martes, 20 de marzo de 2018

EL MUSEO DE LOS SILENCIOS


El museo de los silencios era un lugar atípico. Estaba escondido en uno de los barrios del casco antiguo de Valencia, en una de esas callejuelas tortuosas y llenas de huecos dejados por casas que ya no existen. Por lo que me dijeron, en aquella zona se agrupaban antaño los artesanos del terciopelo de seda, y por eso se le conocía oficialmente como “barri de Velluters”. Ahora no había sedas en aquellas calles, solamente olvido, imagino que por eso habían colocado aquel museo extraño precisamente allí. No figuraba en ninguno de los mapas turísticos de la ciudad. Por no tener, ni siquiera tenía rótulo en la puerta.
No sé por qué mis pasos me llevaron esa mañana a traspasar el umbral de aquella casa. Quizá fue la mirada del niño con el que me crucé al salir de la catedral, o tal vez el gesto tierno del camarero del bar en el que paré a reponerme del frío y la lluvia; aquel hombre que me cambió el sobrecito de azúcar por uno de sacarina sin protestar ni nada, qué extraño. O quizá simplemente fuese la casualidad, o mi corazón de poeta guiado por la mágica y magnética brújula que se esconde en el alma de esta ciudad irrepetible. Fuese lo que fuese, allí estaba yo, dispuesta a averiguar qué se escondía tras aquellos viejos muros.
            Entré en el edificio, tan antiguo, gris y lleno de desconchones y moho en la fachada que parecía más un mausoleo que un museo, y pedí un boleto en la taquilla. Un hombre amarillento y silencioso me lo extendió. Miré el papel para saber cuánto valía la entrada; el precio era una palabra, y pagué gustosa con un “curiosidad” que llevaba suelto en el monedero. El silente funcionario me abrió la puerta y me dio paso con un gesto de su mano cansada.
            El museo de los silencios estaba lleno de salas, y cada una de ellas tenía las paredes, de suelo a techo, cubiertas con anaqueles de madera antigua. El muestrario de la exposición se componía íntegramente de botellitas de vidrio cerradas con tapones de corcho. Todas estaban selladas con lacre rojo, imagino que los conservadores del museo conseguían así que su contenido perdurase en el tiempo y no se viese contaminado por ningún ruido exterior que pudiese alterarlo. Todos aquellos frasquitos provenían de donaciones anónimas, todos fueron silencios que significaron algo para alguien, que quisieron decir tanto que merecieron ser conservados para que todo el mundo pudiese apreciarlos. Bajo cada una de las botellas había un rótulo y una pequeña explicación para que el visitante pudiese identificar e interpretar el silencio que el vidrio atesoraba.
            El tiempo dejó de tener importancia mientras recorría con la vista aquellas estanterías, fascinada, leyendo los carteles y mirando los frasquitos de vidrio. Cada una de las salas del museo tenía un nombre; éste dependía de la naturaleza de los silencios que había en ella. Visité la “Sala de los silencios felices”, la “Sala de los silencios que dolieron”, la “Sala de los silencios de impotencia”, la “Sala de los silencios que fueron mentiras”, la “Sala de los silencios que fueron verdades”, la “Sala de los silencios cobardes”, la de los “Silencios valientes” y la “Sala de los silencios que nunca debieron existir”. Ni una mosca se oía en ninguna de aquellas enormes estancias, en las que sólo mis pasos y el rasgueo de mi bolígrafo sobre la libreta de papel reciclado rompían la ausencia de sonidos. Copié algunos de aquellos carteles que ilustraban los silencios expuestos para no olvidarlos, porque no fueron mis silencios, y por lo tanto no son mis recuerdos, pero consiguieron ponerme la carne de gallina.
“Abril de 1985. Cuando entré en la habitación, ella trató de cubrirse con las sábanas de nuestra cama. Él ni siquiera intentó explicarse, solamente vistió su culpa con un silencio eterno mientras yo metía mi ropa en una maleta para marcharme”. Un silencio cobarde, desde luego. Muy cobarde.
“Febrero de 1992. Hacía mucho frío en León. Los cinco primos nos cogimos de la mano para recibir al sexto de nosotros. No éramos capaces de mirarnos a la cara, no nos atrevíamos a levantar la vista del suelo. Cuando se abrió la puerta del tanatorio y entró el féretro, el aire se congeló a nuestro alrededor, las lágrimas quedaron suspendidas y sólo hubo silencio, el silencio dejado por la voz chispeante de Carlitos, un sonido que jamás volveríamos a oír”. Solamente pude estar un rato en la sala de los “Silencios que dolieron”; sus presencias aplastantes resultaron muy difíciles de contemplar. “Maldita empatía la mía”, pensé.
“Diciembre de 2010. La besé con ternura y le dije que la quería, como tantas veces. Ella me miró y no me respondió. Sí me quiere, lo sé, pero jamás me lo dirá. Su ausencia de palabras se llama autismo”. Silencios que son verdades. Algunas demoledoramente ciertas.
