miércoles, 28 de septiembre de 2016

PUES YO LA LÍO

            Hay que ver cómo cambian las cosas a medida que se cumplen años y las generaciones se van sucediendo. Es asombroso que pensemos tan diferente de como pensaban en la época de nuestras abuelas o bisabuelas. Y también es asombroso cómo se puede haber avanzado pasos de gigante en unos aspectos y pasos de hormiga, o incluso de cangrejo contestatario y cabezota, en otros. Eso me dio por pensar el otro día, y todo vino al hilo de un trabajo escolar de mi hija mayor.
            Le puse de nombre Paloma para que fuese libre y volase hasta donde sus alas quisieran llevarla. Le enseñé a pensar en la igualdad de oportunidades, en la inteligencia, en el esfuerzo y el trabajo. Le enseñé a creer en su propia capacidad sin límites, en el cultivo de la música como vía para abrir el pensamiento y en el estudio como vehículo indispensable para poder elegir el tipo de vida que se quiera llevar sin depender de otras personas. Le enseñé también que “sexo” es un acuerdo entre adultos y que lo de “género masculino o femenino” es simplemente un accidente cromosómico sin más consecuencias. Es curioso cómo los niños aceptan como auténticos dogmas de fe aquello que sus padres les explican; mi niña Paloma vivía en ese concepto de sociedad que yo le describía, desechando para ello cándidas Caperucitas, esclavizadas Cenicientas y Bellas Durmientes que necesitan de un hombre para ser salvadas. Para ella, la espada, la rosa, la pluma y la luz están en todos los corazones y en todas las manos, y las manos no son hombre o mujer, son manos, igual que las neuronas, igual que los músculos cardíacos, los hígados o las rodillas, que no son hombre ni mujer, cruz ni flecha, sino elementos valiosos y útiles en sí mismos, igual que los cuerpos que los albergan. Pero llegó aquel trabajo escolar y se dio de bruces contra la cruda realidad. Llegó el día en que tuve que decirle que hubo un tiempo en el que no tener flecha era una auténtica cruz, y que ese asunto no está del todo resuelto.
            Su profesora de ciencias, al hilo de la celebración del 8 de mayo, había pedido a todos los alumnos que redactasen una breve biografía de alguna científica en cuyo currículum figurase, al menos, un premio Nobel del ramo. Del ramo de la ciencia, se entiende, aunque la mitad de los chavales de su clase pensaron que “lo del ramo” se iba por los cerros de la Botánica y se mataron a buscar ganadores de un inexistente Nobel floral. Pero no, mi pichón lo comprendió a la primera. Nos pusimos a bucear en el océano internauta y se sorprendió al comprobar que, en comparación con la lista de nombres masculinos, mujeres había más bien pocas. Y llegó la temida pregunta: “¿Por qué, mamá?” Hale, ahí va ese toro. Explícale a una criatura de diez años lo de que no se admitían mujeres en la Universidad, que no se les permitía más investigación que la de en qué posición se pone un pañal ni más química que la culinaria. Cuéntale sin llorar que se acusaba a las atrevidas de herejía y brujería algunos siglos atrás, que después fueron ignoradas, desprestigiadas, tratadas de locas y excéntricas por osar tener más metas que ser madres y esposas. Que algunas se disfrazaron de hombre para poder acceder a los centros de estudio, que otras publicaron sus artículos de investigación bajo nombre masculino para que se prestase atención a sus descubrimientos. Que si sus maridos no auspiciaban y alentaban su trabajo avanzar era para ellas casi imposible. Que hasta sus padres se oponían a que se cultivasen