lunes, 6 de noviembre de 2017

LO QUE SE TOCA EN EL CIELO

     Es verdad, y nadie lo discute, que vivimos rodeados de ideas preconcebidas que son, a menudo, equivocadas. Mirad si no, por ejemplo, esa que dice que toda mujer anhela encontrar a su príncipe azul: hoy en día sabemos que muchas princesas prefieren volar solas, otras buscan príncipes negros o verdes, y otras siempre prefirieron la compañía de otras princesas, pero hasta ahora no se atrevían a decirlo. Igual ocurre con mil cosas, si lo pensáis veréis que es cierto. Casi nada es como nos vendieron que era. Por lo visto, hasta los mismísimos Reyes Magos venían de Andalucía, lo que elimina de nuestra mente esa imagen tan arraigada de las coronas, las capas y el turbante. Hemos tendido durante tanto tiempo a adornar las cosas con un halo de romanticismo y heroicidad que, cuando se nos presentan como verdaderamente son, puede ser que nos sintamos decepcionados. Pero no siempre es así: hoy vengo a contaros la historia de Paco “el Serrano”, y puede que cuando terminéis de leerla estéis orgullosos del cambio en vuestra imagen mental de eso que los cristianos llaman “el cielo”.
            Paco “el Serrano” se llamaba en Realidad Francisco Villazuela, y era de Ahíllas, una aldea cercana a Chelva, en la serranía valenciana. Era un zagal despierto y lleno de curiosidad que lo miraba todo con unos ojillos oscuros y brillantes que relucían bajo sus cejas castañas. Le gustaba, como al resto de chiquillos, ir al río a cazar ranas, pinchar los huevos de los nidos de la graja para inutilizarlos sin que la madre se diera cuenta a tiempo de poner más (así se hacía para controlar la población de córvidos que, ladrones por naturaleza, acostumbraban a comerse las simientes de los sembrados) y robar manzanas esperiegas del huerto del señor cura. No eran las mejores del término, pero ver al sacerdote perseguirles, furibundo, remangándose la sotana, era para morirse de risa, y los chavales no tenían muchas más distracciones en aquel lugar.
            En una ocasión, el padre de Paco iba a llevarse una carga de embutidos para vender; había matado y procesado los cuatro mejores cerdos que tenían para poder pasar el invierno con el dinero que obtuviese, y longanizas, morcillas, chorizos, salchichones y otras delicias estaban listas para despacharlas en la feria de Liria. Cuando el padre marchaba, y a falta de madre, pues la pobre había muerto pariendo al último de los niños, Paco y sus cinco hermanos solían quedarse al cargo de la abuela Ceferina. Pero esta vez, ya con nueve años, decidió llevarle con él en el carro. Y fue en aquella feria donde encontró lo que había de cambiar su vida.
            Al principio no supo qué o quién podía producir aquella música. Era aguda, penetrante, alegre y festiva. Sus notas se quedaban bailando en los oídos del niño, que miraba en todas direcciones buscando la fuente de tales sonidos aturdido y lleno por la novedad y la emoción. Era una dolçaina. Nunca había escuchado ninguna antes. Excitado, tiró de la chaqueta de su padre señalando con el dedo al músico que la tocaba. “¡Padre, yo quiero eso! ¿Qué es? ¿Cómo se llama? ¿Puedo aprender? ¡¡¡Por favor, padre!!!”. Alcanzó solamente a arrancarle al hombre, que despachaba embutidos tratando de no perder la cuenta de las pesetas que cobraba y los reales que tenía que devolver, el permiso para seguir al dolçainer hasta los límites de la feria mientras estuviese tocando. Y eso hizo: durante más de una hora se abrió paso por entre la gente que llenaba el recinto, junto con una recua de mocosos locales, siguiendo a aquel “flautista de Hammelín” a la valenciana.
