jueves, 7 de junio de 2018

EL NIÑO RARO


                El niño raro era uno de los visitantes más habituales del jardín. Casi se podía decir que vivía en él, como los gatos y los mirlos, como las escandalosas cotorras y las arrulladoras palomas. Sus padres le llevaban prácticamente a diario, porque los parterres llenos de vida vegetal y los senderos de gravilla eran de los pocos lugares donde no temían un estallido de furia y miedo, un episodio de esos que sufría el niño raro cada vez que se angustiaba o se le intentaba hacer caber dentro del marco de lo que nosotros llamamos “normalidad”. Con las plantas sí conectaba. A veces se quedaba quieto durante horas, como una cámara en su trípode, fijando en su memoria cada una de las hojas, tallos y flores de una planta cualquiera, y así era feliz. No necesitaba más.
            El niño raro tenía una herida invisible en su cabeza, y por eso nadie le comprendía. “Autismo”, dijeron los médicos. “Anormalidad”, dijeron los estúpidos. Y la única realidad es que el niño raro se entendía con las plantas, porque los humanos, con sus normas y sus prisas, no sabían vivir. Tanto y tanto paseó por el jardín en todas las épocas de sus escasos años que aprendió los nombres de los vegetales, y con su lógica distinta sustituyó los de las personas de su entorno por otros nuevos más apropiados. Así, papá dejó de ser Jorge para ser Quercus Robur, su roble frondoso y protector. Mamá, fragante, siempre curativa y de risa fresca y abundante, mudó su Nadia por un Mentha Spicata, la verde hierbabuena. La abuela Lola, esbelta y con los bolsillos llenos de caramelos, pasó a ser Phoenix Silvestris, la palmera datilera, y la tía Sionín, que a menudo le besaba demasiado fuerte y demasiadas veces y demasiado apretado, pinchándole con sus bigotes a medio depilar, se quedó en Echinocactus Grusonii, el cactus gordo y punzante al que tanto se parecía.
            El niño raro era un Lilium Candidum, tan puro, tan frágil y a la vez tan perfecto como una flor. Y nosotros, que sabemos tanto que creemos saberlo casi todo, no sabemos disfrutar de las pequeñas cosas como tiempo, calma y aire puro, trinos y brisa y abejas peludas, plantas y silencios. Él sí sabía. Por eso no encontró su sitio en nuestro mundo moderno.
            Un día, el niño raro dejó de ir al parque. Ahora era ya un hombre raro, y nadie lo llevaba al Botánico, estaba demasiado ocupado en un centro ocupacional. Allí, envasando cada día flores secas en bolsas que son ambientadores de armario, aún se permite soñar con las plantas del jardín. Toca esos pétalos, deshidratados, artificialmente perfumados y coloreados, y murmura: “Lilium Candidum, rosaceae, jasminum, lavandula dentata”…


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