viernes, 21 de septiembre de 2018

OLVIDO Y CONSUELO


            Tendemos a creer que las cosas ocurren siempre por alguna razón concreta. Hablamos del Destino, del Azar, de Dios o de las conjunciones astrales con la convicción firme de que son los responsables de todo, de que estamos ligados a sus designios, como si por nuestra sangre corriese alguna íntima sustancia que nos vincula a esas cosas que tan lejos de nuestro alcance están. Tan lejos, tan lejos que quizá ni siquiera existan. Pero nosotros, con una capacidad de creer que de tan grande resulta casi inverosímil, caminamos convencidos de que esos elementos intangibles conectan con nuestro ser y son capaces de gobernar su suerte, y que estamos en sus manos. Por tanto, la responsabilidad de los hechos no es nuestra, sino de ellos, los que mueven los hilos, y no somos sino el producto de sus inexplicables decisiones.
            Enclavado entre dos peñas, en algún lugar entre la meseta y el mar Mediterráneo, había un pueblo pequeño llamado Despecho de la Sierra. Los despechanos eran gentes con una gran inclinación al odio, la crítica y la maledicencia, hasta tal punto que diríase que el agua de sus nacederos, pozos y arroyos ya brotaba con el veneno de la inquina disuelto en sus átomos dobles de hidrógeno y sencillos de oxígeno. Allí las familias asumían cada acto del vecino como afrenta, una ofensa a uno era entendida como un ataque a todo el linaje, y los enfrentamientos duraban generaciones. Daba igual que la disputa viniera por unas lindes, una servidumbre de paso no respetada, el robo de una gallina o la deshonra de una doncella. A veces, incluso la poda de un rosal era motivo de enemistad y pelea cuyo testimonio pasaba de padres a hijos por siglos, nada se perdonaba y el odio quedaba en herencia junto con las tierras, las casas y los aperos de labranza.
El nombre le venía al lugar, como habréis imaginado, de la forma de ser de sus gentes. Pero no siempre había sido así: el origen de esa actitud sombría e insociable estaba en el medievo, y era fruto de una antiquísima riña entre los paisanos provocada por un noble. Según se decía, el dueño primigenio de aquellas tierras, es decir, el señor feudal que cazaba a su antojo y disponía de todos los derechos sobre campesinos y siervos sin más deber que el de brindarles una protección más o menos tranquilizadora, había engendrado dos hijos legítimos. También un sinnúmero de bastardos merced al derecho de pernada, pero claro, en aquellos tiempos no había pruebas de ADN ni leyes de protección del menor, tampoco obligación de pensiones alimenticias ni otras modernidades, de modo que aquel hombre, como todos los de su clase social, esparcía su simiente con total impunidad, reservando el apellido y la fortuna solamente para los hijos de la esposa legítima. Las uniones de óvulo y espermatozoide no bendecidas por el religioso de turno carecían de prebendas. Pero sucedió, por obra y gracia de la genética y no de uno de aquellos azares del destino, designio de Dios, ni conjunción astral alguna, que los dos vástagos reconocidos salieron débiles mentales, enfermizos y vulnerables, y no superaron la primera infancia. Cosas de las nobles endogamias: los que ostentaban algún título se casaban entre primos con tal de no emparentar con una plebe a la que solamente acudían para recaudar los impuestos y darle salida a las necesidades físicas y libidinosas. El caso es que, al perder a los dos hijos varones, el señor del castillo, por no dejar el patrimonio sin herederos, pidió, en un arranque de locura, que le fueran entregados los dos mayores de sus bastardos. Los reconocería como legítimos y los entregaría, según la costumbre, uno al escudo de armas de la familia y el otro a la Iglesia. Allí, a la puerta del castillo, se armaron grandes colas de mujeres con sus hijos. Todas afirmaban haber notado la primera falta antes de la siguiente luna tras la visita carnal del señor, y él era incapaz de recordar con quién sí y con quién no había tenido alguna intimidad; imaginad la guerra que se desató entre las gentes del pueblo, hacéos una idea de las zancadillas, las traiciones, las intrigas y todo lo que se entretejió para