            Una vez terminado su trabajo, el músico se detuvo en una taberna. Allí, ceremonioso, pidió un vaso de buen vino del Villar, y con cuidado desmontó el tudel y la caña, los limpió con un trapo de gamuza que guardaba en la faltriquera, pasó un pañuelo de hilo por dentro del cuerpo de su dolçaina y se dispuso a guardarla. “Por favor, señor. ¿Puedo verla?” Paco le miraba desde su corta estatura de nueve años, con la mano extendida. El hombre le hizo sentarse a la mesa. “Ten cuidado, me la hicieron con un taco de mobila procedente de la puerta de casa de mi abuelo. Ya no hay casa, ni puerta. Solamente me queda eso del hogar en donde crecí”. Fascinado, Paco acarició aquella maravilla. El primoroso torneado, el avellanado de los orificios que el músico tapaba con sus dedos rápidos de prestidigitador musical, el color tostado de la veta natural de la madera que fuera guardiana de una casa ya desaparecida… Aquel instrumento era pura magia, o así le pareció al chaval. “Yo soy de Ahíllas, señor. Allí nadie tiene nada así. Se tocan otras cosas, la bandurria, el laúd y la guitarra cuando son los Mayos, pero esto me gusta más. Ella sola y un tambor hacen fiesta para todos. ¿Cuánto cuesta una de estas, señor? ¿Usted puede enseñarme a tocarla?”
            No fue difícil convencer al padre de Paco para que dejase ir al chico como aprendiz de músico. “Yo puedo enseñarle a tocar, pero él tendrá que ser mi tabaleter hasta que domine el instrumento. No le pagaré jornal; le procuraré una dolçaina, cañas y lecciones. Puede vivir conmigo, a cambio de techo y comida trabajará para mí como criado”. Ahora sería impensable algo así, pero corría el año 1940 y las cosas eran distintas. Un oficio, manutención y posibilidad de ver mundo. Una boca menos en casa y un futuro distinto que cuidar cerdos en una aldea perdida en la que, por no haber, no había ni escuela ni médico. Los dos hombres hicieron el trato, y Paco “el Serrano” ya no volvió aquella noche a Ahíllas, sino que se quedó en Liria, en casa de su maestro.
            Desde aquel momento fue habitual verlo junto a él de pueblo en pueblo; el tamborcillo, a medida del tocador, repicaba acompañando los sones de Marcial, pues así se llamaba el dolçainer. Poco a poco fue aprendiendo los distintos ritmos que había de utilizar: fandango, tonadilla, “albaes” si alguien iba a cantar, alguna jota valenciana… Y entre salida y salida, en la casa, con una dolçaina de buen pino que Marcial le hizo traer de Sueca y a la que el chaval bautizó como “Amparito”, hizo sus primeros intentos. Al principio, el niño se desesperaba: sus labios no acertaban a presionar la caña lo suficiente como para que no se le escapase el aire, o lo hacía demasiado, impidiendo la vibración y por tanto la emisión del sonido. Sentía unas irresistibles cosquillas en los dientes y le retumbaba toda la cabeza. Tardó casi un mes en arrancarle una nota decente a aquel instrumento. Pero, como buen serrano, era duro y constante, igual que los montes de su tierra, y no se rindió. Crecer y aprender, trabajar con la ilusión de estar persiguiendo y consiguiendo algo que uno realmente desea: no fue una infancia fácil, pero creedme, en aquella época las había mucho peores. Paco fue, en resumen, un niño feliz.
            Cuando estaba ya a punto de ser un quinto al que llamar a filas, nuestro protagonista conocía no solo Liria, Villar del Arzobispo, Losa del Obispo y Chelva, sino también Aldaia, Torrente, Mislata, Manises, Valencia y hasta Sagunto. Recorría con su “Amparito” y su tabalet las fiestas de todos esos lugares y de muchos más desparramando con entusiasmo música y alegría y haciendo, por qué no decirlo, estragos entre las muchachas. Tres o cuatro veces había vuelto a Ahíllas para ver a sus hermanos, y había tocado para sus vecinos y amigos de la infancia, orgulloso de su oficio, despertando la curiosidad y la admiración de los pocos niños de la aldea. Paco se había convertido ya en un hombre, y no era, desde luego, un mozo difícil ni mal parecido, circunstancia ésta que aumentaba el público allá donde tocasen, y también sus ingresos. Marcial estaba contento con él, aunque sabía que pronto se quedaría de nuevo solo: en cuanto el chico marchase al servicio militar, que por entonces era de dos años de duración, tendría que buscar un nuevo compañero. Paco no sabía casi leer ni escribir, pero tocaba la dolçaina como nadie, y el tabalet como pocos. Iba a echarle mucho de menos.