como científicas. Todos estos conceptos iban cayendo como losas sobre la idea del mundo de mi primogénita, lo veía dibujado en su carita asombrada primero, indignada después, aterrada por último. Se sentía estafada por la Historia, por la Humanidad entera… y por mí. Traté de tranquilizarla, le expliqué que ahora es diferente, que no tenía que preocuparse por ese tema, pero cerró los ojos y tomó conciencia de que, en lo tocante a ciencia, hasta hace no mucho la flecha volaba disparada hacia la diana y la cruz permanecía anclada a la tierra. Después extrapoló esa idea a su vida diaria, ató cabos y se dio cuenta aliviada de que su profesora de ciencias era una mujer. Su pediatra también lo era, y la farmacéutica de nuestro barrio, y su admirada Jane Goodall, y la veterinaria de “Pelos”, nuestro perro. Un poco más tranquila después de enumerar las mujeres de ciencia que conocía continuamos con la lista de los Nobel.
            A esas alturas en el grupo de Whatsapp de su clase ya se habían chivado un par de nombres para ahorrarse unos a otros el tiempo de lectura. Previsiblemente casi todos los trabajos serían un resumen apresurado de lo que pone sobre Marie Curie en Wikipedia, tris, tras, problema resuelto y a jugar a la Play se ha dicho, pero yo enseñé a mi pájaro a no conformarse con lo de todos, de modo que continuó leyendo. Después de un par de horas escudriñando artículos, páginas de blogs del tema y demás información, la vi palidecer de pronto. La razón era evidente, se llamaba “fotografía 51 de la doble hélice del ADN”. Ya tenía el tema para su trabajo. “Mamá, voy a hacerlo sobre un Nobel robado: el de esta mujer. Se llamaba Rosalind Franklin e investigó sobre el ADN. Ella hizo la primera fotografía que mostraba la doble hélice, pero luego el premio Nobel por el descubrimiento se lo dieron a sus compañeros en la investigación y a ella ni siquiera la nombraron. Rosalind, la No-Nobel”, me dijo señalando la pantalla del portátil con su dedo acusador y preadolescente. “Me parece perfecto, cariño”, le contesté. “Mujeres como Rosalind pudieron dejar de investigar ante la posibilidad de que su trabajo no fuese nunca valorado, pero no lo hicieron. Le echaron coraje y siguieron adelante. Gracias a ellas el camino de la ciencia tiene todas las baldosas que necesitáis las mujeres modernas para poder transitarlo sin tanto tropiezo. ¿Ves? El continuar caminando se lo debéis a ellas, os lo debéis a vosotras mismas y a las que vendrán después”.  Mi otra hija, que jugaba en el suelo cerca de nosotras, nos miró desde sus cinco años de estatura y dejó de jugar.
            Le puse por nombre Mar para que su horizonte fuera infinito y nadie pudiese poner límites a su empuje. Había escuchado y procesado a su manera toda la conversación que su hermana y yo acabábamos de mantener, pasándola, eso sí, por el tamiz de su razonamiento pre-escolar, y decidió hablar (y hacer subir el pan, de paso). “Mami, ¿con el premio ese dan chuches?” Yo, que ya veía por dónde iban los tiros, le seguí la corriente. “Sí, cariño. Muchas. Miles”. Cara de horror, tragedia y abominación. “O sea que, sin Rosarín, ni ADN, ni CSI Las Vegas, ni nada, y luego le dan las chuches a los otros y a ella, hale, ninguna”. Me eché a reír. “Ninguna. Se las comieron todas los chicos”. Ella no se reía, permanecía muy seria. Al fin, después de unos instantes de reflexión se levantó del suelo, recogió su muñeca y, mientras se marchaba a su habitación para ponerse el pijama, dijo como para sí: “pues si soy yo la lío gorda. Vamos que si la lío”.

