, qué buenos son. Los buitres mantienen limpio de carroña el campo, qué buenos son. Y cosas parecidas podía decir de todos los animales.
            Un día entró a casa de Rosa una víbora. Iba reptando, como cualquier otra serpiente. A Rosa le advirtieron: “las víboras son dañinas y peligrosas; cuando muerden, su veneno puede matarte o hacerte enfermar de gravedad. Ten mucho cuidado y, si sabes lo que te conviene, échala de tu casa cuanto antes”, le dijeron. Pero Rosa no lo hizo. La víbora se levantó ante ella para ganarse su cariño, y se puso a bailar. Lo hacía bien, tenía su gracia. Después de la demostración de danza, la serpiente se metió en la despensa de Rosa y salió con un ratón en la boca. “Es verdad, podría morderme, pero no lo hará. Yo le daré cobijo y ella cazará a los ratones para que mi casa esté limpia. Y bailaremos juntas, porque a mí me gusta mucho mover el esqueleto”. Así pues, la víbora se fue a vivir con Rosa, y todo eran risas y alegría entre las dos.
            Llegó una mañana en que la serpiente no encontró suficientes ratones por la casa. Aún tenía hambre, de modo que se comió a los agapornis de Rosa, que vivían en una jaula en el balcón. La chica, al verlo, se puso triste y se enfadó, pero no le dijo nada a la víbora para no herir sus sentimientos. “Seguro que ella sabe que no debió hacerlo y está arrepentida. No hace falta que yo vaya, encima, a darle la charla”, pensó.
            Lo siguiente que la víbora se comió fue a Ziggy, la cobaya de Rosa. Ante la pregunta de su amiga, la víbora negó ser la autora del cobayicidio, pero su cuerpo abultado desmentía sus excusas. La pobre Rosa, muy enfadada, regañó al ofidio, que la miró con cara de “no lo volveré a hacer”, pero no dijo nada. Su plan, al final, era crecer lo suficiente como para comerse al perro de la casa.
            Al cabo de un tiempo la reptil comenzó mirar con ojillos golosos a Marlin, el pacífico podenco que correteaba por el salón, pero Rosa, que le vio las intenciones, llegó a tiempo y se llevó el perro a casa de su madre. Cuando volvió, la serpiente estaba muy enfadada. “Quiero comerme al chucho, me lo merezco. He bailado para ti y no te he mordido”, dijo. “No puedes hacerlo, yo te he abierto las puertas de mi casa y debes respetar a quienes vivimos en ella, él es mi perro y mi deber es protegerlo”, le contestó Rosa.
            Al final Rosa aprendió que las víboras, por bien que bailen, por beneficiosas que sean, no dejan de ser serpientes venenosas que proporcionan dolorosos mordiscos a quienes las molestan. Por fortuna contra su ponzoña hay antídotos, todo es cuestión de llegar a tiempo al hospital. Después de aquello, la muchacha adoptó un inofensivo gato. No bailaba con tanta maestría, pero se comía los ratones, no se llevaba demasiado bien con el perro, pero podían convivir sin agredirse. Y sobre todo, ella dormía mucho más tranquila.


            La moraleja de esta fábula está muy clara: cada uno es como es, y el tiempo termina por desvelar la verdadera cara de todos los seres. La cabra, al final, siempre tira al monte.