            África. Tetuán. Ese fue el lugar al que el sorteo le envió a hacer el servicio. “No lo había más lejos, collons”, musitó Marcial. El chico se encogió de hombros: todo lo que fuera más allá de Cuenca ya era para él otro mundo. Pero sabía que tenía dos opciones: podía verlo como una desgracia o como una aventura, y eligió lo segundo. “Malo será que allá no aprenda cosas nuevas, maestro. No padezca por mí, me llevo a mi “Amparito”. Con suerte, tocaré el tambor en la banda del cuartel y no se me hará tan largo”. Y para allá se fue, en tren desde Valencia, después en otro tren, luego en un barco, con un montón de historias de moros en la cabeza y  muchos sueños por cumplir.
            Deseó volver a casa en cuanto pisó el cuartel. Allí todo eran órdenes, normas, gritos. Pasaba los días triste, sin poder tocar, y las noches echando de menos a su maestro, los olores de su tierra y el sabor de la mistela y los rolletes de anís con que solían obsequiarles en las fiestas de los pueblos. Estaba a las órdenes de un sargento  malencarado y grosero natural de Sevilla que, cuando descubrió a Paco en un rincón del patio tocando a “Amparito”, opinó que sonaba como un gato al que estuvieran destripando y se la arrestó indefinidamente. Privar al Serrano de aquel instrumento, de la actividad inocente de tocar en sus ratos libres, le divertía. En general, todo lo que fastidiase a sus soldados le producía un extraño placer. Ejercía un poder arbitrario y caprichoso que los demás, merced al cargo que ostentaba, no tenían más remedio que respetar, aunque fuera a su pesar; disfrutaba siendo impopular y maldito por todos los rasos y cabos a su cargo. Más de uno soñaba con abrirle la cabeza de un culatazo, pero nadie se atrevía, y Paco menos que nadie: era músico, no soldado. Él no creía en la violencia, creía en la armonía, creía en la vida, en la risa, en el entendimiento a través del idioma universal del ritmo y las notas de la escala cromática. No había nadie en aquel cuartel más enemigo de la violencia que él, y eso fue lo que le granjeó la manifiesta animadversión del “Sargento Miarma”. Para aquel hombre, Paco era un ejemplo perfecto de que el ejército no debía aceptar “ni tontos ni músicos. Siempre están pensando en las musarañas y no son capaces ni de pelar las papas para el rancho sin distraerse”.
            En los días de permiso, “el Serrano” y algunos de sus compañeros se llegaban al pueblo más cercano al cuartel. Allí había poco más que cabras, mocosos y polvo, pero era el único lugar al que se podía ir. Al menos contaba con una taberna. Estar allí significaba salir de los dominios del “Sargento Miarma”, y la presión de su presencia desaparecía durante unas horas. Paco consiguió entenderse pronto con los lugareños; para su alegría, en aquella tierra tenían un instrumento que se parecía bastante a su amada dolçaina secuestrada, y pronto se hizo con una de esas dulzainas marroquíes: tocarla en los permisos, en la taberna, a escondidas del sargento, le ayudaría a sobrevivir los dos años de servicio sin morir de añoranza. De una vez para otra se la guardaba el hombre que gobernaba la mugrienta barra del bar, e incluso le invitaba a beber té moruno cuando organizaba uno de aquellos improvisados conciertos para los clientes del local. A veces también salía a las calles de la aldea tocando la “jota de Alfarp” o la de Vinaroz, como cuando estaba en Liria con su maestro, y los chiquillos del pueblo le seguían bailando y dando saltos. “No son tan distintos de los niños de Valencia”, pensaba Paco. “La música es capaz de hacer que todos seamos iguales. Da lo mismo si fue escrita en una punta del mundo, en la otra punta también se baila y se disfruta”.
