lunes, 13 de febrero de 2017

EL PROGRAMA DE RADIO

“No me gusta la tele, no cuenta más que desastres y mentiras”. Eso me dice Juani siempre que voy a su casa a trabajar; ella es una de mis pacientes de atención domiciliaria. No es una anciana como otras muchas que tengo y he tenido bajo mi cuidado, ella no se pasa el día sentada delante del televisor, y eso que sus limitaciones físicas apenas le permiten andar y sus hermosos ojos ya no ven a coser y apenas a leer. La solución más fácil para matar las horas de forzosa inactividad habría sido la pequeña pantalla, esa “caja tonta” que ahora ya no tiene forma de caja sino de cuadro para colgar de la pared, pero a Juani no le sirve. Más pronto la desprecia que otra cosa, no gusta de las telenovelas, los informativos la ponen enferma de preocupación o de pura mala leche, las películas se le hacen difíciles de aguantar porque están llenas de violencias físicas y emocionales que le parecen “sufrir gratis”, como ella dice. A Juani lo que de verdad le hace disfrutar, de toda la vida, es la música y los buenos programas de radio.
Me gusta ir a su casa a trabajar. Me gusta teñirle el pelo, arreglarle las uñas, cuidar de su salud y oírla hablar de los conciertos a los que iba cuando podía salir con libertad y sus piernas aún le obedecían. Y me gusta planchar su ropa y la de Berto, su marido, mientras ellos escuchan la radio. La pareja se sienta en la salita, él conecta el aparato y pasan horas y horas disfrutando de los programas de una radio local. “Bienvenidos a Pentagrama Poético, su programa favorito en Radio Sol”. Oigo al locutor hablar con voz de terciopelo y cuero, varonil pero acariciante. Recita poemas, cuenta noticias sobre bandas de música y orquestas, responde peticiones musicales de los oyentes. Pone a veces grabaciones antiguas, de esas que ni siquiera están digitalizadas, en las que se interpretan pasodobles y partituras de compositores valencianos, piezas de folklore tocadas por rondallas y cantadas en la dulce lengua de esta tierra. Les oigo a los dos, Juani y Berto, comentar en cuanto se anuncia la siguiente canción: “¡ay, esa, qué bonita! ¿Te acuerdas? Es la que solía tocar la banda de este pueblo, o la del otro, la que estrenaron en aquel certamen que estuvimos viendo en Gandía en el verano del setenta y pico”. Los dos reviven y acarician el recuerdo mientras tararean las notas que la radio va liberando al aire, y por un momento son felices. Luego oigo de nuevo al locutor: “saludo desde aquí a Pepica, de Albal, que ha llamado esta mañana a las ocho y cinco para pedir esta canción. Se la quiere dedicar a su amiga Juani, que estará escuchando como cada domingo. Para todos ustedes en general y para nuestra amiga Juani en particular, “Luna”, de la mejicana Ana Gabriel”. Y, mientras la rasgada voz de la cantante se cuela por todos los rincones de la casa, los ojos azulísimos de Juani se llenan de lágrimas, le tiemblan las manos y Berto la mira, enternecido por su capacidad de emocionarse aún ante un tema que habrá escuchado cientos de veces.
Es un gusto, lo confieso, trabajar con mayores de cierto nivel cultural. Atender a personas de edad siempre te aporta cosas, cada día terminas aprendiendo algo: un refrán, una copla, la fecha de siembra de las calabazas, cómo se lava mejor una prenda de lana, cuál es el truco para que los caracoles sepan a campo y para que no se peguen las lentejas al cazuelo en que se están guisando... Todas esas cosas van construyendo mi saber en todos los campos, pero cuando encuentro ancianos como Juani y Berto, leídos, viajados, con más o menos estudios y una franca y aún viva curiosidad cultural, amantes de la música, del teatro y de los libros, el disfrute de su conversación y de su compañía se multiplica por mil. Berto recita los poemas de Miguel Hernández y de Machado sobre la voz del locutor de ese programa radiofónico, y es un placer ver a Juani mirarlo arrobada, aunque minutos antes de sentarse en la salita hayan estado riñendo por cualquier nimiedad doméstica.
Esta mañana, mientras estaba atareada con la pedicura de Juani, me he dado cuenta de que el programa que estaban emitiendo era repetido. Recordé que, semanas atrás, había escuchado la misma noticia acerca de la fundación de una nueva banda en el barrio de San Isidro de Valencia. Se lo comenté a ella mientras atacaba su uña del pulgar derecho, siempre hincada en la carne y siempre fastidiosa a la hora de sacarla de ese mal alojamiento para aliviar la hinchazón y curar una de sus frecuentes infecciones. Sonrió y no me dijo nada, se limitó a seguir con las manos el compás del pasodoble “El Fallero”, que había comenzado a sonar. Estaba haciendo de directora de una banda imaginaria, la lima de uñas en su mano diestra a modo de batuta, los ojos entrecerrados, los labios apretados. Suele usar la música como analgésico para esos pequeños ratos de molestia, es enemiga de las pastillas y no toma ninguna que no sea estrictamente necesaria; en el tiempo que llevo con ella he aprendido que no debo interrumpirla en esos pequeños trances para no disipar la concentración que la ayuda a controlar el dolor. Con las últimas notas terminé de desinfectar su dedo y me miró. “No me digas que no te has dado cuenta de que tenemos los programas grabados”. Por mi cara de pasmo adivinó que no. Así es, no había reparado en que “Pentagrama poético” estaba atrapado en una cinta de cassette. Por eso se saben los poemas, por eso tararean todas las piezas. El programa hace años que desapareció, le quitaron la licencia a la emisora local, el locutor está ya una década retirado. La amiga Pepica de Albal murió en el 2.003, y ellos guardan como tesoros docenas de cassettes con los programas que llenaban sus domingos de emociones y sonrisas para seguir saboreándolos. “Ya no se hace radio como esta”, comenta Berto. “Ahora solamente saben poner música de mover el culo, eso ni es cultura ni es nada. Donde esté una buena zarzuela, un pasodoble y una jota bien cantada, que se quite todo lo demás”. La tecla del reproductor salta, la cinta se ha terminado. “Ay, Berto, pon la de aquel día en que te dedicaron esa tan bonita de Las Vistillas”. Y él, entusiasmado como un chiquillo con canicas nuevas, busca en la estantería, leyendo despacio los rótulos en los lomos de las cajitas, localiza el programa, saca el cassette y, con mimo, lo mete en el aparato y se sienta junto a ella para escucharlo cogido de su mano. Y ahí les dejo, terminado mi tiempo de hoy en su domicilio, embelesados, bebiéndose cada sonido y cada palabra como si todo fuera nuevo para ellos.

Cada hogar es una historia diferente. Entre cuatro paredes puede haber un mundo muy pequeño, reducido a una pantalla, una nevera y un sofá, o puede haber todo un universo de letras, notas, sueños, recuerdos y vivencias. Adoro caer en alguna de estas últimas: en ellas cada día es un descubrimiento.

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