miércoles, 20 de julio de 2016

EL BIZCOCHO DE CHOCOLATE

Sole tenía mucho cuidado con lo que comía. Era vegana, o sea, vegetariana pura, y sólo comía vegetales y legumbres, ni siquiera el huevo y la leche entraban en su dieta. Pero como la variedad de productos era muy amplia y su imaginación en la cocina no tenía límites no echaba de menos la carne ni el pescado ni nada de nada. Solía surtirse de verduras y frutas frescas en las huertas de los pueblos cercanos a su ciudad, compraba directamente a los agricultores; siempre prefería acudir a aquellos que no empleaban pesticidas, los que combatían las plagas con productos naturales o con otros insectos. Era mejor una fruta fea pero sabrosa a una reluciente de ceras y conservada en cámaras, y tenía la suerte de poder elegir.
            Un día quiso invitar a sus amigos a una pequeña fiesta. Para ello compró té y hierbabuena, y se dispuso a preparar un sabroso bizcocho de chocolate. Tenía la harina, la leche de soja, el azúcar de caña, naranjas recién cogidas, levadura… De pronto se dio cuenta de que no le quedaba ninguna tableta de cobertura de cacao. Era tarde para buscarlo en la tienda de alimentos orgánicos donde lo compraba habitualmente, pero pensó que no pasaría nada si por una vez emplease el que venden en el supermercado. De una carrera, mientras el postre subía en el horno, bajó a comprarlo.
            Una vez terminado el bizcocho fundió el chocolate para cubrirlo y lo extendió con mimo hasta cubrir toda la superficie esponjosa con aquel fluido marrón oscuro-casi negro fragante y apetitoso. La verdad es que olía muy bien, la combinación con la naranja era una delicia, a sus amigos les iba a encantar. Contenta preparó el té, la hierbabuena y el limón, y mientras terminaba de poner la mesa sonó el timbre: sus invitados comenzaban a llegar. A Sole le encantaba abrir su casa y cocinar para las personas a las que quería. Iba a ser una tarde de lo más divertida.
            Todo empezó muy bien. Había risas, bromas y conversaciones de todo tipo. El bizcocho estaba delicioso, el té calentito animaba por dentro como ninguna otra cosa. Pero de pronto, sin saber por qué, sus amigos comenzaron a discutir. Se enzarzaron de tal manera que tuvo que poner orden y enviar a varios a su casa. El resultado fue que el resto, molestos por lo que había pasado, también se marcharon. Sole estaba perpleja. ¿Cómo podía ser que una reunión divertida e inocente entre amigos se hubiera convertido casi en una batalla campal?
            Se fue al campo a charlar con el naranjo cuyos frutos le habían servido para hacer el bizcocho. Tal vez el árbol supiese algo. De la harina estaba segura, era de cultivo biológico certificado, pero el trigal le quedaba lejos como para ir a hablar con las espigas. El naranjo, preocupado, le dijo que no era culpa suya, que estaba sano. No tenía tristeza, negrilla ni mosca, tampoco hongos ni nada que pusiese en peligro su salud ni la de sus frutos. El problema estaba en otra parte y para averiguarlo necesitaba algo de tiempo. Tenía que enviar mensajes a través de los riachuelos subterráneos. Esos pequeños cauces de agua conectaban unos con otros formando una red que llegaba a todos los confines del planeta, y a través de esa red se alimentaban y comunicaban todos los vegetales que crecían plantados en la tierra. Seguramente alguno sabría algo al respecto y podría aclarar aquel inexplicable suceso.
            Sole se fue a casa muy triste. Había organizado la merienda con toda su buena intención y ahora sus amigos estaban enfadados y no se hablaban entre ellos. Estaba deseando que llegase el día siguiente para poder hablar de nuevo con el naranjo, a ver si había conseguido averiguar algo. Miró los restos del bizcocho y, contrariada, los tiró a la basura.
            En cuanto amaneció se fue al campo, tal vez al fin el árbol tuviera la respuesta a tanto mal humor. Y así era: le dijo que había recibido un mensaje desde América. Procedía de las plantas de cacao. Por lo visto los cultivadores que gestionaban la plantación en la que vivían intoxicaban tallos, hojas, raíces y frutos periódicamente con productos químicos. Según ellos lo hacían por el bien de las plantas, pero el bienestar que perseguían en realidad era el de sus propios bolsillos. Sí, la producción era mayor, los bichos no la atacaban, el sabor apenas variaba, pero los frutos ya nacían enfadados, irritados por tanto insecticida y tanto abono químico, iracundos y frustrados por no poder crecer de forma natural. Por eso sus amigos, al comer el chocolate, se habían contagiado de su mal humor y habían terminado discutiendo. “Vaya”, pensó Sole. “Esto me pasa por comprar productos de las multinacionales. La próxima vez que tenga prisa y no pueda ir a la tienda de alimentos biológicos haré el bizcocho sin chocolate”. Y se puso a pensar cómo podía arreglar semejante lío.