            Aguantó veinte meses. Veinte meses en los que no aprendió a “ser un hombre”, que es para lo que se suponía que se iba al servicio militar. Aprendió a esconderse para estar tranquilo, a tocar a hurtadillas para que el “sargento Miarma” no le llamase “el matagatos ché”, a limpiar fusiles, a contar balas, a fregar de rodillas durante horas las letrinas, a pelar miles de patatas. Aprendió cosas que de nada le iban a servir porque nunca iría a una guerra, porque en el mundo real nadie tiene que obedecer órdenes absurdas de ningún sargento gratuitamente cruel so pena de arresto, humillación ni escarmiento público. Ya no le quedaba mucho para dejar atrás todo aquello, tan solo ciento veinte días de servicio, y en un instante, inesperadamente, todo cambió para siempre. El arma que disparaba, con la culata a pocos centímetros de la cara, falló durante unas prácticas de tiro. La explosión de una bala defectuosa le partió el labio inferior en dos mitades y le destrozó varios dientes. Le cosieron, sí, pero la enorme cicatriz y la quemadura le dejaron deformada la boca sin posibilidad de arreglo.
            Fue enviado a casa, con “la blanca” en la mano, “Amparito” junto con la dulzaina moruna en el petate, y el desconsuelo en la mirada. Ya nunca, nunca más podría tocar su amada dolçaina. Podría acompañar con el tabal, pero su sonrisa rota que no hablaba de fiesta, sino de miedo y dolor y metralla, ya no era reclamo de alegría sino recuerdo de sufrimiento. La vida que él amaba no sería más. O, al menos, no como él la había imaginado. Se acabaron las ferias, los fandangos, las “albaes”. Se terminaron las rondas y las miradas de las chicas y las recuas de chiquillos siguiéndole, saltando y bailando, por las calles. Ni llorar podía, aturdido aún por el accidente, el hospital, las curas y la visión de su rostro herido. No era culpa de nadie, sino quizá de los Hados. Una vez más, tenía dos formas de afrontarlo: ahogarse en la pena o tratar de torcer los designios del Destino que tan caprichosamente había decidido su suerte. Paco “el Serrano” ni siquiera contempló la primera posibilidad.
            Leer y escribir fueron los primeros pasos. Después, composición y armonía para completar sus conocimientos de lenguaje musical. Volvió a Ahíllas, a los Mayos, a criar animales y a ver cómo sus sobrinos robaban manzanas esperiegas del huerto del señor cura y, desde el calor de su tierra natal y al abrigo del cariño cierto de la familia, comenzó a componer. Lo hacía con “Amparito” en la mano, la caña apoyada en el labio superior y tapando los agujeros con los dedos como si tocase. Las notas no salían del instrumento porque su boca era incapaz de hacerlas brotar, pero sí las oía en su cabeza formando nuevas melodías. Allí, en su imaginación, sonaban nítidas, fuertes, entre el griterío de los pueblos en fiesta y las risas de los niños, los petardos y el entrechocar de copas. Su imaginación, su creatividad, la cabezonería serrana y una voluntad a prueba de balas, de sargentos y de mellas lo mantuvieron a flote todo el resto de su vida.
            Llegó a componer docenas, cientos de piezas y obras para “dolçaina”. Hoy en día se siguen tocando, sin que muchos de los intérpretes sepan siquiera que salieron del talento de Paco “el Serrano”, y suenan en fiestas y ferias de toda la Comunidad Valenciana. “Amparito” y la moruna duermen en un arca, conservadas con celo por la familia de alguien que eligió no guardar rencor y reinventarse, dejando un legado que engrandeciese a la dolçaina, el amor de su vida.

            Al principio de esta historia os hablaba de las ideas preconcebidas que resultan equivocadas, ¿lo recordáis? Os propongo un nuevo ejemplo: recread la imagen del cielo, mucho más arriba de donde vuelan los pájaros, allí donde residen los ángeles, los justos y los santos. Suena música, y serafines y querubines tocan sus liras, cítaras y laúdes medievales, de esos que parecen medio huevo. Es así como lo pintaron los grandes pinceles renacentistas, ¿no es cierto? ¿No lo describen de ese modo las escrituras? Pues borradlo. Borradlo todo. Desde que Paco “el Serrano” dejó Ahíllas para continuar su existencia allí arriba, ya los ángeles no tocan otra cosa que la dolçaina valenciana. No me digáis que no hemos ganado con el cambio.

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