colocar a los chavales en el castillo. Una boca menos que alimentar, un hijo con el futuro cubierto… El bocado era tan goloso y la pobreza general era tanta, que demostrar que el chiquillo propio era del señor y no del marido y dejar fuera de toda duda que el de la vecina era impostor y no medio noble hizo enemigas a las más íntimas y aliadas a las menos afines, y dejó a tantos maridos como cornudos que aquellas tierras ya no volvieron a ser las mismas. Ya ni los hombres confiaban en sus mujeres, ni respetaban a su señor, ni los hijos hacían caso a sus padres por no tener claro si lo eran o no. Al fin, casi por sorteo, el señor escogió dos mocosos porque pensó que se le asemejaban y porque los rostros de sus madres le parecieron familiares; uno, el mayor, lo heredó todo. El otro llegó a vestir el púrpura cardenalicio, pero eso es otra historia que ya contaremos en otro relato. Nadie ya recuerda siquiera el nombre del noble ni los de sus hijos, pero la inquina, los rencores, el ácido resquemor, la desconfianza y la tendencia a la traición, como una mala semilla, anidaron en los paisanos por siglos. Por ello el pueblo, de cuyo castillo aún se podían ver las ruinas, pasó poco a poco a llamarse Despecho de la Sierra. Allí, cuatrocientos años después de lo que acabo de relatar, comienza esta historia.
            A Isidora le sobraban arrestos para vivir sin ayuda de nadie. Estaba sola y, aunque hubiese necesitado ayuda, ningún despechano se la habría prestado: era la única que quedaba viva de la familia de los Toribios, y había heredado el recuerdo de problemas y afrentas con casi todo el resto de familias del pueblo. Contiendas que no había protagonizado ni causado, pero que la colocaban en posición de no hablarse más que con los gatos callejeros. Hacía el pan en casa porque no podía hablar con el panadero, el bisabuelo de aquel y el tatarabuelo propio habían discutido una vez por no sé qué de unas peleas de gallos amañadas. Tampoco iba al colmado ni al bar ni fue a la escuela por similares razones, y ya estaba harta. No comprendía qué mal había hecho para tener que vivir en un lugar en el que no podía relacionarse con nadie; le pidió explicaciones al Destino, pero éste no le respondió. Tampoco lo hizo Dios, ni el azar, ni las conjunciones astrales le mandaron señal alguna que explicase su forzada soledad, de modo que un día, desengañada de pensar que no era dueña de su propio futuro, decidió emplear su voluntad y cambiar las cosas.
            Su plan pasaba por iniciar una nueva estirpe de seres libres de antiguas cuitas, y para ello llenó una cántara con agua del aljibe, sacudió su melena de ensortijados rizos castaños y salió a los caminos de la sierra cuando apuntaba el verano. Un apuesto arriero se detuvo a beber de la cántara y a reposar en la verde y resuelta mirada de los ojos pequeños de la aguadora, y perdido en ellos decidió acampar por varios días con la excusa de dar descanso a sus mulas. La naturaleza joven e impetuosa de ambos hizo el resto. Luego de contar mil veces las pecas de su rostro y las de su espalda y de buscar las constelaciones del Universo en los lunares de su escote, él siguió camino e Isidora volvió a casa con la nueva sangre ya corriendo por sus venas. Ignorando los rumores de la vecindad pasó la preñez y parió lo que iba a marcar el futuro de aquel pueblo.
El desmesurado panzón era tan notorio que algunos incluso aventuraban que la criatura podía bien ser hija de un toro, y su madre, por tanto, bruja con tratos antinaturales, pero no eran más que invenciones fruto de la proverbial maledicencia de Despecho de la Sierra. La realidad era que aquel abultadísimo vientre escondía dos criaturas sanas y de buen tamaño, hembras las dos, y sentada bajo el tronco de la higuera del patio las alumbró Isidora. El líquido amniótico en el que nadaban las gemelas se esparció por la tierra a la vez que ellas luchaban por salir y, mientras quejidos y contracciones se apoderaban del aire, aquel fluido mágico lleno de vida llegó a las raíces del árbol pasando a formar parte de su savia, y por ella al cuerpo, ramas, hojas y yemas, convirtiendo a los tres seres, niñas e higuera, en hermanos.