            Al día siguiente organizó una nueva merienda de desagravio; utilizó mermelada de fresas que tenía hecha desde la primavera para un nuevo bizcocho al que añadió una pizca de albahaca feliz procedente de la maceta que tenía en el balcón. Solía cantar con aquella planta y hacerle cosquillas, por eso sabía que siempre estaba contenta y que su alegría se podía también contagiar, igual que el enfado del chocolate. Al final de aquella reunión todos se despidieron con abrazos y risas. Sole cerró la puerta al último invitado que se marchaba y respiró aliviada.

jueves, 7 de julio de 2016

BRÓCOLI Y FLORES


            La primera vez que vi a Mario se me puso el estómago del revés. Me pregunté cómo era posible sobrevivir a semejante golpe, qué clase de milagro había conseguido que aquel cráneo deshecho aún pudiera albergar actividad. Lo suyo pasó hace ya muchos años, cuando la sensación de inmortalidad que da la adolescencia le deshizo el porvenir a un muchacho como otros muchos que todos podemos conocer. “Era tan guapo”, me decía su madre. Claro que lo era. Era guapo porque era un chico sano y normal. Se subió a una moto ajena una mala tarde, ni pensó en ponerse casco ni en ir andando. Tampoco pensó en lo frágil que es una cabeza humana si la comparamos con el asfalto o el bordillo de una acera. No pensó, y eso hizo que ya nunca más pudiera pensar. Crash. Y durante meses, nada más.
            Ahora Mario, ojos abiertos y sonrisa cambiante, es un niño pequeño. Alto, pero siempre sentado. Un niño cincuentón vestido con ropa cómoda al que todo el mundo saluda cuando lo pasean por la calle. Un chiquillo cuya voz cavernosa sorprende, los días en que puede articular alguna palabra, por lo profunda y anciana que es. No pega con el resto, aunque en él nada hace juego, ni el cuerpo con la edad, ni la mente con el cuerpo, ni la voz con lo demás. Él no volará del nido, no trabajará ni le despedirán ni se casará ni se divorciará ni tendrá hijos. Su vida se detuvo a la vez que aquella moto lo tiró al suelo, caballo desbocado y desconsiderado, para convertirlo en lo que es.
            Su madre sonríe. Le habla como a un niño. Le alimenta, le cambia, le viste, le desviste como a un niño. Está cansada, pero no lo dice con la boca. Lo dice con la espalda encorvada y las rodillas hinchadas, lo dice con los calmantes para el dolor y con el dolor sin calma que se asoma a sus ojos. “Yo puedo sola, es mi hijo”, dice. Le ha costado mucho dejarse ayudar, como si pensara que le estaba fallando a su niño. Pero no, no fue ella quien le falló al chaval. Fue aquella maldita, la mil veces maldita motocicleta. Una máquina que ha salido inmensamente cara, y no solo en dinero. También en emociones.
            A veces afeito la barba de hombre del niño Mario y pienso que la vida no es justa con algunas personas. Nada, nada justa. Pero en ningún reglamento ni constitución dice que deba serlo, quienes debemos ser justos somos los humanos. Nosotros podemos y muchas veces no lo somos. La vida no tiene alma, no elige por nadie ni sabe lo que está bien o lo que es conveniente. Es ciega, sorda, muda y no tiene conciencia ni memoria. La vida, simplemente, empuja las cosas sobre las ruedas de nuestras decisiones, y deja que lleguen hasta donde quieran llegar. Le da igual el resultado. Ella no tiene la culpa. Nosotros sí. Mario decidió mal y perdió, perdió por él y por todos los que le quieren, porque su condena, desgraciadamente, es para toda su familia. Mientras viva, por lo que es su vida. Cuando muera, porque habrá muerto.
            Mario y yo hemos llegado a querernos mucho. Ser cuidadora de discapacitados severos te puede llevar a cosas así, a entenderte con algunos pacientes de tal manera que se conviertan para ti en seres queridos. No te pasa con todos, solamente con algunos, pero te pasa: el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Otras familias, a veces, me han regalado flores. Ellos no pueden permitirse gastos así, de modo que un día comenzaron a traerme brócoli de su pequeño huerto. No tenían por qué, pero ellos entendían que sí. Hermosos y redondos brócolis. Y calabacines. De vez en cuando, algún tomate, grande y maduro. Esas verduras no saben como las de las tiendas, son un lujo diferente e infinitamente más sabroso. Son más tiernas, más ricas porque no solamente nutren mi cuerpo, alimentan mi sentido de la humanidad. Son mucho mejores que flores, como delicadas orquídeas de cariño que florecen desde las torpes manos de Mario y vienen a mí a través del agradecimiento de sus padres, y las tomo con un sentimiento que no puedo explicar. Regalos que valen más que el oro. Para mí lo valen.
            Ya no trabajo con Mario, mi contrato con la empresa que llevaba ese servicio ya terminó. Pero formará siempre parte de mí; cada vez que cocine brócoli veré su sonrisa desigual, su cabeza singular y la gratitud, tan sencilla como inmensa, de esa familia. No puedo decir que no haya sido bien pagada.
Vuelvo a casa, vuelvo a escribir. Gracias por seguir leyéndome.