“Mayo de 2007. Yo di el sí ante el sacerdote. Pero cuando le preguntó a él sólo hubo silencio. Un silencio mentiroso para no afrontar la realidad; ojalá me hubiera dicho mucho antes que no me quería lo suficiente como para casarse conmigo. Una mujer vestida de novia sólo debería llorar de emoción”.
“Septiembre de 1999. Mamá no pudo hablar cuando alcanzó a ver la lista de supervivientes del accidente. Aferrada a mí comenzó a leer los nombres. El quinto era el de mi hermano: estaba vivo. No pudo pronunciarlo, sólo mirar al cielo, abrazarme y respirar”. Silencios felices, aliviados, elocuentes. Silencios que, si saliesen de su botella, podrían contagiar a cuantos estuvieran alrededor.
“Marzo de 2004. El silencio después del estruendo. Nunca lo olvidaré. Cuando los heridos ya volaban en las ambulancias hacia los hospitales, cuando recorríamos los trenes buscando hilos de vida entre los hierros, el silencio era aplastante. Sólo oíamos, de vez en cuando, el móvil de alguno de los muertos. Al otro lado alguien esperaría, también en silencio, que esa llamada fuera contestada, y ya jamás lo sería. Lo peor no fueron los gritos. Lo peor fue ese silencio”. Debió escribirlo un bombero, un policía, un sanitario. Había muchos parecidos. La sala de los “Silencios que jamás debieron existir” tenía demasiadas botellas.
           Se me escapó el día entero deambulando de sala en sala, leyendo, tomando apuntes que pudiesen dar lugar quizá a futuros poemas, valorando, sopesando cada una de las notas, observando las botellitas y frascos, sus corchos, sus lacres, y recibiendo además los recuerdos que mi memoria guardaba y que se parecían a algunos de los que había visto allí. Me paré a pensar y me di cuenta de cuál era el verdadero sentido de aquel museo, y al hacerlo aprendí un poco más sobre mí misma. Somos seres hablantes, eso es lo que nos diferencia del resto de animales de la creación. Tenemos palabras para todo, expresiones para todo. Hablamos casi todo el tiempo, despiertos y también dormidos, hablamos cuando amamos, cuando odiamos, cuando es apropiado y cuando no lo es. Celebramos cada una de las primeras palabras que dice un bebé, enseñamos a nuestros hijos a hablar otorgándoles con el lenguaje algo maravilloso. Y sin embargo, cuando estamos sintiendo muy, muy fuerte, entonces… entonces callamos. Más largo el silencio cuanto más intenso el sentimiento, da igual que éste sea odio, vergüenza, miedo, ternura, amor, dolor… Justo en ese momento es cuando guardamos silencio, como si con las palabras se nos fuese a escapar una parte de lo que sentimos y no lo queramos permitir. Curioso, ¿verdad?  
Cuando ya la luz en la calle se iba diluyendo para dar paso a la noche, pensativa y callada, busqué la salida del museo. Necesitaba ruido, música, palabras. Algo que me rescatase de mis pensamientos.
El guarda que me había vendido la entrada por la mañana a cambio de una palabra estaba esperándome. Me dio una botella, un papel y una pluma: quería que aumentase los fondos del museo. “Es un deber del visitante dejar algo aquí a cambio de todo lo que ha recibido”. Tenía razón, me llevaba muchas cosas de aquel museo, era justo corresponder.
“Agosto de 2003. Contuvimos el aliento, y durante unos instantes fue como si el tiempo se hubiera detenido. Pareció una eternidad, aunque en realidad fueron pocos segundos. Nada daba a entender que la naturaleza no haría su trabajo. La sangre y el dolor dejaron de tener importancia; la hemorragia era más que considerable, pero no le presté atención. Sólo quería recibir, a cambio de mi esfuerzo, el primer sonido de su voz para saber que estaba viva. Y por fin se oyó su llanto, poderoso y lleno de rabia: mi niña respiraba, y con un grito le dijo al mundo que había venido para quedarse. Nos miramos y no pudimos siquiera hablar, nada de lo que dijéramos podía mejorar ese momento”. Soplé aquel silencio de padres emocionados dentro de la botella, puse el tapón y calenté la barra de lacre para sellarlo. Elegí ese y no otro porque la “Sala de los silencios felices” es uno de los lugares más hermosos que he visto en mucho tiempo, y quise que aún lo fuera más.
Sería fantástico que esa sala fuera la más grande del museo, así que, por favor, si algún día vais, buscad el silencio más feliz y bonito que recordéis haber vivido y dejadlo allí para que los demás podamos disfrutarlo. Cada sonrisa, cada emoción positiva que podáis provocar vale demasiado como para desperdiciarla.


2 comentarios:

  1. Echo en falta los silencios de la admiración, pero no importa, esos los pongo yo. Abrazos

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    1. Abriré una sala para ellos en mi museo particular. Gracias, Cándido. Siempre es un placer encontrarte en las redes.

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