            Isidora crio a sus hijas sin nombrarles siquiera las cuitas que formaban parte de su herencia, y para evitar que nadie se las pudiera contar buscando envenenar su felicidad y su inocencia, inventó un idioma para ellas distinto del que se hablaba en el lugar. Las llamó Olvido y Consuelo con toda la intención: eso, y no otra cosa, era lo que le faltaba a la gente en aquel pueblo. No sabían consolarse de los problemas cotidianos que la convivencia y la vecindad ocasionaban, se les enquistaban los conflictos y se negaban a sí mismos y a sus descendientes la bendición del olvido. Quizá dos seres que comenzaban la vida con nombres tan simbólicos consiguieran enderezar lo que aquel lejano noble y sus problemas de descendencia habían iniciado. Las niñas, ajenas a todo, crecían sanas y felices en contacto con la tierra y con su árbol hermano, ayudaban a su madre a criar las gallinas y a cuidar del huerto y sonreían todo el tiempo. Sus risas frescas y vibrantes y su parloteo inventado traspasaban la tapia del patio, inundando la calle y haciendo que los paisanos y vecinos torciesen el gesto. ¿Alguien feliz en Despecho de la Sierra? ¡Imposible! Alguna hechicería andarían tramando en aquella casa.
            Con el paso de los años, Isidora, que había fabricado y colgado en las ramas de la higuera dos columpios para sus hijas, se dio cuenta de que los higos que paría el árbol eran distintos dependiendo de la rama en la que nacieran. Olvido se columpiaba en el lado derecho, y los higos de esa parte eran suaves y jugosos. Tenían un cierto regusto a miel de azahar, el sabor limpio y rejuvenecedor que a uno le queda en la memoria cuando ha olvidado al fin aquello que le robaba el sueño. Los otros higos y brevas, los del lado en que se mecía Consuelo, rezumaban una especie de almíbar transparente como las lágrimas, tan dulce como el sentimiento de paz que se experimenta en el abrazo de quien busca hacernos sentir que todo tiene arreglo. Comerlos infundía confianza en el futuro. La simbiosis que se había creado entre sus felices hijas y el árbol había tenido un efecto inesperado, extraordinario y mágico, una química alquímica que podía ser muy útil en lo venidero.
            Protegidas y guiadas por el ejemplo de Isidora, Olvido y Consuelo, las dos criaturas iguales de ensortijada melena castaña y mirada ambarina de viajero sediento, no aprendieron a hablar mal de nadie, no aprendieron a conspirar ni a maldecir, tampoco a difamar ni a odiar, porque su madre no lo hacía. Si algún despechano despechado les quiso referir los conflictos antiguos de sus antepasados los Toribios, ellas no entendieron nada: no hablaban el mismo idioma. Su lengua era la de la calma y la bonanza, y no se contaminaba con términos como “rencor” o “insidia”. Por todo ello, en el pueblo comenzaron a llamarlas “las lunáticas Toribias”. El nombre les pareció precioso porque su madre les dijo que lunática viene de luna, esa luminosa lámpara que llena el cielo nocturno y rompe la oscuridad. Su franca alegría de vivir exenta de rencores despertaba la envidia de unas gentes que no sabían cómo hacer para experimentar ese regocijo constante. Era hora de que Isidora pusiera en marcha la segunda parte de su plan.
