martes, 17 de enero de 2017

TRENES Y PEQUEÑOS MILAGROS

Todo sucedió hará un par de meses. Fue como un flash, un destello en mi mente. Bueno, más que un destello yo diría que fue un fogonazo, a juzgar por lo aturdida que me dejó. Y es que, cuando juntamos Navidad, infancia, magia y música, los metemos en la coctelera de mi cabeza y agitamos un poco, cualquier cosa es posible.
            Llegué al local de ensayos cargada con mi saxo tenor, dispuesta a sentarme con él, abrazarlo como de costumbre y pasar un buen rato. Vale, sí, lo confieso: soy una de esas yonkis de la música que también disfrutan de los ensayos, que no los ven como una obligación sino como un esfuerzo placentero que ha de conducirnos a momentos emocionantes y gloriosos ante el público. Sobre mi atril, dispuestas, varias partituras nuevas. Algunas obras las identifiqué inmediatamente por el título. Otras no. Una en concreto, “Vals del Emperador”, no me sonaba de nada, o eso creía yo. Comenzamos a tocar y, como siempre, la primera leída fue bastante desastrosa. Aclaro: ni yo ni la mayoría de mis compañeros somos músicos profesionales, no tenemos esa capacidad que tienen quienes se dedican por entero a esto de la música de lograr que, solamente con ver las notas, la melodía se dibuje en su cabeza tan claramente como si la estuviesen interpretando con su instrumento. Para nosotros es bastante más difícil lograr buenos resultados, pero no por ello dejamos de intentarlo con todas nuestras fuerzas. Pero bueno, sigo, que me disperso. El caso es que me fue imposible: entre el esfuerzo de no perderme en los pentagramas y meter los dedos en el sitio correspondiente a cada nota sobre la marcha, fui incapaz de reconocer la melodía. A la segunda pasada ya fue otra cosa, todo iba tomando forma, y el tema central de la partitura… esa musiquilla… ¿de qué me sonaba a mí?
            No sé si a vosotros también os ocurre: oís una canción, sabéis que la habéis escuchado anteriormente, pero no recordáis dónde ni cuándo, y eso os tiene intrigados hasta el punto de no dejaros dormir. ¡Ay, esas cabezas! Los vericuetos de nuestro cerebro son a veces tan intrincados que no nos permiten llegar a los recuerdos inmediatamente, pero yo, como ya he dicho antes, soy bastante insistente. Perseverante. Cabezota. El gen leonés, imagino, que no me permite abandonar nada. Yo tenía que recordar de qué conocía ese vals que se había escondido entre mis meninges y no lo lograba, pero al final encontraría ese recuerdo, averiguaría por qué razón lo había conservado en lugar de desecharlo y podría dormir tranquila. Unas horas después, mientras leía, me vino la imagen. El “vals del emperador” era la música de un anuncio. Un spot navideño, concretamente de Renfe, de hará unos treinta años, calculo yo. En él se animaba a usar el tren para volver a casa por Navidad. A ritmo de vals los trenes pasaban, en sucesivas imágenes, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo por la pantalla del televisor. Recuerdo que yo era una niña y que me fascinaba aquel anuncio por la carga emocional que encerraba: tanta gente en esos trenes, todos iluminados por la ilusión de ver a la familia, tantas bienvenidas en la estación, tantos abrazos y besos y padres e hijos, tantos hermanos reencontrados y personas felices, vuelve, a casa vuelve, vuelve a tu hogar que hoy es Nochebuena, y tantos abuelitos con los ojos empañados al abrazar por fin a los nietos no podían dejarme indiferente. Para alguien como yo, que nací empática perdida y así moriré, ese anuncio era irresistible; por eso todas aquellas cosas cruzándose por las vías del ferrocarril de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo dentro de aquellos trenes que pasaban ante mis ojos, y también los compases del vals que sonaban, triunfantes, maravillosos, poniendo banda sonora para siempre a ese sentimiento navideño, formaron una huella que se quedó grabada en mi memoria, agazapada para reaparecer de pronto ante esa partitura. Pero ese recuerdo aún podía mejorar.
            El director de mi banda es una persona muy peculiar, uno de esos músicos genuinos que no entienden la música sin disciplina y que no tienen reparo en echar una bronca si hace falta, pero que saben exprimir a los que nos ponemos ante su batuta hasta hacer aflorar todo nuestro potencial. Al siguiente ensayo, y con el “Vals del Emperador” de nuevo en el atril, nos dio la lección de música más hermosa que he recibido nunca. Nos dijo: “dejad de ver la partitura como si fueran matemáticas. Si os obsesionáis en contar compases, corcheas, semicorcheas, puntillos, tocaréis lo que hay escrito, pero no será un vals, será otra cosa. No sé qué, pero desde luego no un vals. Hay que estudiar mucho la obra, dominar la posición de las manos, la embocadura, los picados, los ligados y los tiempos: eso son matemáticas. Pero cuando eso esté asumido hay que dejar ir las normas, respirar y sentir. Hay que bailar por dentro, susurrar, gritar, tronar, cantar en silencio con la melodía, dejarse mecer por ella. Hay que mirar mis manos pero no medir sino hacer danzar las notas con mis gestos. Hay que sincronizar lo que sentimos, como si viniese una ola que nos levantase suavemente y nos dejase caer a todos a la vez, nos llevase y nos trajese a todos al tiempo. Es muy difícil, pero cuando se consigue… Cuando eso se logra se produce un pequeño milagro, y si miráis al público veréis esa emoción en sus ojos, exactamente la misma que vosotros estáis sintiendo. Y entonces, solamente en ese instante, podréis decir que habéis hecho música”. Después de escuchar aquello, el “Vals del Emperador” comenzó a sonar distinto, y no solamente esa obra, sino todas las demás, por extensión, también sonaban diferentes.
            Un mes. Ocho ensayos. Y llegó el día del concierto. Tengo que reconocer que toqué con el estómago encogido, así soy yo, anticipando siempre los sentimientos como si pudiera olerlos antes de que se manifiesten. Pusimos en los atriles esa partitura, respiramos y nos dejamos llevar. Y se produjo el milagro: el Emperador se coronó y, mientras nosotros tocábamos y subíamos y bajábamos con la melodía, en mi cabeza los trenes volvieron a correr ante mí, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y en diagonal, arriba y abajo, y al terminar miré a mis compañeros y vi en su sonrisa y en sus pupilas mi propia emoción, y la vi también en los ojos húmedos y en los aplausos sorprendidos de un público que, mientras tocábamos, sintió volver la Navidad de su niñez y fue, por un instante, feliz.

