martes, 8 de marzo de 2016

LAS KLOPOWITZ

            Cuando era pequeña me preguntaron en el colegio qué quería ser de mayor. Yo dije que maestra, peluquera o “sacerdota”; recuerdo que mi profesora se moría de risa, y el resto de niñas (lo de los colegios mixtos aún no se estilaba) también. Doña Teresa, mi maestra, se rio tanto que no pudo evitar contárselo a mi madre en cuanto la vio en la puerta, ante el pitorreo general de cuantos pudieron escucharlo. La reacción en cadena que se pone en marcha en estos casos os la podéis imaginar: mamá se lo cuenta a papá que también se ríe ante los hermanos mayores que también se ríen, luego se lo cuentan a los abuelos, que se tienen que sentar porque tanta carcajada junta les afloja las piernas… Es de esas cosas que le sonrojan a una cuando salen a la mesa en todas las comidas familiares. Pero finalmente creces y comprendes que esas pequeñas meteduras de pata infantiles tienen un encanto que jamás se repite en el resto de la existencia, y que esa situación, que en aquel momento hizo que deseases que se te tragase la tierra y te pareció un verdadero drama, estaba lejos, muy lejos de ser un auténtico problema. Al final terminé siendo cuidadora geriátrica, lo cual no tiene nada que ver con esos oficios que inicialmente yo deseaba desempeñar, pero de la anécdota escolar que acabo de referir me ha quedado una manía: me disgusta profundamente que nadie se ría de los demás. Me molestan los motes despectivos, los comentarios jocosos por la espalda aprovechando el aspecto, el hablar, el estado mental o las rarezas de nadie, me parecen imperdonables faltas de empatía. Por eso no me hizo ninguna gracia que a aquellas dos mujeres, cuando ingresaron en la residencia en la que yo trabajaba, les pusieran ese apodo, “las Klopowitz”. El nombrecito no estaba exento de ingenio, enseguida entenderéis por qué, pero esa tendencia del resto del personal a burlarse de ellas por lo que eran me impulsaba a mí, si cabe, a cuidarlas con más ternura y más mimo.
Isadora y María del Prado fueron dos de los personajes más entrañables que he conocido a lo largo de mi ejercicio profesional. Eran hermanas, y procedían de una de esas familias del norte compuestas por industrial acaudalado o indiano con fortuna, esposa legítima y de buena cuna, doce o catorce hijos, casa solariega de piedra con blasón sobre la puerta, piano, sedas, alfombras, ama de llaves y doncellas, todo ello encuadrado en la España de los años veinte. Fueron las dos hijas más pequeñas, las mimadas por todos, educadas para ser señoras y no para trabajar en nada. Pero llegó la guerra, y para su desgracia no encontraron marido a la altura; ni que decir tiene que aún quedaban hombres en España, desde luego, pero jamás se habrían casado con un labrador, albañil o panadero, en parte porque sus padres no lo habrían permitido, en parte porque ellas tampoco habrían querido menos de lo que siempre les dijeron que merecían. El considerable patrimonio que heredaron de los padres les dio para vivir muchos años, pero las rentas disminuyeron, tuvieron que ir desprendiéndose de propiedades, prescindiendo del servicio, y a la vejez se vieron con dos pensiones mínimas por no haber tenido un empleo en su vida, casi recluidas en un piso de la ciudad y sin poder pagar a nadie que las atendiese. Cuando ingresaron en la residencia eran, de todos sus hermanos, las únicas que aún vivían. Según sus documentos, aquellos cuerpos secos de mirada perdida contaban ochenta y nueve y noventa años respectivamente.
            Yo estaba de turno el día en que sus sobrinos las trajeron al centro de mayores; lo primero que hicieron fue llenar la habitación de recuerdos de los felices años veinte, de fotos de época en marco de plata, imágenes de sus vestidos lujosos, del Rolls en la puerta, de las fiestas, las diademas de plumas y los collares de perlas, de los eternos veranos en la playa del Sardinero con bañador largo, gorro de volantes y sombrilla de rayas. Se les permitió poner alfombras de pie de cama, fue una de sus exigencias. Recuerdo perfectamente sus apellidos aristocráticos, pero en poco tiempo únicamente yo las llamaba por sus nombres; el resto de trabajadoras ya solo las nombraba como “Las Klopowitz”.
Voy a ahorraros el episodio del estado higiénico en el que llegaron, los argumentos que tuve que emplear para meterlas en la ducha (en los geriátricos, por lo general, no suele haber bañeras), la ausencia de ropa en sus baúles y las tardes que pasé rescatando vestidos de su talla en el ropero, procedentes de donaciones y de otras residentes fallecidas, para poderlas cubrir con dignidad. Tantos cambios en poco tiempo revuelven el ánimo de cualquiera, y más de los mayores, tan apegados a sus costumbres; sin embargo, a ellas la nueva situación no pareció alterarlas en absoluto. Aparentaban estar a gusto, contentas, siempre apacibles y correctas: buenos días, buenas tardes, por favor, gracias, sírvame el café si es usted tan amable, no olvide cambiar las sábanas de mi cama, no están bien