            Dado que la higuera solamente daba frutos un mes al año, las tres Toribias se afanaron, el siguiente verano, en recoger higos y brevas en cuanto maduraron, distinguiendo, eso sí, las del lado izquierdo y las del derecho. Con toda la cosecha hicieron confitura, y señalaron la obtenida de cada lado atando a los frascos lazos de colores, verde para Consuelo, amarillo para Olvido. En cuanto tuvieron su industria terminada, las niñas salieron a la calle. Buscaban las casas de las familias con las que sus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y demás antepasados tuvieron algún enfrentamiento. Primero, la del panadero. Después, la del tejedor, la del tendero, la del maestro, la del alcalde… En todas entregaron dos pequeños botes de mermelada de higos, lazo verde y lazo amarillo, como ofrenda de concordia. Iban acompañados de este mensaje, que Isidora había escrito con su menuda letra de autodidacta a la fuerza:    
            “El árbol del consuelo y el olvido da frutos escasos. Consumirlos es vital para evitar la muerte por tristeza perpetua. Lo mejor del mundo es estar cerca de personas que saben en dónde está el árbol; ellas recogen la cosecha, elaboran la confitura y siempre tienen una cucharada para dársela a quien la necesita. Contad con esas personas: nunca os faltará la sonrisa. Y comed lo que os ofrecen sin miedo, porque quien nada hizo nada debe temer”.
Al principio ningún vecino se atrevió a probar el contenido de aquellos frascos de vidrio. “Seguro que contienen algún veneno”, pensaban. “La bruja Toribia y sus lunáticas criaturas quieren vengarse de todos nosotros”, decían. Solo un niño, nieto del cordelero, seducido por la promesa de dulzura de la mermelada, metió en ella los dedos y disfrutó de su sabor en un descuido de su madre. No solo no murió envenenado, sino que sus risas resonaron por las esquinas del pueblo como las de Olvido y Consuelo, despertando la curiosidad de los demás y venciendo sus reticencias. A escondidas, algunos adultos comenzaron a paladear la fruta en conserva. Sorprendentemente, se sentían invadidos por una sensación de bienestar y libertad desconocida hasta la fecha. Una cucharadita del dulce contenido del bote con lazo verde hacía que los recuerdos de los resquemores almacenados en el corazón ya no escociesen tanto. Otro poquito, y casi ni dolían. Un poco más, y dejaban de importar. Después, una porción de la confitura marcada con el lazo amarillo, y esos vestigios del pasado se iban borrando, como un suelo blanco manchado de barro cuando la lluvia lo enjuga, mansa y perseverante, hasta dejarlo libre de aquello que no le permitía enseñar su verdadero rostro limpio y luminoso. Nadie quería reconocer que había probado los dones que Isidora y sus hijas les habían enviado, pero en los rostros de todos se iba notando un cambio: el gesto torvo, la sombra y las perpetuas ojeras se esfumaban. Poco a poco aparecieron los saludos entre los vecinos. Tímidas comenzaron a surgir, con la espontaneidad de lo recién nacido o lo recién descubierto, las risas en el mercado, las charlas intrascendentes sin dobles intenciones, sin juicios, sin críticas. Los despechanos caminaban ligeros por la calle, sin el peso de culpas ni de herencias envenenadas, sin la necesidad de respirar y exhalar rencores que habían creído propios e irreparables. Por primera vez se daban cuenta de que todo aquello no importaba, que nunca había importado. Dejó de prohibirse el amor con tal o cual hijo de tal o cual familia, dejó de vetarse la amistad, dejó de investigarse la vida del de enfrente con ánimo censor e implacable. El aire volvió a ser respirable, como si una nube negra y tóxica que hubiera cubierto la comarca por siglos se hubiese evaporado de repente.
Bastó una generación, solo una, para cambiar el nombre de aquel lugar, que pasó a llamarse Higueras de la Sierra. La determinación, la voluntad de una única persona había sido suficiente para enderezar el rumbo de todo un pueblo. Ni el Destino, ni ningún Dios, ni conjunciones astrales. Solo coraje, paciencia y ganas de luchar. Solo una ilusión inquebrantable de mejorar la vida propia mejorando la ajena. Solo unos higos y la fe en uno mismo y en la capacidad de labrarse el destino elegido.
Os preguntaréis qué ha sido de la higuera de Olvido y Consuelo. Allí sigue, verde y frondosa, brindando sombra e higos a quienes quieren tomarlos, guardando en su savia el recuerdo de esta historia. Cuidado con comer de sus frutos: corréis el riesgo de ser felices.



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