miércoles, 4 de octubre de 2017

EL CUENTO

           El profesor de secundaria no creía en los datos y las fechas aprendidos de memoria. Se había hecho profesor para enseñar a pensar, no para llenar a los chicos de conocimientos que de poco les servirían en el futuro. Aquel día había traído un libro con él. Un libro de cuentos. Lo abrió por la página 17 y comenzó a leer en voz alta.
“Dándose un paseo por las salas del Cielo, se detuvo Dios un día en el lugar donde guardan las almas de los seres que han de nacer. Desde allí las envían, en el preciso instante en que una nueva persona viene al mundo, para que cuando vea la luz lo haga completa. Si el alma no llega a tiempo el niño que nace no sobrevive, no sería humano si no estuviese dotado de ese componente fundamental; por eso los empleados de la sala de las almas son escogidos de entre toda la corte celestial teniendo en cuenta su capacidad de trabajo, su diligencia y su seriedad. Para ese cargo no vale cualquiera, desde luego.
            Dios entró, como os decía, en la sala de las almas. Vio aquellas pequeñas lucecitas infantiles jugar y reír a la espera de bajar al mundo de los hombres, y se le ocurrió una idea. Llamó a las dos que más cerca estaban de la puerta, tomó asiento en su trono y las acomodó a ambas sobre sus rodillas. Jugó un rato con ellas, y después comenzó a preguntarles si tenían ganas de nacer como personas de carne y hueso. Las almas no tienen sexo ni raza, todas son de una misma sustancia, todas están impregnadas de la misma ilusión por la vida, de modo que ambas contestaron que sí. “Para eso existimos, Señor. Si no, no tendría sentido que estuviésemos aquí esperando”.
            “Hoy mismo os voy a enviar a la Tierra, y para que haya equilibrio en el orbe una de vosotras nacerá como hombre y la otra como mujer. Pero antes debéis decirme una cosa: ¿Dónde queréis ser alumbradas? Os dejo elegir el punto geográfico que deseéis”, dijo el Hacedor mientras las etiquetaba para viajar a su destino. El alma que iba a ser de hombre y el alma de la futura mujer se miraron. Él contestó enseguida: “A mí me da igual, Señor. Podría ser nepalí, caboverdiano, japonés o uruguayo. Podría ser suizo o canadiense. No se preocupe por mí, me mande a donde me mande encontraré la manera de salir adelante”. Dios lo besó, complacido, y lo empujó hacia el mundo humano. Después volvió su mirada hacia el alma que se encarnaría en mujer, y le preguntó: “¿Y tú? ¿Ya has elegido?”.
            Ella acarició con ternura la barba luminosa de Dios y dijo que no. “No puedo decidirlo, Señor. Si nazco en África amputarán desde niña trozos de mi cuerpo para que no pueda disfrutar de él; tendré que sufrir el doble para ser madre, me entregarán a un viejo a cambio de algunas cabras y, si no tengo suerte, veré a mis hijos morir de hambre sin poder hacer nada por evitarlo. Me obligarán a creer que tengo que mutilar también a mis hijas para casarlas y cometeré con ellas la misma barbaridad que cometieron conmigo. En cambio, si nazco en México posiblemente desaparezca antes de cumplir los veinte, violada y estrangulada por algún hombre que quedará, sin duda, impune. Si nazco en India no valdré ni el aire que respiro; mi padre tendrá que pagar para que cualquier hombre me acepte a su lado y seré siempre una carga y una esclava. Solamente por ser mujer muchos pensarán que tienen derecho a usarme y golpearme, y probablemente mi familia, después de eso, me mate para evitarse la vergüenza. Si enviudase cualquiera podría abusar de mí, contando con que no me prendiesen fuego para no tener que mantenerme. Si naciera en Afganistán estaría maldita por ser hembra y tendría que ir cubierta como un fantasma. No se me permitiría ser una persona ni leer ni cultivarme. Sería considerada un ser inferior. Ni siquiera podría rezar cuando estuviera con la menstruación ni enseñar un milímetro de piel fuera de mi casa. Si fuera tailandesa podría ser vendida antes de los diez años para ser esclava sexual de los adultos viciosos europeos y americanos; en China fácilmente podría ser abandonada al nacer o dejada morir por carecer de testículos, allí sólo les dejan tener un hijo y prefieren un varón. Yo no lo tengo tan fácil para elegir dónde quiero nacer, Señor. Necesito un tiempo para pensarlo”.