planchadas. Pronto me di cuenta de que Isadora y María del Prado vivían en un mundo imaginario en el que la cruda verdad de su presente no llegaba a entrar. La demencia senil, que en otros casos es una terrible maldición, a ellas las salvó de una realidad más que penosa. Sus mentes no resistieron, ahítas de dificultades que nunca esperaron tener que afrontar, y se refugiaron en los años de su juventud, cuando todo a su alrededor eran flores, música y buena vida. En esa época todo era fácil, y solo viviendo en tal fantasía se sentían a salvo. Para ellas la residencia no era una institución benéfica, sino un “balneario de descanso”. Nosotras no éramos auxiliares de geriatría, sino doncellas de hotel, y como a tales nos hablaban. “Señorita, en mi habitación se ha agotado el jabón de manos. Recuerde que preferimos el de sales de Pravia”. Yo les ponía el mismo que a todas, pero me costaba poco decirles: “Aquí lo tienen. ¿Es de su gusto?” Siempre lo era, ya no distinguían un aroma de otro. Olía bien, hacía espuma y punto. Suficiente.
            Me gustaba ir a ratos a hacerles compañía cuando no estaba de turno. Me contaban historias de sus años dorados, de sus clases particulares de piano y de modales para señoritas, de las familias con las que se relacionaban, algunas de apellidos muy, pero que muy conocidos. Siempre me preguntaban si fumaba. Yo mentía y decía que no. “Menos mal, señorita. No queremos a nuestro servicio mujeres que fumen, es una costumbre horrible y muy poco femenina. Y arruga la piel. Por eso nosotras la tenemos tan fina y tersa, porque no hemos fumado nunca. ¿Lo ve usted?” me decía la mayor de las dos, Isadora, acariciándose la mejilla. Estaban como dos pasas, pero yo les daba la razón. A veces les llevaba muestras de crema facial a escondidas, se las dejaba en el cuarto de baño y ellas, coquetas, se la ponían toda. Incluso en ocasiones, por Navidad, las ayudaba a pintarse. “Las señoritas bien, como nosotras, deben arreglarse para las fiestas. Es esencial aparentar lo que uno es, ¿no cree usted? Las uñas en tono burdeos, por favor. A mi hermana pínteselas en rosa, le sienta mejor al tono de su cutis”.
            La más joven, que estaba aún peor de la cabeza que la otra, me daba dos pesetas de propina cuando le arreglaba los pies o le ponía los rulos. A la mayor no le gustaba, decía que el sueldo de doncella ya estaba bien como para encima andar dando propinas. “Luego se acostumbran a ganar mucho y piden más sueldo, así son los pobres”. Creía que yo no la podía oír, no lo decía para ofenderme. Las enseñaron a pensar así, solo que una era más compasiva y agradecida que la otra. “Señorita, lleve mi vestido al tinte, por favor. Lo necesito para mañana”. Yo decía que sí, lo ponía con todos en el carro de la lavandería, y luego se lo entregaba envuelto en un plástico, como si viniera de verdad de la tintorería. Siempre era el mismo plástico, lo guardaba en mi taquilla de una vez para otra. Me costaba muy poco hacer esas cosas. Darles con su realidad en la cara no era la mejor forma de hacerlas felices.
            De ilusión también se vive, y yo mantuve la suya cuanto pude. Puedo imaginar cuánto debieron sufrir al ver que su mundo de lujo y comodidad se desmoronaba; procurarles esas pequeñas alegrías era un modo más de cuidar de su salud, y para eso están las residencias, ¿no? Casi todo el personal, de un modo u otro, se reía de ellas, pero no delante de mí, porque no permití burlas a su costa. Pobres mujeres, bastante tenían. Me producían tanta ternura que no dejé de mentirles hasta que murieron.
La menor se fue sin ruido, mientras dormía la siesta. Su hermana, preocupada, preguntaba continuamente por ella. Yo le decía que había ido a pasar unos días con sus primos a la casona que tenían en Comillas, y ella lo aceptaba con una sonrisa, pero pronto dejó de comer. A pesar de mi engaño y de ignorar que había muerto, Isadora no supo vivir sin María del Prado, languideció y se dejó ir en poco más de tres semanas.
Con las historias que me contaban, aquellas vivencias de su juventud despreocupada y feliz, se habría podido escribir un libro entero, documentado con las fotos sepia que sus sobrinos se llevaron al vaciar la habitación para que entraran otras dos residentes. Yo me quedé de ellas lo mejor: sus miradas agradecidas, llenas de ilusión de seguir siendo aquellas dos señoritas de buena familia, con sus nombres aristocráticos, sus apellidos de campanillas, su ama de llaves, planchadora, sirvientas, veranos en la playa y temporadas de descanso en el balneario.

Una vez, cuando yo era pequeña, me preguntaron qué quería ser cuando fuera mayor. Dije que maestra, peluquera o “sacerdota”, ¿recordáis? Pues he llegado a ser mucho más que eso para personas como Isadora y María del Prado, “las Klopowitz”. Peluquera, esteticista, costurera, podóloga, doncella, enfermera, compañía, respeto, consuelo, compasión. Cariño. La última sonrisa para personas a las que se les acaba el tiempo. Mucho, muchísimo más que lo que soñé de niña, ¿no os parece?