            La música es un gran regalo. Usadla para que cada día sea un pequeño milagro.

3 comentarios:

  1. Yo, que os he visto tocar, doy fe de que, no sé cómo lo hacéis, pero hacéis soñar a los que os escuchan. No fueron pocas, las veces que cerré los ojos en los dos conciertos a los que he ido a veros. Simplemente los cerré y me dejé llevar. Como gran amante de la música que soy también, y sin la que no sé cómo podría vivir, me parece una entrada tan mágica como la música que tocáis.
    Que Santa Cecilia os conserve ese oído toda la vida
    Besos a montones a toda la familia de músicos

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    1. Un beso enorme, Rubiales. Yo creo que la magia la debemos buscar en todas las cosas que nos rodean y usarla en nuestro favor; compartir un poco de la mía con cada entrada para hacer sonreír y emocionar a quienes me leéis es una manera más de mejorar mi entorno, y si mi entorno es más feliz... yo también lo soy. Y así, en bucle, hasta el infinito...

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  2. Esta información ayudará a todos aquellos que sufren de caso agresivo de meningitis bacteriana (meningitis meningocócica). Mi hijo se enfermó con una infección meningocócica en 2011 y finalmente cayó víctima de shock séptico, y casi murió. El dolor era obviamente insoportable. Nuestro médico le prescribió varios antibióticos pero no parece ser eficaz. El transmite su preocupación y la incomodidad del absceso, pero solíamos decirle que no se preocupe, pero no una mejora hasta que llegué a ponerse en contacto con el Dr. Nelson y hacer un pedido de su medicina herbal que puso fin a su dolor. Ahora está completamente curado, puede ponerse en contacto con él para obtener consejos e información con este correo electrónico: drnelson581@gmail.com

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