            Dios la apremió: “elige ya, criatura, el mundo necesita hembras para no extinguirse. Por incierta que sea la vida que te espera no puedo demorar más tu partida. Dime: ¿a dónde te envío?”. El alma de mujer, serena, miró a Dios. “Dígame al menos a qué raza pertenecerá mi cuerpo y así podré decidir mejor. Lo digo porque no quisiera nacer negra en el sur de Estados Unidos o en Sudáfrica, ni tampoco gitana en España, Francia o Rumanía, porque en todos esos casos mi vida no sería más que una pura subordinación al macho o a la sociedad que me rodee, no tendría ninguna oportunidad. Ya que me da a escoger quiero ser dueña de mí misma, crecer, desarrollarme como ser humano y decidir qué quiero y qué no quiero hacer”.
            Dios comenzó a perder la paciencia. “Si todas las almas tuvieran tantos miramientos la Humanidad ya no existiría”, tronó. Y el alma femenina, tranquila, le respondió: “si hombre y mujer fueran tan iguales como lo somos las almas que llevan dentro yo no tendría tantos problemas para decidir, ni usted, Señor, tendría que ver tanto sufrimiento en el mundo que un día creó. Si todas las mujeres pudieran de verdad elegir, las guerras carecerían de sentido. Si usted desde el principio no hubiera hecho creer al varón que era superior, el equilibrio y la armonía reinarían entre los humanos en lugar de hacerlo el odio”. Dios, que cada vez estaba más enfadado, le gritó: “¿Insinúas que me estoy equivocando en mi obra? ¡Yo soy Dios y, como tal, soy infalible! Ya que eres un alma rebelde, nacerás en esa India de la que tan mala impresión tienes, a ver si en una tierra tan fértil y hermosa aprendes a admirar la grandeza de mi Creación”.
            El alma de mujer, antes de irse, le sonrió a Dios. “Muy bien, Señor. Cuando mi cuerpo humano muera volveré para contarle cómo ha sido mi vida allí abajo”.
            Diecinueve años después el alma femenina volvió al Cielo. Había intentado ser médico para ayudar a sus semejantes y tener más horizonte que el de parir, servir y pertenecer, pero la violó y asesinó un vecino por ser demasiado bonita. “Ya ve, Señor. Ni ayudé ni di fruto ni pude envejecer ni amar. Mi agresor es el hombre que recibió el alma justo antes que yo, aquel que estuvo sentado en su rodilla derecha el lejano día en que nos dio a elegir nuestro lugar de nacimiento. Si algún día ha de volver usted a la Tierra a vivir entre los humanos, en lugar de nacer varón, encárnese como hembra. Verá como el martirio en la cruz que sufrió hace dos mil años no fue tan malo”. Y Dios, que no pensaba hacer nada al respecto, se encogió de hombros y miró, como siempre, hacia otro lado”.
            Al terminar de leer en voz alta este relato, el profesor de secundaria cerró el libro y observó a sus alumnos. “¿Qué conclusión sacáis de este cuento?”. Los adolescentes no sabían qué contestar. “Que el mundo está fatal”, dijo uno. “Que Dios no existe”, dijo otro. “Que a las tías les queda mucha pelea”, concluyó un tercero. Las chicas les miraban y les dejaban decir. Al fin una de ellas decidió hablar. “Ahí dice que somos iguales y que todo lo demás no son más que cuentos. Y ya estamos hartas de cuentos, profesor. Para eso estudiamos, para cambiar el rumbo y escribir nuestra propia historia”.

El timbre, con su sonido irritante, puso fin a la lección y despertó a los dos haraganes de la última fila. El cuento, sin embargo, aún está lejos de acabar. Pero algún día lo hará, afortunadamente.



2 comentarios:

  1. Así, este es el cuento de nunca acabar. Mucho cambio debe sufrir el mundo en una sociedad idéntica, lo pinte de blanco, negro, amarillo o rojo. La mujer no está en igualdad resida donde nazca. Pero lo más importante es la semilla como en este cuento se pueda germinar en el hoy y ahora.
    Directo y sin tapujos. Besos Sú.

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    1. Gracias por tu comentario, Alejandro. Es un placer tenerte cerca. Un beset!

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