            Desde ese momento no puedo dejar de sonreír. Para eso las educo, para que revolucionen, remuevan, conquisten. Para que sean pájaro de vuelo amplio y océano sin barreras, y no jilguero enjaulado y piscina. Para que el ejemplo de las pioneras les sirva para avanzar y vean en esas mujeres trampolines desde los que saltar más alto. Para que el futuro sea suyo. Para que “la líen”.

sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS ALAS DE MAMÁ

            Pau no era un niño como los demás. Bueno, por fuera sí lo era, pero si alguien se hubiese molestado en mirar por dentro… eso habría sido harina de otro costal. Concretamente de un costal de centeno áspero, oscuro y amargo. Pero nadie supo, o nadie quiso verlo a tiempo.
            A su corta edad, ocho años recién estrenados, apenas sabía escribir un renglón sin torcerse, pero ya era un maestro en el arte del disimulo. No le decía a nadie lo que pasaba en su casa, y si aparecía en su carne algún cardenal sabía cómo taparlo o cómo disfrazarlo de torpeza infantil. Aunque, a decir verdad, Pau solamente recibía algún golpe esporádico, no todos los días ni todas las semanas. Solamente si se metía en medio, en ese “medio” en el que su padre no quería que se metiese y en el que su madre le rogaba para que no se metiese.
            No era un niño de costumbres extrañas ni de manías. No coleccionaba cromos, como sus amigos, ni se quedaba a jugar a las canicas ni salía a montar en bicicleta por el pueblo como hacían los demás. Su único afán era recoger plumas, pero eso nadie lo sabía, era un secreto. Le daba igual que fueran de las tórtolas que anidaban en los pinos del barranco, de las gallinas de los corrales aledaños, de la familia de abubillas que volaban por la finca de Don Tomás o de la infestación de cotorras verdes que tenían su paraíso en el casetón del viejo motor del riego comunitario. En sus frecuentes paseos, siempre solo por los caminos del término municipal del que nunca se alejaba, no había pluma perdida que se escapase a su vista de niño y que no terminase escondida en la bolsa que guardaba, como un tesoro, en el altillo del armario que había en su habitación.
            Llevaba ya más de dos años recogiendo plumas, pero juzgaba que aún no eran bastantes para el propósito que tenía en mente. Su plan, que se iba agrandando en su cabeza, que se perfeccionaba y se llenaba de detalles noche a noche, estaba en vías de materializarse. Pero tenía que ser pronto. Con el paso de los días advertía que debía darse prisa o no llegaría a tiempo. Las tormentas cada vez era más grandes, los truenos más frecuentes y ruidosos y los relámpagos, en forma de puño, caían como furiosas granizadas sobre la cara y el cuerpo de su madre cada vez con más frecuencia. Con angustiosa, hiriente, demoledora frecuencia. No le quedaba mucho tiempo.
            Tuvo que robar una sábana del tendedero de la vecina; fue la única manera que se le ocurrió de conseguir la tela que necesitaba. Después visitó la mercería. “Mi madre me ha encargado hilo amarillo y agujas de coser”, dijo. Había roto su hucha. No debía ser tan difícil eso de coser, había visto a la abuela hacerlo cientos de veces. Descubrió que cortar el lienzo grueso de algodón no era tarea sencilla cuando solamente se cuenta con unas tijeras escolares, pero no se atrevió a coger las de la cocina, lo tenía prohibido. Además, emplear esas tijeras bastas que su madre usaba para limpiar el pescado no era lo más apropiado. Los peces solamente nadan, no vuelan. ¿Y si los residuos de esos animales contaminaban su trabajo y lo que iba a construir no funcionaba? No podía arriesgarse. Las sábanas, cuando las inflaba el viento, parecían volar. Las plumas eran lo que permitía a las aves desplazarse por el aire. Cualquier cosa que no fuera eso no le servía.
            Una noche de gritos y cristales rotos, escondido bajo la cama, dibujó sobre la tela robada dos grandes alas. Trabajosamente, haciéndose ampollas en sus dedos de niño aterrorizado, cortó con sus diminutas tijeras de colegial, sacó la bolsa de las plumas y empezó a coser. Las prendía de una en una, muy seguidas, para no dejar trozos de tela a la vista. A los pájaros no se les veía la piel, de modo que aquellas alas tampoco debían tener vacíos o no servirían. Se quedó dormido bajo la cama varias noches seguidas, agotado de coser, de llorar y de escuchar las voces, los ruegos, los insultos, las débiles quejas de su madre, los golpes, las patadas, los muebles volcados. La violencia le agotaba las fuerzas. El tiempo se acababa, podía percibirlo. 
            La última noche se durmió, agarrotado y vencido, a falta de una pluma por coser. Demasiado tiempo de infierno para un niño de apenas ocho años. Despertó al alba, prendió esa última pluma de rayas blancas y negras con dos alfileres, abandonó su refugio bajo el lecho y corrió a la cocina con las alas en la mano. Iba a ponérselas en la espalda a su madre para que pudiera salir volando de la casa. Solo así él no podría alcanzarla. Solo así sería libre y su marido no podría pegarle nunca más. Él era muy pequeño, no podía defenderla con su cuerpo ni con sus puños, pero con su ingenio y aquellas alas iba a conseguir salvarla, alejarla del monstruo que la estaba matando por episodios, como los malos seriales de la radio.

            Cuando llegó la policía le encontró arrodillado en el suelo de la cocina, cosiendo aquellas alas inútiles a la ropa que llevaba puesta su madre. Le hablaba dulcemente, como si rezase. “No te preocupes, mami. Con estas alas vas a volar lejos y ya verás cómo él no vuelve a pegarte. Cuando te hayas ido haré unas nuevas para mí e iré a reunirme contigo donde nunca nos pueda encontrar. No te preocupes, mami, yo te salvaré”, musitaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que ella ya estaba muerta.